Adiós a las buenas maneras

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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4 de marzo de 2010  

Reducido a términos tal vez excesivamente simples, el largo discurso con que la señora presidenta abrió las sesiones legislativas de este año habría sido nada más, y nada menos, que una maniobra para distraer a los legisladores mientras a sus espaldas se urdía el más alevoso de los fraudes para conseguir los 6500 millones de dólares del Central, a través de un nuevo decreto de necesidad y urgencia que no habría de pasar por el Congreso.

Un recurso parecido al que, salvadas las distancias, suele ser utilizado por los pungas para desplumar a algún inocente: mientras una muchacha de buen ver lo para en la calle para interesarlo en sus servicios, el punga le limpia los bolsillos y luego ambos, el chorro y la chica escapan dejando a la víctima sin un peso. Y, por añadidura, con la peor sensación: la de haber sido tomado por otario. Lo que no tiene consuelo.

Sin embargo lo acaecido el pasado lunes tiende más a parecerse a un caso de doble engaño: la muchacha está convencida de su papel, porque el que le va a birlar la billetera a la víctima es Robin Hood. En consecuencia todo se hizo según derecho, aunque se tratara del vigente en los bosques de Sherwood.

Abona esta teoría el énfasis puesto por la señora presidenta (a quien indudablemente no le gusta, y así lo hizo saber, que los medios la mencionen simplemente como Cristina), en señalar todos los éxitos, económicos y sociales, que ha deparado al pueblo su gestión y la de su marido. Indudablemente con menos que eso el conde Drácula hubiera podido gobernar Transilvania sin necesidad de andar empalando gente.

Ahora bien, cómo hacerle entender, a quien aparentemente cree en ese macaneo a pies juntillas, que la oposición, y especialmente los medios, puedan ver las cosas de otra manera y que esa sea la verdadera causa por la que les fue tan mal en junio pasado y se presentan tan fieras las elecciones del año que viene. Muy por el contrario, quien tiene el firme convencimiento de que hasta los jubilados tiran manteca al techo, que los argentinos se quejan de llenos y que chorros y asesinos han sido apartados del mal para convertirse en piqueteros mensualizados, no puede actuar sino como lo ha hecho el lunes último.

Es decir, cualquier persona sensata que comparase los supuestos aciertos de su gestión con su fracaso político tal vez se dirigiría a su marido para pedirle explicaciones y, eventualmente, apartarlo del lecho matrimonial. Y haría también un purga violenta en su gente de prensa, en el canal oficial y en todos los medios que le responden, ya que indudablemente le insumen fortunas y no le sirven para nada.

Pero hay muy pocas esperanzas de que ello ocurra. Hace rato que la política argentina no sólo anda huérfana de ideas, sino que parece haber sido abandona definitivamente por la sensatez y el sentido común.

Alguien que se encontró al reo de la cortada de San Ignacio el lunes pasado, deambulando por una calle del barrio, le preguntó qué le ocurría. "Nada -respondió el reo, con temor en la mirada-, es que acabo de escuchar a la Cristina". "¿Y, qué le pareció?" "¿Qué me pareció? ¡Que estamos perdidos, maestro!" Y se metió en el Margot decidido a ahogar en grapa sus feos presentimientos.

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