Alta costura
Diseños reales y más compradoras en el último desfile de París
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( The Sunday Times ).- La alta costura, ropa increíblemente perfecta para mujeres inimaginablemente ricas, alcanzó un nuevo nivel en el último desfile de París, hace un par de semanas. Los nombres más famosos de la moda presentaron sus colecciones de invierno ante la mayor audiencia de clientes privados notables de los últimos 30 años; parece que mientras el resto de la humanidad se vuelve cada vez más pobre, los megarricos son intocables.
Ha nacido una nueva clase de compradores mimados y multimillonarios. Aunque su estilo de vida sea europeo, más específicamente londinense, su cultura invade el mundo, desde Corea y China hasta Venezuela.
¿Qué buscan? Exceso en colores, proporciones y, sobre todo, decoración.
No obstante, hubo poca innovación. Como los maridos, que pagan por una alhaja elaborada entre 100 mil y 300 mil dólares, estas mujeres no dan ni dos peniques por la avant-garde; quieren la cintura donde Dios manda, no les gustan los flashes en lugares embarazosos y las confunden las prendas con tres magas. Quieren todo como siempre fue, al menos desde los años 50, y la alta costura de París sobrevive porque cubre sus necesidades.
Pero también tienen otras demandas: mayor calidad, que ni las mejores marcas del prêt-à-porter pueden darles, y exclusividad, que sólo el acuerdo tácito de las casas de alta costura, de limitar las ventas de más de 200 mil dólares a una por continente, y privilegiar con la primera entrega a los clientes más leales, puede brindarles. Como me explicó una vendedora: "Ya no hay límites, se han superado todos; estas mujeres tiene guardarropas por los que cualquiera daría la vida, y pagan al contado". Y sumándose a las fuerzas del mercado confesó: "No damos abasto con las carteras de cocodrilo, aunque las vendamos a 40 mil dólares; las mujeres de los millonarios kurdistanos las compran de todos los colores, lo cual en algunos casos suman hasta 10 del mismo modelo".

De la pasarela al vestidor
Esta temporada, la mayoría de las casas de moda de sangre azul: Chanel, Christian Lacroix, Elie Saab y Valentino, ofrecieron lo que la clientela ordenó, aunque parecieron un poco malhumorados con la propuesta de Chanel y Jean Paul Gaultier. Quien ganó el favor del público por unanimidad fue Dior, y hubo un ronroneo colectivo de contento y alivio cuando se mostró en las pasarelas ropa exquisitamente usable, en su mayoría recreaciones de la breve carrera de 10 años de Christian Dior, por supuesto con los inconfundibles estampados de John Galliano.
Basada en la impecable elegancia de la última mujer de Irving Penn, la modelo Lisa Fonssagrieves, se presentó una etérea colección con toque de modernidad. En contraste con la norma de la moda, que dicta que, por arriba de la cintura todo debe ser suave y diáfano, y debajo más sólido, aquí se vieron tops y chaquetas de lindísimo corte, haciendo juego con ligeras faldas de red, con y sin encaje y bordado, en una propuesta completamente innovadora. El énfasis en las piernas también se vio en Valentino.
En Chanel hubo ecos del pasado, incluyendo los plisados de Miyake, las alforzas de Cardin y las incrustaciones de Poiret, pero la influencia más obvia fue el frío corte sastre de Alexander McQueen.

En manos de Lagerfeld, sin embargo, muchas de las piezas parecieron pesadas y forzadas, como salidas del tablero de dibujo del arquitecto Frank Gehry; aunque, como de costumbre, la ropa de día fue lo suficientemente linda como para hacer cantar al corazón. Yo siempre estoy pendiente de la opinión de la gente sobre la alta costura, y en esta ocasión escuché, durante el desfile de Elie Saab, el comentario de dos mujeres cuyo rostro parecía esculpido en granito:
-Vi a muchas de las princesas de Medio Oriente -dijo una.
-Sí, nunca faltan, y son muy buenas compradoras, porque compran mucho y siempre en efectivo -contestó la otra.
-Sí, ellos entienden su mundo -concluyó la primera.
Y efectivamente lo hacen. Después de un show de románticos vestidos de noche, que en su mayoría ponían la familiaridad por encima de la originalidad, pocos de los editores top se detuvieron a felicitar a Saab, pero esto no le preocupó demasiado porque el libro de pedidos ya se había abierto antes del desfile.
Lamentablemente nada de lo que se vio iba dirigido a vestir a los jóvenes. Ricardo Tisci, de Givenchy es el único diseñador que procura hacer algo relevante para la mujer de hoy. Corre riesgos y a veces pierde, como esta vez con los sombreros enormes y los soquetes tubo, pero al menos la ropa puede ponerse de día.
Menos radical fue el debut de Alessandra Facchinetti para Valentino: etéreo y ponible, pero un poco obsesiva con respecto a Valentino. Tenía que haber hecho su propia declaración de moda, lo que significa menos volados frunces y moños, idea masculina antigua de lo femenino, para incorporar la noción joven del vestir.

La quinta esencia de la costura francesa: Christian Lacroix y Jean Paul Gaultier son expertos y genios, pero con tendencia a perder el rumbo en ocasiones. Esta temporada, la exuberancia de Gaultier pareció demasiado perversa, con abundante uso de piel de reptil y pieles de animales pequeños, así como con plumas suficientes como para hacer pensar que un zorro se metió en el gallinero. Lo peor de todo fueron las cajas de cuero conteniendo sacos largos de mink, los corsets y miriñaques, que crearon un fetichista y húmedo sueño victoriano, con la moda en segundo lugar.
Para los amantes de una exquisita belleza casi de muñeca, Lacroix se convirtió en el diseñador de la temporada. Extravagante, exuberante y romántico, aunque también a menudo con un recato casi victoriano, las prendas fueron un sutil ejercicio del color, el diseño y, sorprendentemente hablando de él, el control.
Ni moderno ni joven, pero indudablemente la obra de un maestro, y la maestría en la alta costura lo es todo.
Traducción: Beatriz Baruzzi
La sucesora
PARIS.- Hubo un tiempo en que la noticia eran los que abandonaban la alta costura. En la recta final de los cuatro días de presentaciones en París lo fue la de quienes se sumaron a ella. Y el estreno más esperado, el de Alessandra Facchinetti al frente de Valentino. La diseñadora italiana presentó, en febrero, su primera colección de prêt-à-porter y fue recibida con mucha más benevolencia que cuando sucedió a Tom Ford, en 2004, al frente de Gucci. En todo caso, éste era su examen final y ella decidió presentar su candidatura en los salones de la compañía en la Place Vendôme, todo un símbolo.
Evitar los grandes espacios y las multitudinarias audiencias fue una decisión inteligente: la ilcercanía permitió concentrar la atención en el minucioso trabajo de las 150 costureras de los talleres romanos. Las mismas que lloraron en el adiós del maestro y que saltaban de alegría junto a Facchinetti tras el desfile. "He estado 11 años con Valentino. Espero estar otros tantos con ella", apuntaba eufórica una de ellas.
"Al principio estaba muy asustada -confesaba Facchinetti-. Esta gente llevaba 30 años trabajando con otra persona y tenía que acostumbrarse a mí. Pero desde el momento en que entré en el atelier perdí todo miedo. Cuando empiezas te das cuenta de que este oficio no tiene que ver con la moda. En la alta costura no estás sola, creas e inventas con ellas."
La nueva estrategia de la empresa aspira a rejuvenecer la clientela sin perder el aura de elegancia atemporal. El característico colorado Valentino se llama ahora rouge e-mail, y la ropa combina la pintura de Van Dyck con técnicas orientales como el origami o el obi. Facchinetti se apoya en etéreos y románticos vestidos que utilizan los pilares de la casa, volados y moños, con una sensibilidad mucho más femenina. No es anecdótico que Facchinetti, de 35 años, sea la única mujer al frente de una gran casa de alta costura en mucho tiempo. Para darle su apoyo, en primera fila estaba Giorgio Armani. ¿Y Valentino? "No he hablado con él desde hace tiempo", explicaba Facchinetti. "Pero esta mañana he recibido una hortensia blanca con una nota de ánimo y apoyo firmada por él y Giammetti. Un bonito gesto."

