
Africa:crímenes y dictaduras
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LONDRES (The Economist).- Africa empieza a tomar en serio los crímenes de sus dictadores depuestos. El 3 de febrero, un tribunal senegalés acusó a Hisséne Habré, ex dictador de Chad de haber cometido "actos de tortura y barbarie". Habré gobernó su país desde 1982 hasta 1990, año en que huyó a Senegal. Desde entonces, vivió cómodamente en un suburbio elegante de Dakar. Ahora está procesado y bajo arresto domiciliario.
Durante la guerra civil de Chad, los Estados Unidos y Francia lo apoyaron con dinero y armas, mientras Libia hacía otro tanto con su rival. Habré expulsó a los libios del norte de Chad, pero también usó el armamento recibido contra grupos étnicos opositores. Una comisión investigadora, establecida por el actual gobierno de Chad, lo acusó de 40.000 asesinatos políticos y 200.000 casos de tortura. Días atrás, varias entidades defensoras de los derechos humanos presentaron ante el juez Demba Kandji, de Dakar, documentos que mencionan 97 asesinatos políticos, 142 casos de tortura y 100 desapariciones. Hoy celebran jubilosamente el procesamiento del "Pinochet africano", como han dado en llamarle.
Senegal es una de las primeras naciones que se amparan en los acuerdos internacionales que permiten juzgar crímenes de lesa humanidad fuera del país en que se cometieron. También posee el récord admirable de haber sido, en 1999, la primera nación del mundo que ratificó la creación del Tribunal Penal Internacional. No obstante, el caso Habré presenta connotaciones espinosas.
Por empezar, infringe las reglas de etiqueta africanas. Desde que Habré llegó al país, en un avión oficial de Chad y con 12 millones de dólares en sus valijas, el gobierno senegalés le permitió residir en su territorio. Habría sido más fácil repatriarlo, pero se corría el riesgo de que sus compatriotas lo ejecutaran. Por otro lado, pese a sus reiteradas protestas, Chad nunca pidió oficialmente su extradición, tal vez por que Idriss Déby, vencedor y sucesor de Habré, fue comandante en jefe de su Ejército y, como tal, responsable del cumplimiento de sus órdenes.
Otros carniceros
Quizá resulte más difícil arrancar de su exilio a otros carniceros africanos. El ugandés Idi Amin reside en Jeddah, bien protegido por los sauditas, quienes no se muestran muy dispuestos que digamos a ratificar acuerdos sobre derechos humanos. El etíope Mengistu Haile Mariam está en Zimbabwe, bajo el amparo agradecido de su presidente, Robert Mugabe, al que Mengistu envió armas cuando luchaba por la independencia de su país. Recuerdos similares paralizaron al gobierno sudafricano posterior al apartheid durante la reciente visita de Mengistu para someterse a tratamiento médico. Milton Obote, otro ex dictador de Uganda, cuyo segundo período (1980-1985) fue aún más sangriento que el de Idi Amin, vive en Zambia.
Con todo, la política más segura para los dictadores africanos temerosos de que los obliguen a responder por sus fechorías es reencarnarse como presidentes elegidos democráticamente en comicios bien manipulados. Prueba de ello son Jerry Rawlings, de Ghana; Mathieu Kérékou, de Benín; Yahya Jammeh, de Gambia, y Gnassingbé Eyadéma, de Togo. La lista es larga...
Traducción de Zoraida J. Valcárcel




