
¿Agoniza el mito de la riqueza argentina?
"Rico como un argentino", decían en París allá por los años veinte. Tenían razón. La Argentina de las primeras décadas del siglo XX estaba entre las naciones más ricas del mundo. En 1908 figuraba séptima por su producto por habitante, detrás de Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, el Reino Unido, Suiza y Bélgica, pero delante de Holanda, Alemania, Dinamarca, Canadá, Austria, Francia, Suecia y, de lejos, Italia y España. Todavía en 1928, al finalizar una década de gran crecimiento en Europa y en la propia Argentina, nuestro país figuraba en el duodécimo lugar. Lo habían pasado por muy poco Holanda, Canadá, Dinamarca, Francia y Alemania, pero 15 países a los que hoy llamamos desarrollados, entre ellos Japón, seguían detrás de él.
Si la Argentina continuara hoy en el puesto duodécimo de 1928, tendría un producto de 26.000 dólares anuales por habitante como Holanda, que la ha reemplazado en esa posición. Pero ocupa el puesto 30 y su producto es inferior a 8.000 dólares por habitante. De ser uno de los países más ricos del mundo desarrollado se ha convertido en uno de los países menos pobres del mundo subdesarrollado.
"Rico como un argentino": en esta frase que antes expresaba una realidad, hoy resuena una nostalgia. Pero el hábito de creerse rico no muere fácilmente. Cuando viajé por primera vez al Japón me sorprendió que los ahorrativos japoneses seguían actuando como si fueran pobres cuando ya eran ricos. A la inversa del Japón, nosotros seguíamos actuando como si fuéramos ricos cuando ya éramos pobres.
Pero el mito de la Argentina rica, ¿continúa todavía entre nosotros? Quizás esté agonizando. Esta agonía, si se comprueba, es nuestra máxima esperanza.
La vieja riqueza
Al menos hasta hace muy poco, el mito de la riqueza argentina fue compartido por todas las clases sociales. Lo albergó la vieja clase alta agropecuaria, embriagada por sus fértiles campos. Ante el imponente espectáculo de los ganados y las mieses, ¿le era posible acaso imaginar lo contrario? Lo acarició la nueva clase alta industrial en medio de su expansión protegida. Lo albergó la clase media de "mi hijo el doctor", dueña de las universidades y las profesiones, situada en un nivel inalcanzable para el resto de América latina. Lo acogió la clase obrera resguardada por sus poderosos sindicatos y mimada por los políticos. Y si un número creciente de argentinos corría el riesgo de quedarse sin un trabajo productivo, allí estaba el Estado generoso para brindarles el seguro refugio del puesto público.
Por eso lo que más aflige a los productores rurales fundidos, a los industriales quebrados, a la clase media que se desvanece, a los profesionales, obreros y empleados sin trabajo y a los propios políticos, sitiados por el reclamo general de que bajen el costo de su cuestionada profesión, no es la declinación objetiva de sus posibilidades sino la perplejidad subjetiva que los acomete al ver que la pobreza los golpea o los rodea en un país supuestamente rico.
Recuerdo haber escrito hasta hace poco, cuando la evidencia de la pobreza ya era innegable, que la Argentina es un país rico con millones de pobres adentro. Este era el escándalo que ningún argentino se resignaba a aceptar.
De aquí nació una sospecha que nos ganó prontamente. Si el nuestro era un país rico donde crecía impetuosamente la pobreza, ¿cómo no buscarle culpables a esta monumental contradicción? Este país rico sólo podía estar generando pobreza porque era un país saqueado por los privilegios y la corrupción. Sólo así podía explicarse el contraste de otra manera insoportable entre la riqueza imaginada y la pobreza real.
Que el nuestro ha sido un país azotado por los privilegios y la corrupción, ¿quién podría negarlo? Pero esta comprobación, ¿permite afirmar sin más que somos un país rico saqueado por los inmorales? ¿No será al revés? ¿No será que hemos pasado a ser un país pobre al que los privilegios y la corrupción ahora lo irritan más que antes porque han dejado de ser económicamente sustentables?
La nueva pobreza
La Argentina fue y creyó ser un país rico mientras prevaleció el concepto de que la riqueza depende de las ventajas comparativas de las naciones. El de las "ventajas comparativas" es un criterio en última instancia físico. La Argentina de la pampa húmeda era y se creía rica. ¿Dónde podía encontrarse en el mundo una llanura de comparable fertilidad?
Podría sostenerse con razón que luego todos los demás, desde la industria hasta las ciudades, desde el Estado hasta la corrupción, ordeñaron sin piedad el país de los ganados y las mieses. Si el criterio de la riqueza hubiera continuado siendo el de las ventajas comparativas, la Argentina sería aún hoy un país rico explotado por innumerables apetitos improductivos. Pero algo revolucionario ha ocurrido en el mundo actual: la riqueza ha dejado de ser lo que era.
La idea de las ventajas comparativas se apoya en una definición de la riqueza según la cual ella es, por lo pronto, lo que está : la tierra, los edificios, las máquinas, las cuentas bancarias. Desgraciadamente para la Argentina que se va, en el mundo ha irrumpido una nueva definición de la riqueza según la cual ella es, por lo pronto, lo que no está : la innovación tecnológica y empresaria, la búsqueda de nuevos mercados, la competitividad.
Para dar un ejemplo: no es rico en materia de computadoras el que las posee en cantidad sino quien está diseñando la nueva computadora que aún no está porque, cuando ella aparezca, convertirá en chatarra a las demás.
Hay, en suma, dos tipos de riqueza. Una de ellas, la riqueza actual, es el inventario de todo lo que está. La otra, potencial, es la generación de la riqueza que todavía no está. Quizás el que posee la primera "todavía" es rico pero va camino de la pobreza, en tanto que el que despliega la segunda quizás es todavía pobre pero va camino de la riqueza.
Mientras continuaba siendo rica según la riqueza que está, la Argentina iba camino de la pobreza porque era cada día menos competitiva en el concierto mundial. Hoy, nuestro país ocupa uno de los últimos lugares en las estadísticas de competitividad. Por un largo tiempo fue actualmente rica y potencialmente pobre. Hoy es actualmente pobre y potencialmente más pobre todavía. Si no se convierte en una nación competitiva por medio de una profunda revolución económica y mental, descenderá cada año por la escala del producto por habitante. Cuesta abajo, todavía está arriba en cuanto a la riqueza que está de otros países que ya han resuelto ser competitivos, como México y Chile. Por poco tiempo. Los ricos potenciales serán los ricos del futuro. Los ricos actuales serán los pobres del futuro. Ese futuro nos está alcanzando.
Por eso decíamos que, si se comprueba que el mito de la riqueza argentina está agonizando, en esa agonía reside nuestra esperanza. Como a toda familia venida a menos, a nuestro país lo cegó por décadas el resplandor de lo que fue aunque cada día vendiera alguna de las joyas de la abuela. Pero su problema no es que casi no tiene objetos para vender. Su problema está en la obstinada persistencia de una fantasía. El día en que termine de asumir su realidad, el día en que reconozca de una vez la situación a la que ha llegado, ese día despertará.





