Abrumados por el éxito

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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25 de febrero de 2010  

Cuanta verdad encierra aquello de que en boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso. El Gobierno, a partir de la manipulación del Indec, ha quedado atrapado en su insostenible macaneo y ya no sólo se descree de los índices de inflación, sino de cualquier otro dato que tenga que ver con la economía, la ocupación, la pobreza y hasta la edad de la señora, por más que esté más que comprobado que acaba de cumplir los 57. (Lo que ocurre es que la gestión presidencial es tan agotadora que, al contrario de lo que ocurría en Shangri-la, donde se gozaba de juventud eterna, el sillón de Rivadavia envejece, cuando no semeja el asiento de un caza, del que el tripulante puede ser eyectado en cualquier momento.)

Pero por eso, y debido a la preocupación de la señora por mantener su buen ver muchos años más, cabe congratularse por la incorporación de un nuevo e impensado indicador, destinado a medir la eficacia de su gestión y la de su marido y que, además, no puede ser desmentido por nadie. Días pasados, en uno de esos actos a los que asiste entre una y otra estada en El Calafate, reveló este dato inédito: la villa 31 de Retiro, que en 1995 no era más que un rejunte de ranchitos de lata y cartón, ahora es todo un barrio elegante que se va materialmente para arriba, dada la altura que van alcanzando sus construcciones. Lo que conforma un reflejo de lo positivo de la gestión K para el país en su conjunto, a pesar de lo que digan los odiosos contreras, que nunca dejan de ver el pelo en la leche.

Acaso el único reparo que cabría hacer a esta revelación sea la tardanza en darla a conocer, lo que podría obedecer a su deseo de no andar alardeando de los éxitos logrados. Porque, corroborando sus dichos, bien puede afirmarse, sin un jerónimo de duda, que no sólo "la 31" de Retiro, sino todas las villas que hay en la Capital y en el Gran Buenos Aires hoy rebosan, como nunca antes, de gente viviendo a lo grande en humildes pero acogedores ranchitos de lata o de ladrillo desnudo.

Y no sólo eso: gracias a su política social y a la cada vez más favorable distribución del ingreso, se cuentan de a cientos, si no de a miles, las familias que están viviendo en las calles, en la Recova, en la Plaza del Congreso y hasta en la mismísima Plaza de Mayo, cuya felicidad puede ser advertida sin esfuerzo desde las ventanas de la Rosada y que sólo están esperando que algún día la señora se asome por ellas para aplaudirla a rabiar. Y otra muestra del cambio de expectativas sociales a que se asiste gracias al Gobierno es esta explosión del comercio informal, el que se resuelve extendiendo una mantita en la calle para ofrecer lo mismo el fruto de ingeniosas artesanías criollas que de vivarachas producciones chinas o de prendas usadas, vajilla cascada o saldos de una vida que alguna vez fue mejor.

"Cada vez -dijo, preocupado, el reo de la cortada de San Ignacio- entiendo menos a los piruchos . Porque, si mal no recuerdo, el Pocho a las villas las tapaba con una pared para que nadie las viera, porque le daban vergüenza. En cambio, la Cristina las muestra porque para ella significan que estamos mucho mejor y el país se va para arriba. No -concluyó, muy desanimado-, si lo único que falta es que la próxima vez que se suba a una tribuna, diga que le gustaría ser jubilada con la mínima para pasarla de fiesta en fiesta y no como ahora, que el estrés le arruina el cutis."

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