No voy en tren, voy en avión
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Nada como subirse a un avión y despegar hacia Europa, con viento a favor y clima sin sobresaltos, siempre y cuando se elija una línea aérea en la que viajar en clase turística no adquiera, con el paso de las horas o desde el primer instante, visos de pesadilla. Porque pocas cosas debe haber tan antinaturales como volar con las rodillas instaladas en la garganta o con el pasajero de adelante recostado sobre ellas, sin quererlo, claro está. Como uno, que a su hora se recostará en las del vecino de atrás tratando de escapar del involuntario acoso del primero, y éste del de adelante y aquél del de más allá...
Y eso que se pidió pasillo, porque el castigo se multiplica del lado de la ventanilla, desde donde a horas tempranas o tardías casi habrá que escalar (Permiso, permiso...) sobre el o los vecinos de asiento para lograr por fin estirar las piernas (¡Ay, qué bien!) y tratar de evitar lo inevitable, que los tobillos se multipliquen por dos, o tal vez por más.
Fuera de eso, todo bien: botellas de agua, crema humectante, uno que otro bocado para matar el tiempo, que no pasa más... Faltan diez horas para llegar y parece la eternidad. Rebelión a bordo: amplíen los espacios, por favor.

