Céline: la marca que jamás se deja ver
Sin connotaciones ostentosas, Phoebe Philo, al mando de la firma Céline, define el modo de vestir de la última década, con actitud y personalidad
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Phoebe Philo no para de imponer tendencia. Su última invención: la manera de usar la cartera, que ya no descansa sobre el hombro o en el pliegue del antebrazo, sino que se lleva agarrada, como si se tratara de un bulto más. No faltará quien empiece a imitar este gesto en las pasarelas y hasta en la calle: Céline, la casa francesa que lleva adelante desde 2008, es una de las más copiadas por las marcas high-street. En sus veinte años de carrera, Philo inventó un estilo y hasta tiene su propio club de fans imaginario, las Philophiles, mujeres a las que ha cautivado con la sobriedad y el lujo posible al que invitan sus prendas.
Philo transforma en éxito todo lo que toca: en este caso fue una maison tradicional francesa que languidecía bajo el peso de su propia historia, incapaz de cobrar relevancia a pesar de varios intentos de rejuvenecimiento. Philo, que nació en París pero se crió y sigue viviendo en Londres, estudió en la prestigiosa escuela de diseño Central Saint Martins. En 1997, con apenas 24 años, se convirtió en la primera asistente de Stella McCartney en Chloé y luego en su directora creativa, cuando la hija de Paul abandonó su puesto para abrir su propia marca.
La primera sorpresa la deparó en 2006, cuando abandonó Chloé para dedicarse de lleno a su beba recién nacida. Allí empezó el cortejo de las grandes firmas, que movieron cielo y tierra para contratarla debido a su talento precoz y a su capacidad de diseñar piezas emblemáticas y atemporales. La mejor oferta apareció en 2008, de la mano del grupo LVMH, que la eligió para resucitar Céline, una antigua casa de zapatos a medida para niños que se había aventurado en el prêt-á-porter en los 60, pero que carecía de vida. En esa ocasión, Philo dijo que su intención era "ofrecerles a las mujeres algo en lo que invertir en lugar de moda que se sienta descartable".
Sin riqueza ni posición
Enemiga del fast-fashion, Philo apunta a un tipo de vestimenta que, a diferencia de Chanel o Louis Vuitton, no connota clase social, riqueza o posición. Sus diseños, discretos, intelectuales y mínimos, se apoyan en una filosofía que escapa a la jactancia, a la vulgaridad del lujo excesivo y a la ostentación. Sus fanáticas no dudan en gastar más de 6500 dólares en un tapado, porque saben que en esa mezcla de confección perfecta parisina y modernidad londinense se juega un nuevo lujo, glamoroso y femenino, pero en dosis justas y sobrias.
Entre los estilismos que Philo creó para Céline, está su clásico uniforme: pantalones de vestir amplios, camisa sin cuello de puños extra grandes y saco esmoquin. Su paleta de colores es tradicional: blanco, negro, grises y azul marino, con toques esporádicos de tonos más intensos. Es también responsable de la vuelta del patchwork de cueros, de los vestidos oversize, del revival de las sandalias Birkenstock, del total look floreado, de las camisas-pijama, del mono negro en crêpe y de las míticas carteras: la Boston bag, la trapecio, la cabas y la boxbag son objetos altamente codiciados.
Philo pasará a la historia de la moda como la inventora del look que define a la última década, porque consiguió lo que todo diseñador anhela: encarnar una nueva manera de vestir. En su caso, el logro fue haber encontrado una suerte de power-dressing femenino para mujeres con muchísima personalidad, que no dependen de una prenda para destacarse entre la multitud ni apuestan por una sensualidad exagerada, sino que privilegian una experiencia privada, íntima –el orgullo de vestir un Céline, aunque nadie más lo sepa.

