Rusia, el nuevo mercado del lujo
Gastan fortunas en ropa y accesorios
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LONDRES (Sunday Times News Service).- Zapatos de Yves Saint Laurent adornados con piedras preciosas que cuestan 1800 dólares; Kellys Hermés de cocodrilo con hebilla de diamantes; carteras de producción limitada de Gucci, cuyo precio oscila en los cien mil dólares; trajes de noche ribeteados en mink y túnicas de alta costura de Versace o Valentino; eso es lo que la nueva clase rica rusa quiere usar, y no sólo en Moscú, sino también en Londres, París o donde quiera que estén.
El gusto ruso se globalizó y no sólo porque al jet set de Moscú le guste viajar por todas partes, sino porque les encanta lo bueno y valioso, convirtiéndose en el grupo consumidor más influyente del mundo. Hace cinco años, la idea de producir una cartera Louis Vuitton con oro puro y turquesas hubiera sido impensable; pero eso fue antes de la aparición de esta oligarquía chic para la cual el dinero no es problema cuando se trata de conseguir algo exclusivo.
Así como el idilio árabe por el glamour francés e italiano provocó la expansión global de la moda en la década del 80, y la logomanía japonesa impulsó el boom de los artículos de lujo en los 90 (aún hoy una de cada tres mujeres japonesas tiene alguna pieza Louis Vuitton), ahora es el turno de los rusos. "Lo que fueron los japoneses en los años 90 son los rusos ahora", asegura un vocero de Harvey Nichols, después de comprobar que el año último duplicaron el uso de sus tarjetas de crédito en este tipo de compras.
Facilita la cosa el hecho de que ya no necesiten viajar a Londres para tener acceso a casas como Dior, Chanel, Céline, Valentino o Yves Saint Laurent o Burberry, ya que todas abrieron sucursales en Moscú que, a diferencia de las resplandecientes pero vacías tiendas líderes de los otros mercados emergentes de China e India, dan una enorme ganancia a sus marcas. En 1994 Versace fue la primera gran marca de moda que abrió en Moscú, y Rusia produce actualmente el 10% del total de sus ventas.
Exigencia sin límites
"Sólo basta con ver el Hermitage para darse cuenta de que a los rusos les gusta Versace porque aman lo lujoso y ostentoso -comenta Assia Webster, también nacida en Rusia, cuyo marido, Stephen Webster, abrió un local en Moscú-. Siempre ha sido así, pero ahora se han vuelto mucho más sofisticados que antes, usan Saint Laurent y Louis Vuitton, y se quejan si no tenemos cosas suficientemente caras", asegura.
El estilo erudito de comienzos de los años 90 (pelo largo, ropa cachivache y pieles extranjeras) es un gusto lejano y ajeno a estos nuevos ricos. Actualmente, los compradores están entre los más informados del mundo y sólo se conforman con lo original o difícil de conseguir, como las carteras de producción limitada, los bikinis fuera de serie y lo más candente de los looks de temporada. "Vendemos más ropa de noche con pedrería en Moscú que en ningún otro lugar del mundo", afirma Giorgio Armani. Con Yves Saint Laurent la cosa es similar: "Quieren las piezas más especiales, todo lo que se destaca del montón; van a lo brillante y colorido", sostiene un vocero oficial.
Los rusos están hambrientos de lujo y alta costura, por eso el diseñador Antonio Berardi, que hace ropa extravagantemente bordada y cubierta de canutillos, ganó tanta fama entre ellos; de todos modos, Berardi los critica: "Jamás compran básicos, se han vuelto tan sofisticados que no los entiendo, sólo a ellos se les puede ocurrir usar knickers de mink".

