
Adiós a un creador
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Cuando era niño, en los años 70, daba gracias todas las tardes por la existencia de la señorita Hanna Barbera: además de mujer, la imaginaba como una especie de ángel. Sus series de dibujos animados hacían que mi vida fuera mejor. Mucho mejor.
Hasta tiempo más tarde no supe, mucho después sin duda de que me enterara de que los Reyes Magos eran los padres, que en realidad Hanna y Barbera eran dos señores mayores: William Hanna y Joseph Barbera. Se habían conocido en los años 30 trabajando para la Metro, en su huida del Crack del 29, y enseguida consiguieron grandes éxitos con sus animaciones para el cine: siete Oscar por "Tom & Jerry". Pero fue la televisión la que los convirtió, más tarde, en grandes estrellas de la animación: más del 70 por ciento de la producción de la época pasaba por sus cabezas, llenas de personajes maravillosos y de ideas alocadas, y por sus lápices, de cierta simplicidad pero incontestable eficacia. Los niños disfrutábamos sus series con la boca abierta. Y eso que las veíamos en blanco y negro cuando rebosaban de colorido pop.
A mí me gustaban mucho "Los autos locos" y me intrigaba la estrategia de Pierre Nodoyuna: iba siempre primero, con mucha ventaja, y se detenía para entorpecer la carrera de los que iban detrás de él. Me gustaban mucho "Los Picapiedra", sin duda su serie más influyente. Me divertían, cuando los programaban, que no era muy a menudo, "Los Supersónicos", con un futuro luminoso, opuesto al de la ciencia ficción al uso, completamente negro. Me divertía "El Oso Yogui", e imitar las voces de Yogui y Bubu sigue siendo una de las gansadas que todavía hace reír en días como estos a los casi cuarentones de mi generación. Me divertía "Gorila Maguila", con esa extraña relación entre el gorila con sombrero y tirantes y su propietario, dueño de una tienda de animales. También me divertían, aunque menos, el "Lagarto Juancho", la "Hormiga Atómica"...
William Hanna (1910-2001) se dedicaba a la organización, a la parte más industrial, y Joseph Barbera (1911-18/12/2006) se encargaba de los bocetos y de los storyboards , la parte más creativa. Funcionaron durante muchísimo tiempo, y hasta que vendieron su compañía, como una máquina perfectamente engrasada.
Así lo cuenta Joseph Barbera en sus memorias, en las que también habla de la pérdida de la "parte humana" en la producción de dibujos animados. Con cierta melancolía, claro está, por la invasión de producciones japonesas, pero también, sin duda, por la desaparición de ciertos valores que fueron muy importantes en las series que habían creado: la amistad invencible, la alegría de vivir, la fidelidad, la honradez, la bondad, la generosidad, el trabajo, el medio ambiente...
Sólo ahora, cuando ya esos dos genios han desaparecido, pienso que muchas de las parejas famosísimas, y extrañas, que Hanna y Barbera crearon (como Tom y Jerry; como Pedro Picapiedra y Pablo Mármol, como Yogui y Bubu, como Maguila y el señor Peebles, e incluso Pierre Nodoyuna y su inseparable perro Patán) no eran más que pura autobiografía, en la que abundarían los chistes privados, variaciones animadas sobre su propia condición de extraña pareja.
Con la cantidad de gente que queda en el mundo para hacernos sufrir es una verdadera catástrofe que desaparezca uno de los que más nos hizo reír y darnos cuenta de que la vida merece ser vivida, con pasión. ¡Yabadabadoo!, Joseph.



