
Vivían en Sídney, regresaron a Argentina y cuentan por qué volvieron a irse: “El único miedo es que se meta algún animal”
Se fueron a Australia, idealizaron el regreso, y hoy se animan al desafío de emigrar en familia: “La vida es una sola”

A Milagros Dotras, irse de la Argentina le costó muchísimo. Tenía miedo de alejarse de esos vínculos que formaban parte de su vida cotidiana. En CABA trabajaba como psicóloga y convivía con su novio en el mismo barrio de sus padres, hermanos y muchas de sus amigas de la vida: “Muchos encuentros y actividades compartidas. Era pasar de estar `a la vuelta´ a irme a un país que no conocía y que ni siquiera estaba demasiado presente en mi imaginario”, dice al rememorar su historia.
Milagros estaba en pareja con un hombre impulsado por el profundo deseo de conocer, estudiar y experimentar la vida afuera. Su entusiasmo le dio ese empujón que necesitaba para animarse ella también a descubrir un mundo más allá de su universo conocido y encarar juntos un proyecto de a dos: “Las ganas de vivir esa aventura pudieron más”, asegura.

Y así, un día del 2013, Milagros abordó un avión sin saber que aquel suceso impactaría en su identidad, en su vida, y en su forma de relacionarse con el mundo y con la Argentina para siempre.
Sídney, una calidad de vida extraordinaria: “El único `miedo´ es que se meta algún animal”
Sídney surgió deslumbrante. Milagros jamás olvidará el impacto que le causó caminar por Circular Quay y encontrarse con la bahía, el Opera House, el Harbour Bridge, los ferrys, los edificios del centro financiero y la parte más antigua de Sídney, todo junto: “Me impresionó muchísimo”.

Se instalaron en Potts Point, muy cerca del centro y el cambio de `mundo conocido´ se hizo sentir de inmediato. Acostumbrada a la urbe capitalina argentina, le maravilló vivir ahora rodeada de playas, bahías, parques y naturaleza.
“Y, sobre todo, el ritmo de vida: los australianos empiezan el día muy temprano, muchas veces haciendo deporte, y a partir de las cinco de la tarde la ciudad empieza a bajar el ritmo. Al principio me resultaba extraño no encontrar un café abierto para tomar el té a una hora que para nosotros, en Argentina, era completamente normal”, dice con una sonrisa.

“Australia nos dio una calidad de vida extraordinaria, especialmente en términos de seguridad, estabilidad y contacto con la naturaleza”, continúa. “La calidad de vida también tiene que ver con vivir en una ciudad inserta en un entorno natural increíble y con una sociedad que, en general, muestra un enorme respeto y cuidado por los espacios públicos. Es normal ver bicicletas o monopatines estacionados en la puerta de las casas y encontrarlos allí al día siguiente. Olvidarse el auto abierto sin sentir que necesariamente es un riesgo. El único `miedo´ es que se meta algún animal”.
La llegada de un hijo y el deseo de regresar a la Argentina: “Más acompañados y contenidos”
El novio de Milagros -que con el tiempo se convirtió en marido- se había postulado para estudiar durante un año en Sídney. A la par, los dos consiguieron trabajo, él como mozo y ella cuidando niños en guarderías y en casas particulares. Después de un tiempo, sin embargo, él consiguió un trabajo profesional y fue sponsoreado por la empresa. Ella, mientras tanto, empezó a estudiar.

El plan inicial había cambiado. Lo que Milagros había imaginado como un año lejos de casa se transformó en un lustro. Pero hacia el quinto año, cuando Milagros supo que estaba embarazada, comenzó a tejerse la ruta de un posible regreso.
“Hacia el último año nació nuestro primer hijo, tuve un parto complicado y una mala experiencia y, cuando él tenía un año, decidimos volver a Argentina. Sentíamos que queríamos estar cerca de nuestras familias, extrañábamos el país y la cultura, y teníamos la necesidad de empezar nuestra etapa como padres más acompañados y contenidos”.
Volver a la Argentina y sufrir el choque cultural inverso y tomar una decisión inesperada: “Esta vez fue mucho más difícil”
Para Milagros, volver a Argentina tuvo, inicialmente, una sensación muy fuerte de comodidad: volver a casa, al idioma, a los códigos conocidos y a la cercanía de la familia. Pero hoy, mientras revisa el camino recorrido, comprende que había idealizado el regreso; había imaginado que iba a reencontrarse con la vida que había dejado cinco años atrás, rodeada de familia y amigos.
En ese volver, el escenario había cambiado, muchas de sus amigas ya no vivían en Buenos Aires, algunos de sus hermanos también habían emigrado y ellos mismos se instalaron en un barrio diferente al de toda la vida: “La realidad es que, durante los años que uno está afuera, uno cambia y se transforma, pero quienes se quedan también siguen con sus propias vidas”, reflexiona. “En cierto punto, fue volver a empezar”.
“También tuve que readaptarme a cuestiones cotidianas: la inestabilidad económica, el tráfico, volver a vivir en un barrio cerrado y, para mí, algo tan simple como estar lejos del mar. Sentía que me faltaba algo”, continúa Milagros.

El tiempo, sin embargo, acomodó las cosas. El matrimonio pudo construir nuevas amistades a través del colegio de sus hijos y descubrir una gran comunidad, llena de encuentros, actividades y vida social, esa sensación de pertenencia, que era algo que les había costado mucho construir en Australia y que en Argentina volvieron a encontrar. En lo profesional, a su vez, Milagros logró una ventaja esencial que en Australia no había logrado: volver a ejercer plenamente su profesión.
Y así, en Argentina, tuvieron dos hijas más y los chicos crecieron conociendo Australia a través de sus recuerdos de un lugar en el mundo que para ellos había sido tan importante. Fue entonces que cierto día, cuando a su marido le surgió la oportunidad laboral de regresar a Australia, comprendieron que Sídney ya era parte de ellos y los llamaba con fuerza. Extrañaban la naturaleza, la playa, la estabilidad económica y tantas de las pequeñas cosas de la vida cotidiana que habían incorporado.
“En 2024, decidimos volver a la aventura, pero de a cinco. Nuestras familias volvieron a apoyarnos, pero esta vez fue mucho más difícil, especialmente para los abuelos, vernos ir nuevamente con sus nietos era muy doloroso. Creo que, en parte, lo apaciguó saber que no era necesariamente para siempre”.

La naturaleza australiana y los desafíos: “Hay cosas que uno entiende diferente cuando las vive en primera persona”
Se instalaron en Seaforth, al norte de Sídney, más cerca de las playas, rodeados de verde y naturaleza. Además, tenían amigos que les habían quedado de esa primera etapa, lo que hizo que esta segunda llegada fuera diferente.
En este regreso, Milagros y su familia descubrieron de manera más intensa la enorme cultura de vida al aire libre: playas, parques con parrillas comunitarias, camping y escapadas a la naturaleza, siempre tratada con el mayor respeto: “En esta segunda etapa en Australia incluso compramos un camper tráiler, que nos permitió conocer lugares increíbles”.

“Para mí, la calidad de vida también se refleja en esos pequeños detalles cotidianos que terminan marcando una gran diferencia. Mis hijos pueden ir caminando solos al colegio o con sus amigos. Pueden tener esa vida de barrio, jugar afuera y moverse con una libertad que me recuerda mucho a mi propia infancia, cuando vivía en una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires”.
“Pero emigrar también implica aceptar que no todo es perfecto. Cuando volvimos a Australia por segunda vez, ya éramos profesionales con mucha experiencia y una familia de cinco. Para mí fue particularmente difícil porque mi título de Psicología argentino no tiene una equivalencia directa en Australia. El proceso para poder ejercer como psicóloga implica años de estudio y una inversión importante. El área en que pude incorporarme profesionalmente fue la discapacidad. Actualmente trabajo en una ONG acompañando a adultos en procesos de inserción laboral y desarrollo de habilidades sociales”.

“Al mismo tiempo, continué atendiendo pacientes que viven fuera de Australia y desarrollé otra parte de mi trabajo vinculada justamente con la experiencia migratoria. Acompaño a personas que están atravesando o por atravesar un proceso de migración, o que necesitan apoyo psicológico mientras viven en el exterior. También trabajo en orientación a padres. Creo que mi propia experiencia me permitió entender desde otro lugar lo que significa construir una vida lejos de casa. Hay cosas que uno entiende de una manera completamente diferente cuando las vive en primera persona”.
El desafío de emigrar con niños: “Que conozcan, quieran sus raíces y su nacionalidad”
La casa donde Milagros vive junto a su familia está rodeada de dos reservas naturales, lo que hace que todo tipo de animales aparezcan en su jardín: comadrejas, bandicoots, conejos, pavos de monte y una enorme variedad de pájaros, entre ellos kookaburras: “Incluso hemos visto una echidna cruzando la calle y a los autos detenerse y esperar pacientemente a que terminara de cruzar”.

Pero, a pesar de vivir en lo que sienten un paraíso, sin duda, el mayor desafío para Milagros fue emigrar con niños, ayudarlos a adaptarse; sentirse parte de otra cultura, para ellos, fue un proceso muy intenso. La forma de vincularse australiana, tan diferente a la argentina, trajo choques culturales: “Los encuentros son más cortos y cuesta más llegar a esas conversaciones profundas o a la intimidad cotidiana que tenemos los argentinos. Eso lleva muchísimo más tiempo. Ahí entendí también por qué uno termina buscando tanto a los argentinos y a los latinos: lejos de casa, muchas veces esas amistades terminan convirtiéndose en una nueva familia”.
“Pero acá sorprende la multiculturalidad. Es completamente normal convivir con personas de distintas nacionalidades, idiomas y culturas. Mis hijos, por ejemplo, crecen en un colegio público donde tener otra nacionalidad o hablar otro idioma es algo absolutamente natural”.

“Y hoy, casi tres años después, creo que el desafío es otro: aprender a convivir con la sensación de tener `dos hogares´. Ya no intento resolver esa contradicción. Entendí que forma parte de vivir afuera, que no existen lugares perfectos. Tratamos de disfrutar lo bueno que tenemos en Australia y, al mismo tiempo, de que nuestros hijos mantengan a Argentina como parte de su identidad, de sus vínculos y de su historia. Que conozcan y quieran sus raíces y lleven su nacionalidad con orgullo”.
“También nosotros tratamos de trasladar un poco de nuestra manera de vivir y de vincularnos. Invitamos mucho a nuestra casa y promovemos que los amigos de nuestros hijos vengan a jugar, a pasar la tarde o simplemente a estar, sin necesidad de tener todo tan pautado de antemano. Creo que les gusta mucho esa receptividad, esa posibilidad de compartir sin que todo tenga que estar organizado con tanta anticipación”.
La identidad expandida: “La vida es una sola, así que más vale vivirla”
Trece años pasaron desde que Milagros dejó Argentina por primera vez atravesada por el temor de alejarse de su mundo conocido, de una vida hecha, rodeada de amigos y familia. Durante sus primeros cinco años en Australia, el sueño de regresar a la Argentina convivió con ella, sin percibir del todo hasta qué punto Sídney la había conquistado y transformado. Y cuando el volver se concretó sucedió algo que no esperaba: el choque cultural inverso la golpeó con fuerza. Se había expuesto a otros mundos y, con ese salto, su identidad experimentó un cambio expansivo y la sensación de pertenecer a dos tierras se impregnó en su alma.

Y en trece años, Milagros no solo se transformó como individuo, sino que fue madre, y junto a su marido, decidieron que sus hijos también vivan la experiencia expansiva de salir a la aventura, con sus luces y sus sombras.
“Aprendí muchísimo como madre. Sostener a tres hijos durante una adaptación cultural, acompañarlos en sus momentos difíciles y ver cómo finalmente lograron construir su propio lugar me mostró de lo que somos capaces. También aprendí muchísimo de ellos. Me mostraron resiliencia, esfuerzo y perseverancia. Pasaron de no hablar el idioma a ser bilingües, de no conocer a nadie a hacerse querer en su colegio y construir sus propios grupos de amigos. Ver ese proceso fue muy movilizante”.
“Esta experiencia también nos fortaleció como familia y como pareja. Cuando uno emigra y está lejos de su red de contención, queda mucho más expuesto al otro. Aparecen vulnerabilidades, se acentúan los rasgos positivos y también los más difíciles. Pero, sin duda, aprendimos a sostenernos entre nosotros y eso nos fortaleció”.

“Aprendí también a relacionarme con personas de distintas partes del mundo, a abrir la cabeza y a entender que, más allá de las diferencias culturales y de las distintas formas de vivir, tenemos muchísimos valores en común. Y, sobre todo, aprendí que, aunque toda elección tiene un costo, vale la pena escucharse e ir detrás de aquello que uno desea, animarse a nuevas experiencias. Hoy puedo decir que esta experiencia nos hizo crecer muchísimo y también nos hizo y hace muy felices. La vida es una sola, así que más vale vivirla”.
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