Moda. Las prisioneras del siglo XIX

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17 de octubre de 2020  

Para escrutar con cierta acuidad el presente de la moda y ver de prever sus formas futuras, tal como intentar hacer aquí, se hace imprescindible revisar su pasado, para comprender sus pautas de funcionamiento. Las modas se suceden según cambian las convenciones sociales, que reflejan y acompañan. Bien leídos, los itinerarios recorridos en el pasado pueden servirnos hoy de GPS.

La práctica, individual y colectiva, que la sociedad identifica como moda, heredada de las aristocracias del antiguo régimen, fue siendo elaborada a lo largo del siglo XIX, bajo el impulso de una secuencia inédita de progresos tecnológicos de potencia máxima, la Revolución Industrial y simbolizó el ascenso al poder de las burguesías con sus principios conservadores y patriarcales.

Obra de Auguste Toulmouche
Obra de Auguste Toulmouche

Las nuevas máquinas a vapor de todo tipo y empleo aceleraron los ritmos de la cadena de producción y difusión de la moda, de la transformación de las materias primas en textiles a la fabricación de las prendas, a su distribución por ferrocarril y su popularización a través de una prensa cuya capacidad de tiraje aumentaba año tras año. Fue así que los sucesivos cambios de apariencia sin los cuales no hay moda, fruición y señal de clase hasta entonces reservadas a las minorías privilegiadas, fueron extendiéndose a las categorías medias de la sociedad. La moda comenzaba a extender su dominio. Aparecen las grandes tiendas, con sus prendas confeccionadas en serie. El ansia de legitimidad de las burguesías dirigentes impuso restricciones adicionales a las que ya conformaban sus códigos de estilo. Nada podía apaciguar mejor a la desasosegada psique burguesa que la certeza de poder diferenciarse en todo contexto a través de atributos patentes, inmediatamente reconocibles, tales como la ropa. Distinguirse. Que se vea, se lea, se sienta y quede constancia de su distinción. De su pertenencia a la élite, es decir al círculo de personas elegidas que el resto de la gente reconoce y que se reconocen entre ellas por su elegancia, es decir por los preceptos indumentarios que comparten.

Sobriedad, equilibrio, atractivo mesurado: las cualidades que definen la elegancia están presentes en el vestuario masculino, que privilegia lo funcional y desdeña el ornamento, según la opción de sastrería del gentleman británico, que los franceses no vacilan en adoptar y difundir con sello propio.

Mientras tanto el atuendo de las señoras había ido aumentando en dimensiones, lujo y rebuscamiento, in contrario sensu de la elegancia decretada. En un clarísimo reparto de roles acorde al orden patriarcal, las mujeres cumplían el de vidriera ambulante del estatus de sus maridos o padres. En búsqueda del brillo de antiguos fastos monárquicos, la moda revivió atavíos y siluetas de diferentes épocas, tan lejanas como el Renacimiento, que exigían el uso estricto de corsés ceñidos y crinolinas tan voluminosas como pesadas. Constreñidas, sofocadas, desmayadas a menudo, con sus abanicos y sus sales a mano, prisioneras de una estética empalagosa y kitsch además de agobiante, las mujeres trofeo llegarán a su cúspide con la euforia de las últimas décadas del siglo, gran final victoriano o Belle Époque según cual orilla del canal de la Mancha.

La próxima crónica visitará mujeres y hombres de aquel mismo tiempo que se miraban en espejos bien diversos y pensaban sus vidas desde una perspectiva enteramente opuesta.

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