
1974-2004: el último Perón
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HIGHLAND PARK, N. J.
Aun treinta años después de su muerte, Juan Domingo Perón sigue siendo un personaje inapresable. A diferencia de Evita, que exponía con firmeza y transparencia todo lo que era, y también de su tercera esposa, Isabel, detrás de cuyo ser parecía que no había nada, Perón siempre mantuvo a distancia de los demás lo que realmente le pasaba por la cabeza. Un sábado de marzo, en 1970, me dijo en su exilio de Madrid que a "los muchos vivos" que lo visitaban, les hablaba "en el lenguaje que querían oír". Perón era el perfecto reflejo, entonces, del lenguaje de los otros. ¿Cómo saber, así, cuál era el de él? De las muchas versiones de peronismo que lo han sucedido, todas son genuinas, aunque difieran tanto como la del ex presidente Carlos Menem y la del actual, Néstor Kirchner: todas expresan algún aspecto del inagotable Perón.
Entre 1944 y 1952, fue un gobernante autoritario y, a la vez, sensible a las transformaciones sociales que exigía la posguerra. Postuló la idea de una "nación en armas" -como su inspirador alemán, el general Colman von der Goltz lo hizo en 1883-, lo que equivalía a pensar en una dependencia perpetua de la vida civil de la amenaza constante de la guerra. Estimuló centenares de leyes que devolvieron la dignidad a los trabajadores y a los sectores más postergados de la sociedad, pero a la vez exigió la sumisión absoluta de la comunidad a las órdenes de su partido, abrumando al país con una propaganda incansable y censurando casi todas las voces opositoras, excepto las pocas que se expresaban en el Congreso y en una prensa debilitada.
Tras la muerte de Evita, lo aquejó cierta molicie y hastío de poder, como lo prueban las cartas íntimas que envió desde el exilio a la joven amante que había dejado atrás; o quizás imaginó que su poder estaba por encima de cualquier límite, como se advierte en su enfrentamiento casi suicida con la Iglesia Católica, a fines de 1954.
Aun ahora sigo creyendo que el golpe de 1955, conocido como "la revolución libertadora", fue un error fatal para las instituciones argentinas, no sólo porque se alzó contra un gobierno que, al menos formalmente, era democrático, sino porque a esas alturas el presidente estaba derrumbándose solo. A la Argentina le habría costado muy caro si aquel Perón de 1955, tan cercano al delirio, hubiera llegado al fin de su mandato, pero quizá le costó más todavía la violación del orden constitucional, al que sucedieron un inesperado fusilamiento en masa de civiles por razones políticas, planteos interminables de jefes militares que se creían llamados por la providencia y golpes de Estado tan frecuentes que, en los años sesenta, acostarse con un gobernante de facto y levantarse con otro era una imagen de rutina.
El ostracismo, la distancia y el obligatorio silencio -interrumpido sólo por mensajes clandestinos- dignificaron la figura de Perón. Quince años después de la caída, sus partidarios de izquierda imaginaron que era capaz de imponer en la Argentina un gobierno socialista, olvidando que, durante los primeros tiempos de su exilio, Perón había sido huésped de regímenes despóticos -Stroessner, Somoza, Pérez Jiménez, Trujillo, Franco- y que se había cruzado con esos tiranos cartas en las que les proponía armar un frente antimarxista si regresaba al poder en la Argentina.
Conocí a Perón en 1966 y volví a verlo muchas veces hasta 1972, cuando su secretario y astrólogo José López Rega parecía dominar la escena doméstica por completo, interrumpiendo a su jefe sin consideración, aun en diálogos de extrema delicadeza política, y sirviéndole de vocero tenaz, salvo en las pocas horas -una o dos por la mañana temprano, otras dos después de la siesta- en que Perón recuperaba la energía y la lucidez.
Sin embargo, la ilusión de que el ex presidente era víctima de un cerco de hierro tendido por su esposa y por su mayordomo -como sostenían los dirigentes de la juventud peronista de aquellos años- es una suprema ingenuidad. Más de una vez, en esos meses últimos de la vida, Perón reaccionó como el conservador autoritario que siempre había sido. El énfasis con que acusó a "los infiltrados de la ultraizquierda" de la matanza en Ezeiza, el 20 de junio de 1973 -cuando más de un millón de personas acudió a recibirlo al regresar de España-, la indiferencia con que se desprendió de su antiguo vicario Héctor Cámpora y lo reemplazó por el yerno de su astrólogo, la indignación con que, cuando era ya presidente por tercera vez, expulsó a los diputados montoneros que osaron enfrentarlo, y la ira con que ordenó el arresto de una periodista por el delito de preguntar qué haría el gobierno para detener los atentados del fascismo vernáculo, revelan la cara verdadera de Perón con mucha más claridad que su retórico discurso final, el 12 de julio de 1974. Allí se despidió llevándose en los "oídos la más maravillosa música", es decir, la aclamación del pueblo argentino, al que invocó catorce veces en un texto breve, de quinientas palabras.
Ese último Perón no es una figura errática: sabe lo que quiere, y sabe también cómo alcanzarlo. Casi todos los estudiosos del peronismo suelen ver al anciano general como una víctima indefensa de las manipulaciones de López Rega. Pero, si se observa la historia sin prejuicios se tiene la impresión de que quizá López Rega haya sido el instrumento que Perón utilizaba para ejecutar acciones que no quería ordenar por sí mismo. Es difícil explicar, si no, cómo el entonces presidente convalidó la asonada policial que depuso al gobernador de Córdoba en 1974, o no censuró con indignación los primeros crímenes de la Triple A, la siniestra organización que empezó a actuar cuando Perón aún vivía, o, con deliberada ironía, designó a su López Rega como nexo entre las juventudes peronistas de signo opuesto, cuando una fracción de esa juventud había ido precisamente a pedirle que se desprendiera del acólito. En ese extraño momento, Perón elogió la eficacia con que la revolución cultural china acababa con los insumisos, a costa de infinita sangre, como se sabía entonces y se sabe ahora.
La elección de Isabel Martínez como candidata a la vicepresidencia tampoco fue improvisada ni, mucho menos, consecuencia de la presión doméstica. En 1971, Perón me dijo -aún conservo el documento grabado- : "Todos los días preparo a mi mujer tanto en la esgrima como en los asuntos de Estado. Y no le puedo ocultar que la discípula me está saliendo muy buena". Sin duda lo creía, porque cuando se sintió morir dejó en manos de aquella discípula el destino del país que tanto lo desvelaba.
Sería injusto pensar que un personaje tan consciente de la historia como Perón, tan preocupado por el juicio de la posteridad, hubiera sometido al azar el flanco sensible de la sucesión. O bien suponía que Isabel estaba de veras educada para domesticar el caos, o no le importaba el caos que dejaba tras de sí. Preferir esta segunda hipótesis es decidir, a la vez, que la suerte de la Argentina le importaba menos que su imagen, a la que enaltecían los fracasos ajenos. El mismo lo dijo muchas veces: "No es que yo sea tan bueno. Es que quienes vienen después de mí siempre son peores".
Descifrar a Perón sigue siendo una tarea de Sísifo. Su herencia se ha dividido en un delta de pequeñas iglesias, todas las cuales se definen como la verdadera. El peronismo es inagotable, porque si uno de ellos fracasa, se levantará otro prometiendo ser el mejor. Quizás ese delta se parezca a Perón mismo: un hombre desgarrado por ideas adversarias que no podía conciliar, y que murió sin conocer la respuesta.




