Julieta Grana: “No participo en la vorágine del consumo y descarte continuo”

Julieta Grana
Julieta Grana Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal/AFV
Lorena Pérez
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2 de junio de 2018  

La apuesta "al menos es más" define su estilo. Reversiona tipologías clásicas, descontractura líneas para acompañar distintos cuerpos y trabaja en alianza con tejedoras artesanales

Siempre tuvo en mente el sueño de la marca propia. Julieta Grana se recibió de diseñadora de indumentaria en la FADU y siguió relacionada a la universidad como ayudante de cátedra. Enseguida se fue a trabajar con Cora Groppo, pero nunca dejó de pensar en su proyecto. El momento de concretarlo llegó dos años después, en 2013, cuando logró definir y gestionar un estilo desde el minimalismo y pudo innovar desde lo simple. Tras cinco años, es posible ver la evolución dentro del menos es más. Presenta dos colecciones al año y completa la temporada con cápsulas que exhiben un buen maridaje entre lo artesanal e industrial; habitualmente hace alianza con tejedoras y además muestra su labor con los hilados en su showroom de la calle Bonpland, en Palermo. Dice que "no es la prenda la que tiene que determinar al cuerpo, sino que es el cuerpo el que moldea la pieza".

–Alineás tu trabajo al minimalismo, ¿cómo le das tu impronta?

–Mi trabajo parte de la observación de tipologías clásicas, las analizo y replanteo. Es interesante sensibilizar o descontracturar algunos recursos más vistos en piezas industriales y también busco cuestionar o rever otros dados por imposición, como las terminaciones en la remería y camisería. Desafiar esos límites y construcciones es como un nicho por explorar en el mercado local. También con el uso del color, fui aprendiendo a trabajar con combinaciones más inesperadas. Saturar la paleta, hacerla más estridente, por ejemplo. Me interesa relacionarme con la indumentaria de un modo instintivo y menos efímero.

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. Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal/AFV

–¿Qué diseñadores seguís o sentís que te influenciaron?

–Me interesa el uso del color de Dries Van Noten, la mezcla entre sastrería y lo deportivo de Sacai (la marca que diseña Chitose Abe, la japonesa que trabajó para Comme des Garçons); el repertorio de Céline me parece una síntesis muy elegante e interesante.

–¿Qué valor tiene la elegancia hoy?

–No tiene que ver con una imagen que se proyecta, sino que va de la mano de la sustentabilidad y la transparencia en el sistema productivo. Sustentabilidad en todo sentido, desde el trato humano con los distintos actores de la cadena de producción, la materia prima con la que se trabaja, el modo en que se comercializa y hasta que el consumo sea justo. Es alejarse de la masividad y la moda rápida porque eso implica inevitablemente explotación y derroche. La elegancia tiene que ver con un modo consciente de producir y de consumir, no ya solo un objeto, sino un valor, una experiencia, la historia detrás del producto.

–¿Cómo ves a la mujer de tu época?

–La funcionalidad es lo más importante. La indumentaria es el vínculo; el indumento sin el cuerpo no tiene sentido, no se puede diseñar si no se piensa en un cuerpo. Hoy la mujer es muy activa, entonces las prendas tienen que acompañar esa evolución de la mujer. Pienso en la ropa como en una segunda piel, superenvolvente; me parece importante cómo se siente, qué posibilidades le da la ropa y qué sensaciones tiene. No quiero hacer ropa que se pueda ver y no usar, sino que se pueda lucir una y mil veces, lavarla y volver a usarla, por eso pongo especial cuidado en la calidad de los materiales. Me gusta hacer ropa no efímera, no para una o algunas temporadas; elijo fibras naturales, no poliéster, y los contrapongo, para destacarlas, con algún recurso superplástico, por ejemplo, como el engomado.

La moda rápida implica inevitablemente explotación y derroche

–Están cambiando los tiempos de la moda, ¿una diseñadora independiente puede manejar su propio calendario?

–Se puede repensar, pero las colecciones locales se siguen armando por temporadas, de invierno y de verano, para ordenar las propuestas a la hora de comercializarlas. Estoy pensando en hacer cuatro colecciones anuales, también porque a muchas les gusta ver qué estás haciendo. Una clienta que viene una vez al mes no puede ver toda la temporada lo mismo. Ahora trabajo en distintas cápsulas para ofrecer variedad de manera constante.

–¿Cómo?

–Es difícil porque no participo en esa vorágine del consumo y descarte continuo. Al contrario, desacelero, intento ofrecer una propuesta sensible, intuitiva y no vinculada con el fast fashion. Lo durable, lo único y lo hecho a mano no sigue el ritmo de la moda, y lo prefiero. Pienso las colecciones para que perduren más allá de su uso, por su calidad, porque se elige su morfología, por su funcionalidad; estos son pilares que tengo presente a la hora de diseñar. Mi marca es como una gran colección que cada temporada se va nutriendo de piezas nuevas, por eso hablo de prendas eternas, que siguen quedando bien porque mantienen un look contemporáneo.

–¿El usuario quiere ver o comprar cosas nuevas?

–Quiere nuevas propuestas con nuevas formas. Aunque el consumo no está en su mejor momento. Adhiero a no promoverlo, está bueno renovarse y actualizarse, repensar el diseño y reflexionar sobre lo que se propone, y esto obliga a ir más lento, a una oferta de más calidad no pensada para el consumo.

–¿Tiene sentido hacer desfiles?

–Hacer un desfile es muy costoso, por eso creo que está bueno reemplazar esa herramienta. Antes, en las semanas de la moda, había fila para entrar y ahora eso no pasa. Creo mostrar una imagen de producto genera más cosas y es otro modo de mostrar una propuesta de diseño; la experiencia de estar cerca de la ropa, sentirla y tocarla es necesaria.

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