Un costado romántico y otro dramático detrás de un fenómeno creciente

Alejandra Ferreiro
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1 de junio de 2013  

La elección de parejas de otras culturas es un fenómeno creciente a nivel mundial, que tiene una cara romántica y otra dramática. Las historias vitales de los enamorados marcan diferencias. Los escenarios y las circunstancias que enmarcan el amor, también.

Cuando nos enamoramos son nuestras heterogeneidades las que se enamoran de las heterogeneidades del otro. En el amor se dan dos relacionamientos "paralelos": nos enamoramos "cara a cara" de lo que percibimos en el otro (por su aparente similitud o diferencia con nosotros), y de los que no vemos, de los contenidos que cargamos en nuestras mutuas mochilas que llevamos en la espalda y desconocemos y que también establecen relación con lo que lleva el otro como equipaje incógnito. En psicoanálisis esto se llama ensambles inconscientes. Estos ensambles son articulaciones que me enganchan al otro (paralelamente a mi amor consciente) y que darán cuenta del nivel de ajuste, estabilización y homeóstasis del intercambio inconsciente en esa relación. Estos ensambles son opuestos-complementarios, funcionan merced a una dinámica de polaridades. El amor que surge en un "entorno intercultural", está sujeto a esta lógica.

Sin embargo, podríamos pensar que presenta un atractivo "extra" por dos razones paradójicas: su apariencia tranquilizadora al presentar las diferencias culturales aparentemente "sobre la mesa" (lo cual nos permite fantasear que las diferencias culturales borran las inconscientes del ensamble), y porque lo diferente al mismo tiempo excita nuestro apetito de aventura y de zambullirnos en lo desconocido y lo nuevo.

Pero el amor es paradójico. La unidad heterogénea que somos incluye partes "progresivas" (es decir, "heroicas", que avanzan en busca de lo desconocido y lo nuevo), y partes "regresivas", infantiles que sólo buscan la seguridad, lo conocido. Tanto dentro de una misma cultura como en un entorno intercultural, nuestras posibilidades de integración dependen del diálogo que logremos establecer entre estas heterogeneidades que nos constituyen.

Las consecuencias de un amor intercultural las pienso en términos positivos de oportunidades. Sin embargo, no hay garantías. Porque las diferencias culturales no son metabolizables al ritmo de las cibercomunicaciones. Esa metabolización depende de procesamientos psíquicos mucho más lentos, que requieren tiempos, espacios, circunstancias y un cierto tipo de acompañamientos con el que no siempre podemos contar. La clínica nos indica que el choque cultural y los malestares propios del duelo migratorio (duelo por algo que se pierde virtualmente pero no realmente, porque el país de origen sigue existiendo) pueden ser pospuestos pero son inevitables y en tanto integrantes de un mismo sistema ese malestar va a afectar de una manera u otra a ambos miembros de la pareja. Aunque los integrantes de la pareja cuenten con capacidad empática, el malestar del migrante puede resultar difícil de comprender para quien está en su propia tierra.

Existe el riesgo de que la elaboración del duelo migratorio, el choque cultural y el estrés que implica adaptarse aun nuevo país consuman demasiada energía y no quede suficiente "combustible psíquico" para procesar los ensambles inconscientes del enamoramiento.

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