Gabriela Horvat: “Tiene que ser posible hacer lo que nos gusta”
Diseñadora, joyera, alfarera, una creativa que hace de la joyería un medio de expresión, pero su mayor logro es enseñar a crear y poner en valor el trabajo del otro
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En una comunidad wichi del monte chaqueño de El Potrillo en el extremo noroeste de Formosa, o entre las tejedoras de telar warmis en el paraje Blanca Pozo en Santiago del Estero, o en alianza con orfebres y artesanos de San Pedro de Atacama, o en su taller de Boulogne. Generar espacios y oportunidades para expresarse es la tarea de la diseñadora industrial Gabriela Horvat, joyera por opción. Desde hace años desarrolla y adapta a la joyería contemporánea una técnica única, la de coiling. Una original aplicación de la cestería que aprendió de su mamá, la artista plástica Paula Dipierro, con la que a diario crea piezas de colección. El pase del metal al textil o la combinación de ambos materiales, más otros propios de la artesanía, un logro.
–¿Cómo fue tu experiencia en la comunidad wichi de Formosa?
–Fuimos a El Potrerillo con la diseñadora Lucía Mishquita Brichta, invitadas por la Fundación Siwan’i, una institución que desde hace décadas trabajan en el monte chaqueño organizando, poniendo en valor e incentivando el trabajo cotidiano de los wichis, entre otras, de sus tejedoras. Es un pueblo recolector y en su monte había mucho desperdicio por doquier, sobre todo, bolsas. Juntos aprendimos a reutilizarlas convirtiéndolas en una trama.

–¿De qué manera?
–Aplicamos la técnica de coiling, la de enrrollar cual rasta, generando espirales, cual sugerentes serpientes. Y allí nos enriquecimos con el cruce de técnicas. Es sabido que las wichis tejen fibras de chaguar, aunque ahora un montón también trabajan en crochet y, del mismo modo, no pocas familias se dedican a la cestería. Lo bueno del coiling es que cualquier fibra o cualquier material convertido en fibra es apto.
–¿Cuáles?
–Por ejemplo, el caucho. Hace cuatro años, llevé adelante el proyecto Tita, mediante el cual reutilizaba cámaras neumáticas, las de la bici, que troquelaba, convertía en cintas y enhebraba con canutillos de coco y madera natural teñida.
–¿En Formosa trabajaron con ese material?
–Lucía Brichta sí trabaja con cámaras neumáticas, que cala y suma un touch de glitter o talla con bronce y agrega granate o incrusta turquesas, entre algunas de sus piezas, pero allí nos manejamos con el trabajo en canasto, el punto antiguo, crochet y otros e hicimos un intercambio. Cada familia se especializa en una técnica, pero no conocía el trabajo de la otra. Los presentamos, intercambiamos, propusimos cómo mejorarlos y les enseñamos lo nuestro que es el coiling. Lo bueno fue que pudimos transmitir y poner en práctica que la joyería te abre una posibilidad de hacer, e hicieron y mucho.
–¿Te gusta enseñar?
–Creo que puedo intentar sacar lo mejor del otro, ayudarlo a descrubrir su potencial, a poner de manifiesto su identidad: quién sos vos y por qué vas a hacer algo, qué te representa, hacia a dónde querés ir o darte cuenta que creés que te gusta cierto trabajo pero tu ser apunta a otro... Está bueno aprender a conocer la sombra de uno, eso que uno proyecta…
–¿Cómo se logra?
–Jugando, empezás a hacer, y si hay un espacio en el que te sentís cómodo y está todo habilitado para hacer, surge. Se trata de encontrar ese potencial propio de cada uno.

–El coiling es lo tuyo.
–¡Sí! Esas serpientes envolventes me pueden, aunque ahora estamos trabajando en piezas planas, tipo raping con hilos de plata al que bordamos piedras semipreciosas, como turmalinas, esmeraldas, lapislázuli, corales, nácar, cuarzos, y hasta erizos de mar y maderas; todo con cierres hechos especialmente y a mano. Una trama que no se cierra, no se enrrolla, queda plana, es más simple, sutil, etérea, transparente, que deja al descubierto la piel. Y elegimos hacerlo en colores encendidos, como rojo coral, azul Francia, amarillo, verde.

–¿Y en qué otros materiales?
–En hilos de plata, cobre bañado en oro, seda, seda rústica, lino, hilo de pelo o crin de caballo, yute, rafia, también chaguar u otras fibras textiles, cualquier material que permita cierta ductilidad. Y siempre los combino con metales.
–¿Siempre collares?
–Me encantan. Siento a los collares como de amuletos no tanto protectores sino que dan confianza para atravesar el día, que acompañan, un soporte original que te banca. Son piezas que muestran, que nos exponen, que exhiben un trabajo; atrás de cada collar o también brazalete o aros, hay una idea plasmada, un tiempo de dedicado a hacer, a experimentar, componer, a crear armonías de color y texturas. Revela cierta sensibilidad que nos empoderan.

–¿Trabajás en equipo?
–Trabajo con mi mamá Paula Dipierro, que es artista plástica. De ella aprendí las técnicas de cestería y tejido que aplico en joyería, y el teñido de la seda a mano –trabajamos con anilina y, de cuando en cuando, hacemos teñidos naturales con cáscara de cebolla, naranjas, cúrcuma, cochinilla e índigo–. Hace años mi mamá me empezó a ayudar a tejer porque no me daba el tiempo, y poquito a poquito se fue metiendo hasta que hoy en día que es el motor. Si bien contamos con ayuda para realizar algunos procesos, como el del tejido –un equipo de tejedoras extraordinarias, todas unas artistas–, nosotras definimos el diseño, armamos y componemos cada una de las piezas.
–¿Tenés previsto algún otro trabajo comunitario?
–Estamos conversando con Arte y Esperanza –una organización que trabaja a favor de las comunidades indígenas bajo las normas del comercio justo de sus artesanías– para llevar adelante un proyecto con palo santo.
–La madera es algo distinto.
–La carpintería es un pendiente en mi vida. Trabajar con madera, me llama. La joyería es sólo un soporte; sea cual fuere, lo importante es poder expresarse y, para mí, lo interesante es poner en valor el trabajo del otro, el de tejedoras, de alfareras, el de diversos artistas. Es que los artistas tiene una fuerza interior de la que les nacen otras cosas. Es divertido poder colaborar con otro para que logre lo que necesita. Me gusta que otros realicen su obra. Al fin y al cabo, se trata de ser feliz haciendo lo que nos gusta. Esto no debería ser un ideal. Tiene que ser posible hacer lo que nos gusta y pasarla bien. Y creo que si se hace desde adentro tenés más chances, y si le ponés un poco de amor a lo que hacés resulta mejor.
–Serías galerista.
–Me encanta elegir, destacar y mostrar para que otros tenga la oportunidad de conocer y enriquecerse; si pudiera, reuniría más piezas, y en una galería sería increíble, sólo faltan los medios, lo mismo para llevar adelante otros proyectos.





