¿Y ahora me lo venís a decir?
Es el gran terror de cualquier padre un domingo a las diez de la noche. El día está terminado, todos los negocios cerrados y la semana por delante cuando se asoma a la cocina el hijo en cuestión que avisa: “Mañana tengo que llevar…”. Y ahí, de ese hilo infantil de voz, se abre una caja de Pandora de donde sale absolutamente cualquier cosa que a un docente se le pudo haber ocurrido. Puede ir desde un planisferio a color con relieve hasta un disfraz de San Martín inspirado en la Guerra de las Galaxias; desde una maqueta de Adrogué hasta un trabajo práctico en latín sobre el sistema cardiovascular. La relación es directamente proporcional: el objetivo siempre será lo más lejano posible a sus posibilidades, a su conocimiento en el tema y a sus capacidades para maniobrar con la plastilina, la goma Eva o la abrochadora.
Esta situación de crisis, que debería ser una excepción y hasta una anécdota, se repite desde hace años en todos los hogares de la Argentina y siempre a la misma hora: domingo a las 10 de la noche. Nunca un viernes o un sábado a la mañana, cuando todavía hay margen de ir a una librería, de encontrar una casa de disfraces, de ingeniárselas con una compra veloz por MercadoLibre. No, es el domingo a las diez de la noche. Ni la iglesia está abierta como para ir a pedir piedad (o que Dios envíe un disfraz de tiburón o una maqueta del sistema solar). No, el horario elegido es el domingo a la noche. Incluso afuera está oscuro, como para que no haya ninguna posibilidad de buscar la salvación puertas afuera. La solución está adentro y la desesperación es amiga de la creatividad. Y a no olvidarse de que si usted es padre se recomienda aguantar la furia asesina y pensar que la familia es un regalo de la vida. Y si usted es hijo, bueno, corra por su vida. Será momento de esquivar el chancletazo o, lo que es peor, esa mirada que mezcla ganas de cometer un crimen con decepción, llanto y hartazgo.
Basta de hablar: ha llegado el momento de la verdad y se empiezan a revolver placares, cajas viejas, a ver si todavía queda Plasticola en el mueble de la cocina, si el papel maché no está húmedo, a googlear “cómo se peinaba Juan Manuel de Rosas” y a pedirle a la IA un paso a paso para no perder la calma y contener la ira. Mientras, el reloj corre. Ya no es domingo a la noche: es lunes a la madrugada y el disfraz, la maqueta, las dos docenas de figacitas rellenas de jamón y queso no están ni por la mitad. Pero no hay tiempo para llorar porque las lágrimas podrían caer sobre el modelo a escala del Cabildo y despegar sus partes. No, hay que hacerse fuerte y pensar todo lo que se aprendió en la universidad, en la calle, en los trabajos, en los cursos de liderazgo y escuchando las columnas de Rolón. Hay que ser fuerte. Respirar. Inhalar. Exhalar. Repetir: “Amo a mi familia”. Y en ese torbellino de pensamientos de desesperación, entre el fastidio, el cansancio y los hilos de pegamento de La Gotita llega una revelación…
En la cabeza de ese padre irrumpe un breve recuerdo. Rememora cuando era un niño ―hace ya muchos años, en una época en que no había ni Internet, ni grupo de mamis de WhatsApp ni mucho menos negocios abiertos las 24 horas― y se asomaba a la cocina un domingo a la noche para interrumpir a sus padres, que miraban a Olmedo, a Tato Bores o Fútbol de Primera. Y ahí, en ese recuerdo, aparece el breve pero contundente diálogo que supieron tener, donde con voz de niño se animó a decir: “Para mañana tengo que ir disfrazado de la provincia de Córdoba”. Entonces ahora, en la profundidad de la noche, mientras cose un Sol de Mayo en un gorro frigio, llega un soplo de tranquilidad a su alma y decide que no se enojará con su hijo, porque todos fueron pequeños desmemoriados alguna vez y ¡quién no se olvidó de decir que necesitaba ir disfrazado de empanada de pollo!













