
Vuelve Cuesta del Madero
A traves de su familia, y tras decada larga de haber cedido sus marcas al grupo Diageo, Sigifredo Alonso vuelve a comercializarlo en la bodega Cruz de Piedra
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Cuando le hablo del bodeguero Sigifredo Alonso al sabio Ricardo Mackintosh -de los Mackintosh high de Turriff, no de los low de Kaysith-, el facultativo escocés me lanza una mirada escrutante y pregunta cómo es o era dicho personaje.
Es, es, puntualizo yo. Sigue siendo, aunque por razones de salud haya cedido la conducción de la bodega Cruz de Piedra a su hijo Ramiro Alonso y a su sobrino Sergio Abud. Pero conserva la gloria de haber sido un pionero argentino clave del varietalismo, junto con Nicolás Catena y Tito Martins.
Su nombre aparece a mediados de los setenta como un heavy en el negocio local de los soft drinks. Tenía la distribución exclusiva de Pepsi Cola en Rosario y en Mendoza, dos sedientos proficuos de ese consumo. También fama por su estilo dejame-a-mí muy firme en la conducción de los negocios.
Tipo alto, imperturbable, introvertido, poco locuaz, devoto fiel de la Pepsi Cola Inc. de USA y los coloquios de IDEA, a los que jamás faltaba. Sus pares de entonces recuerdan que allí hablaba poco y en tono bajo de graduado en Massachusetts. Pero respaldaba sus conceptos con una mirada dura Pontevedra que intimidaba al bobetaje.
Al comienzo (1973) del operativo USA New World Wine, con Pepsi comprando bodegas californianas para entrar en el wine business, Alonso viajó a Napa Valley, donde adquirió en detalle el cómo del novedoso quehacer. Después lo repitió, al pie de la letra, en Mendoza. Pasó sin transición de abstemio total del vino a erudito en polifenoles, con ese estilo workaholic del vos-dejame-a-mí que depende un 62% de la persistencia y el resto, de la obstinación. Armó viñedos cabernet y chardonnay de Napa en los mejores sitios de la Primera Zona; contrató como enólogo al wine maker top de entonces, Raúl de la Mota; y mientras esperaba en silencio los largos años necesarios para el arraigo ortodoxo de las viñas, construyó su bodega estilo Silverado Road (5.500.000 l) con tanques high tech inox y sin madera alguna para la gloria de la pura fruta. A eso agregó un equipo de ventas conducido por Carlos Fernández, hoy commercial wizard de Bodegas Fin del Mundo.
En los años 80, sus varietales San Telmo y el blend Cuesta del Madero, de paladares clásicos superargentinos, tuvieron todos nítida aceptación entre los conocedores avispados. Eran figurita repetida en un montón de mesas. Pero en los años 90, con la fashion New World Wine, de fotocopias monoestilo concentradas por sangría que nos impuso el marketing USA, a Alonso se le planteó un súbito conflicto de lealtades. Por un lado estaba Parker, con su cohorte de wine makers gringos, apuntando al negocio export. Por el otro, los vinos elegantes, antípodas, amables, del paladar mayoritario argentino que expresaba De la Mota y su fiel segundo, Esteban Castel. Ambos, negándose rotundamente al troche y moche de sangrías que desequilibran y despersonalizan cualquier vino. El confiaba tanto en unos como en los otros: ¿por cuál optar? Flor de dilema para un decision maker que es abstemio.
La solución fue delegar la solución, vendiendo no la bodega, sino todas sus marcas, al grupo mayorista
Seagrams (luego Diageo) y hacer allí tranquila pata ancha hasta que el relevo generacional Alonso-Abud de su familia alcanzara edad confiable. Después, hacer mutis por el foro superrespetable de la tercera edad.
Esa y no otra cosa fue lo que ocurrió. Con la bodega otra vez en función propia, y recuperada la marca base Cuesta del Madero, los primos Ramiro & Sergio y los enólogos Castel y Daniel Ekkert están firmes ahora, con éxito dispar, en la formación del nuevo porfolio Alonso. Elegante, aggiornado, sin sangrías
1. Toraba cotidiano formidable
El Cuesta del Madero Clásico, claret de aromas cálidos y paladar acariciante, excepcional para su precio ($ 10). Por eso y por su versatilidad, compite con mucha fuerza en el área vinos nuestros de cada día. Lástima que la bodega esté usando la marca como paraguas para un set de varietales ($ 14) entre sí poco individualizables.
2. Syrah para tener en cuenta
Bajo el paraguas Cuesta del Madero, la mejor oferta es el Syrah. Descripto en su etiqueta como "rojo violáceo intenso" pese a tener un tono claret idéntico al Clásico; aroma a frutas similar, pero más fino; y comparable paladar amable, algo más intenso. A este varietal se le agradece la ausencia de madera. Pero es de incierta voluptuosidad.
3. Malbec de exportación
Tonalidades oscuras y un leve toque de madera hacen muy aptos para la exportación los tintos Cruz de Piedra, de la línea Umbral ($33). El Malbec 2006, en especial, recomendadísimo. Aromas sensitivos y envolventes; paladar afrutado y sensual. Opción top para un asado Banderita en Oviedo
Entre copas
Generoso La sanjuanina Putruele relanza su vino Nocheterna, el primer y único syrah generoso del país. Frutado, dulce, amable, persistente en boca y con buen potencial de guarda ($ 35). Chocolate La Fundación EISA organiza un curso de chocolatería por módulos, con clases, degustaciones y obsequios, el 10 de octubre. Informes: 4823-6515
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