A 60 años: el ascenso del peronismo
El 24 de febrero de 1946, después de una campaña virulenta, el entonces coronel Juan Domingo Perón obtenía su primer triunfo electoral, una victoria en la que el carisma del nuevo líder fue tan decisivo como las debilidades de la oposición
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Aquel caliente verano de 1946, el primero de la posguerra, cuando la sociedad argentina se precipitaba hacia su hoy longeva partición en dos, pocos creían que el coronel Juan Domingo Perón podía ganar las elecciones presidenciales del 24 de febrero convocadas por el presidente Edelmiro Farell. Aunque por cierto no existían entonces las encuestas, prevalecía en Buenos Aires la idea de que el candidato opositor José Tamborini, de la Unión Democrática, contaba con el favor de la mayoría, si bien había en este flanco, también, un fuerte temor a que el régimen militar de Farrell-Perón persistiera en la costumbre del fraude institucionalizado de los años treinta.
Pero no hubo fraude -fueron las primeras elecciones limpias desde 1928- y ganó el ministro de Guerra, secretario de Trabajo y Previsión y vicepresidente de la dictadura saliente: Perón obtuvo 1.487.886 votos, que por última vez fueron todos masculinos. La Unión Democrática sacó 1.207.080.
Suele proclamar la liturgia peronista, no sin algo de razón, que la historia argentina empezó a cambiar el 17 de octubre de 1945 con la imponente movilización obrera que esa noche logró instalar a Perón en el balcón de la Casa Rosada. Pero la traducción efectiva del nuevo fenómeno político sólo se verificó cuatro meses después, cuando Perón conquistó 280 mil votos más que su oponente. Se cumplen ahora sesenta años -el viernes próximo- del día en que la corriente política que más tiempo gobernó la Argentina, el peronismo, llegó al poder por primera vez.
El propio Perón, caso único en el país y raro en el mundo, ganaría después otras dos presidenciales más, con marcas muy superiores a la original separadas por 27 años la primera de la última (incluidos los 17 años de exilio). Del 52,40% de 1946 pasó al 62,49% en 1951, su mejor elección (también hay que decirlo: organizada en condiciones desiguales para la oposición) y la más contundente de la historia argentina. La de 1973, igualmente extraordinaria, fue apenas menos robusta que la segunda: 61,86%. Promediaba el siglo XX y acababa de implantarse por ley el voto femenino cuando Perón hizo la que sería, quizás, su profecía más increíble: "la primera elección -dijo- la gané con los hombres, la segunda será con las mujeres y la tercera (la ganaré) con los niños".
Sesenta años han pasado entonces de la mítica campaña electoral "Braden o Perón", tal como en febrero de 1946, mientras el mundo barajaba de nuevo, aparecía pintado en incontables paredes de todo el país. Fue la campaña que cristalizó la fatídica antinomia peronismo-antiperonismo. En términos proselitistas, el cariz antiimperialista del eslogan y el endoso de la intromisión diplomática a los opositores soslayados se probó eficaz, aunque justo sería reconocer que ello no sólo se debió a la genialidad de Perón sino a la falta de ella por parte del mayor activista político extranjero de la historia. Perón dijo alguna vez que si Spruille Braden no hubiera existido habría que haberlo inventado.
Antagonistas frente a frente
El ingeniero Braden, prototipo del búfalo en un bazar de porcelana según palabras de Joseph Page, había sido nombrado embajador de Estados Unidos en la Argentina horas después de que, el 9 de abril de 1945, se restablecieran las relaciones entre ambos países. Braden llegó a Buenos Aires convencido de que su misión consistía en destruir al régimen nazi fascista de Farrell y Perón: así consideraba él a la Revolución del 43, en consonancia con amplios sectores norteamericanos. Se enroscó en media docena de discusiones face to face con su antagonista y pronto se inmiscuyó en la arena política doméstica, donde los opositores, de aversión al régimen más añejada, añoraban cohesión y liderazgo. La Unión Democrática fue un rejunte sin igual que quizás marcó hasta nuestros días la dificultad de las fuerzas políticas no peronistas para erigirse en alternativa de poder. Bajo el lema "por la libertad, contra el nazismo", encolumnados tras la fórmula de los radicales antipersonalistas Tamborini y Enrique Mosca estaban los partidos Socialista, Demoprogresista, Comunista, los conservadores, algunos independientes y también la Sociedad Rural y la Unión Industrial, más el apoyo de buena parte de la prensa y, ciertamente, de la embajada norteamericana.
La mitad del país que seguía a Perón también respondía -verdad tautológica- a una configuración inédita. Era un mosaico de generosa laxitud llamado a perdurar (¿hasta hoy?) en el marco del concepto del movimiento y la atmósfera verticalista impuestos por la astucia ilimitada y el alma castrense del líder. Incluía tanto a los ex radicales de la UCR-JR (de allí era el compañero de fórmula, Hortensio Jazmín Quijano) y a los intelectuales radicales procedentes de FORJA como a nacionalistas, conservadores y hasta a los activistas filo-nazis de la Alianza Libertadora Nacionalista. Todos se adosaban al Partido Laborista, de corta vida, presidido por Luis Gay y Cipriano Reyes.
La campaña, no exenta de odios recíprocos, fue considerablemente violenta, con muertos y heridos, abundó en lo que hoy se llamarían operaciones e incluyó actos masivos y glamorosas giras en tren de los candidatos, aunque en rigor el carisma de Perón contribuía a subrayar la opacidad de la fórmula Tamborini-Mosca. Perón acusaba a la Unión Democrática de ser un "contubernio oligárquico-comunista", y ésta veía al líder surgente como un émulo mussoliniano consagrado a la demagogia.
El domingo 24 de febrero de 1946, el coronel Perón tenía 50 años y su flamante segunda esposa, Eva Duarte, primera mujer de un candidato con figuración durante una campaña, 26. Quien sería la tercera esposa del general, heredera de la presidencia al enviudar, la riojana María Estela Martínez, era entonces una adolescente quinceañera de dudosa vocación política, rasgo en el que sería perseverante.
Otros peronismos
Otro riojano que cuatro décadas después también llegaría a presidente por el peronismo (y superaría el récord de días consecutivos en la Casa Rosada del fundador) vivía por entonces en Córdoba: Carlos Menem tenía 25 años y aún no seguía a Perón sino a las pelotas de fútbol y de básquet, con las que, igual que en el box, se destacaba. Eduardo Duhalde, el presidente peronista número seis, difícilmente se acuerde de aquellos comicios fundacionales porque tenía cuatro años. En cuanto a Néstor Kirchner, actual presidente peronista, es el primero que no había nacido cuando el peronismo llegó al poder.
Los dos políticos vigentes más destacados del peronismo histórico, Antonio Cafiero, de 83 años, y Manuel Quindimil, de 82, fueron fiscales generales en la elección del 46. Cafiero -hasta hace dos meses senador nacional bonaerense- representó aquel día a la UCR Junta Renovadora (UCR-JR). Era estudiante de Ciencias Económicas y aún no imaginaba que con apenas 24 años Perón lo convertiría, poco después de asumir, en subsecretario de Hacienda. "En esa época el escrutinio no era como ahora -recuerda- y los primeros resultados se conocieron recién el miércoles, que venían de San Juan, donde aparecía ganando la Unión Democrática, pero luego el peronismo comenzó a aparecer como ganador en todos lados" (en rigor, la Unión Democrática triunfó en Córdoba, Corrientes, San Juan y San Luis). Quindimil fiscalizó los comicios en Lanús para el Partido Laborista. Tenía 23 años, ya había conocido al líder en la Secretaría de Trabajo y Previsión y asegura haber pintado con tiza ("no teníamos plata para comprar cal ni pincel") el eslogan "Braden o Perón".
Tal el clima, el ganador nunca fue felicitado por sus rivales. El 4 de junio (fecha escogida en homenaje al golpe de 1943 que Perón reiteró seis años después) el ganador asumió por primera vez la presidencia, gobernó en forma ininterrumpida hasta ser derrocado en 1955 y marcó la historia a fuego.





