Tensiones bajo control
Cómo lograr que las sobreexigencias de la vida cotidiana no se traduzcan también en la piel
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La piel es el órgano más visible del cuerpo, y el límite entre lo externo y lo interno, por eso también actúa como espejo de las emociones. Y así, el estrés (palabra de origen inglés sin traducción exacta, que significa opresión, aprieto o aflicción) repercute tanto en el estado anímico como en el cutáneo.
"La piel y el sistema nervioso tienen un origen embrionario común y comparten células", explica la doctora Patricia Troielli, médica dermatóloga del Hospital de Clínicas. Silencioso, puede existir sin que la persona se dé cuenta, hasta que surge algún síntoma.
"Las células, cuando trabajan, liberan metabolitos tóxicos (toxinas celulares) que, si no se consumen, dañan y oxidan la piel progresivamente. La célula tiene capacidad para eliminar esas toxinas, pero en situaciones de estrés esta capacidad disminuye porque la circulación sanguínea y linfática, que tiene que funcionar bien para eso, no lo hace. Al afectarse el drenaje y la circulación, se eliminan menos metabolitos, lo que produce oxidación y daño a ese nivel. Entonces, conviene ayudar externamente para que funcione mejor el mecanismo celular, con el consumo de antioxidantes, como vitaminas E y C por vía oral o local", explica la doctora Sonia Sladewski, de la Sociedad Argentina de Dermatología.
Sucede que ante situaciones estresantes, como puede ser trabajar en ambientes muy exigentes, se dan respuestas sobreadaptadas, hasta que se responde con el organismo. "Las situaciones que exigen una sobreadaptación al medio se pueden traducir en agotamiento, y dormir mal y el hábito del cigarrillo son elementos asociados al estrés, que empeoran la circulación y la nutrición de la piel. Entonces, ésta se vuelve más opaca, gruesa, con manchas y arrugas, es decir, con cambios semejantes a los generados por el envejecimiento prematuro", añade la doctora Irene Bermejo, miembro de la Sociedad Argentina de Dermatología.
Por otra parte, la doctora Adriana Martorano, de Dermatología del hospital Fernández, explica que el estrés "baja las defensas y genera mayor exposición a infecciones virales, bacterianas o micóticas". En casos extremos, con un estrés prolongado durante años se está más expuesto al desarrollo de un tumor de piel, si es que existe una predisposición previa. Como si se ensañara contra lo que se lucha, el estrés incide y profundiza los puntos débiles de cada persona. O sea, que si hay tendencia a la piel laxa, una situación de angustia puede acentuar las bolsas, por ejemplo.
Otras consecuencias
El estrés puede exacerbar manifestaciones y enfermedades que estaban controladas, como las patologías alérgicas, la rosácea o el acné. O desencadenar problemas latentes, como psoriasis, alopecia, urticaria o eccemas. "Hay quienes tienen un grano producido por el acné y lo lastiman, haciendo un pozo en su lugar. Van así destruyendo el grano y también la piel. El estrés incide en este caso porque la persona ve el grano, se pone nerviosa y se lastima. Pero el paciente ya tiene un cuadro psicopatológico. El estrés desencadena o agrava estos cuadros, pero no es la causa", describe la doctora Rosa Flom, dermatóloga del Hospital de Clínicas.
En tanto, las arrugas dinámicas, aquellas que se forman por contracción del músculo subyacente, expresan enojo o tensión en áreas del entrecejo y frente, y pueden comenzar a ser más notorias o aumentar en personas con este problema.
Para contrarrestar estos efectos, resulta eficaz realizar gimnasia, caminatas o terapias alternativas, que ayuden a un mejor equilibrio interno. No fumar, dormir ocho horas por noche y realizar actividad física no competitiva ayudan a liberar la adrenalina producida por el estrés, evitando así que ésta se convierta en toxinas, perjudiciales no sólo para la piel, sino para la salud en general.

