
Vicuñas: ganado de los dioses
Mediante la cría, la esquila en vivo y la transformación artesanal de su fibra -la más fina y valiosa del reino animal-, un grupo de artesanos y productores de los Valles Calchaquíes desarrolla la experiencia más promisoria dentro del país en favor de la amenazada vicuña. De paso, velan por otra especie en peligro: la centenaria tradición de los teleros vallistos
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Manuel Belgrano fue un ecologista avant la lettre. Abogó por un uso criterioso del suelo, anticipándose al extensionismo y la "labranza cero". Recomendó "hacer los mayores esfuerzos en poblar la tierra de árboles" y evitar la tala innecesaria. Y no se olvidó de las diezmadas vicuñas.
Para evitar su exterminio, propuso eximir de tributo a las familias aborígenes que se dedicaran a domesticarlas. "Por siete pesos que se le condonan al indio, entrarán a la Corona miles", escribió en 1802. Hubo que esperar casi dos siglos para que sus palabras encontraran eco.
Manco Cápac, el Hijo del Sol, entregó a su pueblo la llama, la alpaca, el guanaco y la vicuña. Sólo impuso una condición: que conservara en estado silvestre las dos últimas especies. Los incas cumplieron. Pero eso no impidió que se valieran de la vicuña, propietaria de la fibra más fina del reino animal (unos 13 micrones de diámetro). "Decían que se había de tratar el ganado bravo de manera que fuese tan provechoso como el manso, que no lo había criado Pachacamac o el Sol para que fuese inútil", apunta el inca Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales.
Las autoridades del Tahuantinsuyo manejaron la ofrenda divina de manera ejemplar. Cada cuatro años, por lo menos, ordenaban realizar un chaku o rodeo. En el operativo intervenían comunidades enteras (hasta 30.000 hombres), formando un vasto cerco que arreaba las vicuñas hacia corrales levantados en el fondo de quebradas o delante de empinadas laderas. Allí se sacrificaba ritualmente un puñado de ejemplares, cuya carne se repartía entre los participantes. El resto era esquilado y liberado. Después se dejaba descansar el área para que el ganado de los dioses recuperara tanto el aliento como su número y espléndido vellón, privilegio exclusivo de las vestiduras del inca y la nobleza. Fuera de este contexto, la caza de vicuñas se castigaba con la muerte.
Durante el dominio español, los planificados chakus degeneraron en imprevisora matanza. Como atestigua Garcilaso, sólo el bicherío de regiones apartadas escapó del "estrago y desperdicio de los arcabuces". La población de vicuñas se redujo a tal extremo que, en 1825, Simón Bolívar debió dedicar dos de sus primeros decretos peruanos a prohibir la caza y promover la esquila en vivo y la domesticación. Un siglo después -ya con armas de fuego-, la veda se extendió en Perú a la comercialización de lana y cuero de vicuña, e incluso a la exportación de ejemplares vivos. Similares regulaciones adoptaron los restantes países vicuñeros. Pero ninguna resultó efectiva. Promediando el siglo XX, quedaban 10 mil de los 2 millones de vicuñas que había cuando Pizarro entró en el Perú.
Parecida suerte corrieron los teleros de Molinos, uno de los pueblos más antiguos de los Valles Calchaquíes. Según las crónicas coloniales, eran "los más diestros y exquisitos de estas tierras". Contra viento y marea lograron preservar esa tradición hasta nuestros días. Pero la despreciable paga de los intermediarios y el mercado turístico -que impuso una producción adocenada-, relegaron al ámbito familiar sus insuperables barracanes, picotes, mantas y ponchos. No bajaron los brazos. En los años ochenta juntaron fuerzas con pequeños productores agropecuarios y salieron a dar batalla contra la marginación.
Bolivia y Perú firmaron, en 1969, el Convenio para la Conservación de la Vicuña, al que posteriormente adhirieron Chile y la Argentina, donde la especie había perdido un 24% de su hábitat (bajó de 12 a 9 millones de hectáreas). Cuatro años más tarde, en Washington, nació la Convención sobre Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites), que colocó al menor de los camélidos sudamericanos entre los animales de tráfico prohibido (Apéndice I). Las acciones alentadas por estos acuerdos (creación de áreas naturales protegidas, control de la caza y el comercio ilegales, penalizaciones más severas, etcétera) permitieron que el número de vicuñas creciera a más de cien mil.
El logro reabrió la posibilidad de un uso sustentable. Pero la situación ya no era la del Incario. Las comunidades campesinas culpaban a la vicuña de restar pastura a sus ganados (alpacas, llamas, ovejas) y veían con buenos ojos su caza. Había que asegurarles beneficios tangibles para que se sumaran al esfuerzo conservacionista. Así los países vicuñeros, con Perú a la cabeza, implementaron a su favor aprovechamientos basados en el chaku y la esquila en vivo de tiempos precolombinos. Y la Cites transfirió oportunamente las poblaciones silvestres involucradas al Apéndice II, autorizando el comercio internacional de sus productos. La fórmula resultó exitosa: Perú exporta fibra de vicuña desde 1994, mientras que Chile y Bolivia se aprestan a dar el paso. La Argentina, por influjo de una vieja iniciativa, eligió otro camino. En 1965, con 16 ejemplares, el Inta de Abra Pampa (Jujuy) comenzó a ensayar la posibilidad de criar vicuñas en semicautividad como alternativa para la economía de la Puna. Treinta años después, su Campo Experimental de Altura (CEA) atesoraba más de 800 animales y una respetable experiencia en técnicas de cría, captura y esquila. Además, los sondeos revelaban que la industria textil de Europa tenía gran interés por la fibra de vicuña y estaba dispuesta a pagar hasta 250 dólares por kilogramo. Había llegado la hora de obtener el visto bueno de la Cites y promover criaderos privados. A principios de 1994, con ese fin, el Consejo Regional del Inta resolvió asesorar a los interesados y cederles en comodato un plantel inicial de vicuñas.
Hoy, dentro de las fronteras nacionales, la captura y esquila de vicuñas silvestres continúa siendo un proyecto. En cambio, funcionan 17 criaderos privados prohijados por el INTA (12 en Jujuy y 5 en Salta). El modelo ha despertado críticas entre los entendidos. Lo acusan de atentar contra el espíritu del Convenio para la Conservación de la Vicuña, al consentir que entren en la actividad productores ajenos a la región vicuñera y propiciar que sus beneficios acaben en el bolsillo de los compradores de fibra. No faltan razones. El INTA provee las vicuñas, la tecnología y el apoyo logístico. Los productores ponen su campo, su trabajo y devuelven los animales al cabo de doce años con las crías. Y, en la mayoría de los casos, la empresa Pelama Chubut -única compradora de fibra en el país- financia los materiales para los corrales (unos $ 2700). Como contrapartida, los productores se comprometen a entregar un porcentaje de cada esquila hasta cancelar la deuda. Teóricamente pueden disponer a voluntad de la otra parte, aunque en la práctica no les queda otra que vendérsela a Pelama, cuyos representantes se encargan de clasificar la fibra esquilada (de ahí, dicen, el alto porcentaje de fibra de menor precio). En el período 1998-1999, el promedio de fibra comercializada fue de 3,3 kilos de vellón ($ 250 el kg) y 2,5 de garra/barriga ($ 70 el kg), obteniendo cada productor un ingreso que ronda los mil pesos. Estas cifras son elocuentes: para ser redituable, un criadero debe disponer de una elevada cantidad de vicuñas (entre 90 y 110, según los cálculos). Y esto demanda capital y una importante extensión de campo (se precisan varios corrales para separar las vicuñas en grupos familiares y ampararlas de los predadores), condiciones muy alejadas de la realidad puneña y prepuneña. El único criadero que salta fuera de este cuadro es el de la Asociación de Artesanos y Productores San Pedro Nolasco de los Molinos. "A diferencia de los otros, no comercializa fibra bruta -especifica Juan Quiroga, su encargado-. Sólo vendemos productos artesanales, para que todo el valor agregado quede acá y a nuestra gente no le falte trabajo."
Las primeras vicuñas del CEA (2 reproductores, 10 hembras y 12 capones) llegaron a Molinos en noviembre de 1994. Dos años más tarde, se sumó un lote de doce ejemplares.
Con esta base, y la asistencia financiera del Fondo para las Américas, arrancó la existencia del Criadero Coquena (deidad protectora de los camélidos silvestres; ver recuadro). Hoy, el balance resulta alentador. La asociación -que agrupa quince artesanos y productores de ascendencia indígena- ya posee 74 vicuñas y lleva cosechados más de 34 kilos de fibra en cinco esquilas controladas y certificadas por las autoridades ambientales de Salta, con poco desperdicio y un diámetro inferior al del plantel del INTA-Abra Pampa e incluso algunas poblaciones silvestres de Bolivia y Perú (13,45 micrones). Además, colocó sus artesanías de vicuña a buen precio (entre $ 250 y $ 2000), tras obtener en 1997 el sello habilitante de la Dirección Nacional de Fauna.
No es casual que haya comenzado a instalar otros criaderos, fortalezca la capacitación de sus socios en Bolivia y Perú, desarrolle talleres sobre la actividad y, cumpliendo las exigencias de la Cites, tenga identificados sus animales con microchips. Tampoco que censara las vicuñas silvestres del departamento Molinos, paso esencial para proteger el recurso y plantear su uso sustentable. "En el Apéndice II de la Cites sólo figuran las poblaciones silvestres de Jujuy y las semicautivas derivadas del INTA-Abra Pampa -explica la bióloga Silvia Puig, responsable del censo y presidenta del Grupo de Especialistas en Camélidos Sudamericanos de la UICN-. Para que pasen todas nuestras vicuñas debemos, entre otras cosas, demostrar su recuperación mediante un censo nacional. Desacuerdos entre las autoridades centrales y las provincias vicuñeras impidieron hasta ahora su realización. Ante esta parálisis, la asociación decidió cumplir la exigencia al menos en su ámbito." Con la coordinación de la experta, sus socios se capacitaron en métodos y recaudos internacionalmente recomendados, aportaron un vasto conocimiento sobre el ambiente y la especie, y participaron en forma activa y enriquecedora del primer relevamiento de vicuñas y guanacos de Molinos. "El censo -detalla la doctora Puig- tuvo un logro múltiple: a) documentó la presencia de más de 700 vicuñas; b) incorporó el área al mapa de distribución actual de la vicuña en la Argentina; c) brindó evidencia práctica de la factibilidad y conveniencia de desarrollar tareas conjuntas de relevamiento, monitoreo y manejo entre organismos técnicos y organizaciones comunitarias locales. Ojalá que el ejemplo cunda." Los artesanos de Molinos apuestan al largo plazo. Sin embargo, ya asoman los frutos de su trabajo. "Con la creación de fuentes de trabajo estables, estamos frenando la emigración y garantizando la supervivencia de nuestra tradición de teleros -dice Quiroga-. Los números van a cerrar cuando alcancemos una cantidad mucho mayor de animales y conquistemos nuevos mercados para nuestras artesanías. Lo importante es que el destino está ahora en nuestras manos. Con cada poncho, cada manta, estamos tejiendo futuro." También ganaron las treinta mil vicuñas que las estimaciones adjudican al país. El aprovechamiento legal de su fibra está arrinconando la caza y el comercio clandestinos. En 1998, por ejemplo, denuncias de la asociación consiguieron que se retirara un poncho de vicuña non sancto del stand de Cachi en la Ferinoa y se secuestraran otros dos en el Mercado Artesanal de Salta.
"Para la naturaleza, de todos modos, lo ideal es la captura y esquila de animales silvestres, pues añade un motivo más para la conservación de los ambientes que las vicuñas comparten con cientos de otras especies -aclara Silvia Puig-. Contra lo que opinan algunos, se trata de una alternativa viable para la Argentina. Nuestros productores andinos pueden suplir la organización comunitaria del campesinado peruano o boliviano con el sistema cooperativo. Al Estado le toca tutelar que la actividad quede en manos de los pobladores locales y beneficie equitativamente a la región productora, respondiendo a los requisitos de manejo con sustentabilidad ecológica y social." Así, coinciden los expertos, la vicuña se convertirá en un recurso clave para la marginal economía de la Puna y el paisaje natural la contará por siempre entre sus animadores. Además, Belgrano no habrá predicado en el desierto.
Una especie vulnerable
La vicuña es el menor de los cuatro parientes sudamericanos del camello (1,60 a 1,75 m de largo, 75 a 90 cm de altura, hasta 50 kilos de peso). Vive en las altiplanicies andinas, entre los 3000 y los 4600 metros, desde el sur de Ecuador hasta el norte de Chile y el noroeste de la Argentina. En nuestro país ocupa el oeste de Jujuy, Salta, Catamarca y La Rioja, y el ángulo noroeste de San Juan de 45 mil km2). Resulta un admirable ejemplo de adaptación al medio. Más esbelta que la llama, el guanaco y la alpaca, se contenta con la magra oferta alimentaria de la Puna. Dos capas de lana (el vellón más fino de la naturaleza) la escudan del intenso frío. El enrarecido aire de las alturas no parece afectarla: corre sin desmayos hasta 47 kilómetros por hora. Su condición de especie vulnerable es mera responsabilidad del hombre.
Los números
- Criar una vicuña cuesta $ 0,66 diarios.
- Un kilo de fibra bruta se paga en el mercado local entre $ 70 y $ 250, según su calidad.
- Un poncho insume 1,3 kilo de fibra (la esquila aprovechable de 6 o 7 ejemplares).
- Hilarla lleva alrededor de noventa días (cuatro veces y media más que la lana de oveja).
- Tejer la prenda, entre 15 y 20 días (dos a tres veces más que una de oveja).
- Cada poncho de vicuña tiene un costo total de $ 1291,75 y se vende a unos 2000 pesos.
Fuente: Criadero Coquena




