
A diez años del fin de la conscripción
1 minuto de lectura'
Una reciente encuesta en el área metropolitana elaborada por la consultora Carlos Fara & Asociados indagó acerca de la opinión respecto de un eventual retorno al servicio militar obligatorio. El 47% se manifestó en favor de esa iniciativa e igual porcentaje en contra. El informe indica que la propuesta cuenta con mayor apoyo en el Gran Buenos Aires, entre los hombres y entre quienes tienen hijos, al mismo tiempo que la idea recluta más adeptos a medida que baja el nivel socioeconómico y que crece la edad de los entrevistados, en términos generales.
A diez años de haberse derogado la institución del servicio militar obligatorio a partir del tristemente célebre caso en el que falleció el conscripto Carrasco en un cuartel de Neuquén, resulta llamativo el grado de apoyo que recibe la leva obligatoria a las filas de las Fuerzas Armadas. Más allá de la conveniencia o no de retornar a tal práctica, resulta interesante reflexionar sobre las motivaciones de la sociedad en este aspecto.
Mucho se ha hablado en los últimos años de que la raíz de la crisis de la sociedad argentina no es en sí económica, sino sobre todo moral. En ese marco, la mayoría de los argentinos se siente ausente de referentes valorativos en todos los campos. Toda comunidad se construye a partir de líderes que reflejen un proyecto colectivo, de lo cual ha habido una evidente escasez en los últimos años.
Por otro lado, la peor cara de la crisis se palpa en que cerca de la mitad de la población ha quedado bajo la línea de pobreza, con un alto nivel de indigencia que se va paliando lentamente. Los niveles de desocupación y subocupación, más el trabajo en negro, configuran una sociedad desestructurada y fragmentada. Todo esto desemboca, además, en niveles de deserción escolar alarmantes.
Dicho cuadro social está sin duda en la base de una anomia que corroe toda posibilidad de recuperación en el corto plazo. Ya no se trata solamente de que existan suficientes oportunidades laborales, sino de recrear la cultura del trabajo, perdida por un sinfín de errores de política económica. Es en ese marco en donde se ubica cerca de un millón de adolescentes y jóvenes que no trabajan ni estudian en el otrora cordón industrial.
El servicio militar obligatorio fue impuesto hace un siglo precisamente para integrar a una sociedad diversificada, fruto del alud inmigratorio, e igualar ciertas diferencias sociales. De ese modo, se brindaban estándares mínimos de salud e instrucción -la revisación médica era para no pocos jóvenes la primera vez que iban a un médico-, además de capacitación laboral.
Es común escuchar la preocupación de padres y madres ya no sólo por el futuro de sus hijos, sino también por su seguridad, por su falta de apego al trabajo, por su escaso respeto por la autoridad y por un relativismo moral reinante, junto con la amenaza de ciertas prácticas adictivas. Por eso, son interesantes los datos que arroja el estudio mencionado, ya que refleja acertadamente una situación que aflige a muchos adultos con hijos, frente a cierta pérdida de valores por parte de los más jóvenes.
Es lógico también que la opinión favorable al servicio militar se haga más acentuada en los sectores de menores recursos, ya que son ellos quienes más han sufrido la desestructuración social que viene padeciendo la Argentina.
Más allá de las necesidades que marquen las Fuerzas Armadas para el desempeño de su rol como defensoras de la patria, no deja de ser sintomático que casi la mitad de la sociedad reclame una vuelta a una institución que fue repudiada hace diez años como fruto de un hecho desgraciado.
Probablemente no sea oportuno ni conveniente reflotar el debate acerca de un eventual retorno al servicio militar obligatorio. Pero sí resultaría necesario discutir en todos los ámbitos posibles la búsqueda de otras alternativas -como el trabajo solidario, por ejemplo- que permitan la integración social de tantos jóvenes que no estudian ni trabajan y que no pertenecen exclusivamente a las esferas socioeconómicas más bajas.




