Akihito en la Argentina
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La visita de los emperadores del Japón a nuestro país -que ya conocieron tres décadas atrás, cuando llegaron como herederos del trono imperial- proporciona una buena oportunidad para repensar no sólo los notables cambios que ambos países han registrado en este lapso sino también la evolución reciente de las relaciones internacionales, impregnadas ahora por criterios de globalización y cooperación notoriamente positivos.
La honrosa visita de Akihito y Michiko viene, ante todo, a consolidar relaciones estrechas y cordiales que datan de hace casi un siglo y se ratifican cotidianamente con la presencia en nuestro medio de una laboriosa y homogénea colectividad japonesa, a la que no poco se le debe en materia de trabajo fecundo y de estrecha cooperación en iniciativas que contribuyen al desarrollo argentino. Esa participación ha ido cambiando con el tiempo y se refleja actualmente en una consistente corriente comercial y de inversiones en proyectos industriales.
No hay que olvidar, por otra parte, el fundamental sentido religioso que en el orden de las instituciones niponas tiene la figura del mikado, por completo apartada de los ajetreos de la gestión política pero profundamente significativa a la luz de los valores tradicionales en que se asientan el espíritu del Japón, y su cohesión social.
Akihito y la emperatriz Michiko vienen en simple misión de amistad y para acercarse a las comunidades de su origen establecidas en esta región del planeta. Pero es imposible no reparar en ciertas inevitables connotaciones de eventual sesgo político-económico que se hacen presentes en su viaje, y que difícilmente se pueda creer casuales en un ámbito tan estrictamente protocolar como el de la corona japonesa: la visita, por ejemplo, abarca sólo dos países del área: el nuestro y Brasil, en los que no sólo se hallan las dos más numerosas colectividades niponas de la región sino que, a la vez, constituyen el eje vertebral del Mercosur.
No parece entonces arbitrario interpretar que los sectores predominantes de la economía japonesa -en general, vinculados con la casa imperial por lazos que se remontan a la etapa feudal- han visualizado esta parte del mundo como un medio conveniente para desarrollar políticas de expansión económica y empresarial, con el impulso de circunstancias favorables que inducen a suponer que su aporte será recibido con satisfacción y fecundamente aprovechado, tanto por la especial coyuntura productiva que caracteriza al área como por la excelente y ya añosa inserción japonesa en ambas sociedades.
Ciertamente, en ese terreno Brasil le lleva la delantera a la Argentina, tanto por la dimensión de la colonia nipona radicada allí como por la magnitud del intercambio comercial entre los dos países y de las inversiones japonesas en la economía brasileña. No obstante, aunque más reducidas, las relaciones de nuestro país con Japón distan de ser desdeñables y ofrecen, a no dudarlo, promisorios signos de que pueden ser acrecentadas sensiblemente. Así, la llegada de Akihito se produce a tres años de la mayor y más ambiciosa inversión de ese origen en la Argentina, con la instalación de la terminal automotriz de Toyota, una operación que es cabal muestra del interés nipón por insertarse en el mercado de nuestro país, como parte de un desembarco estratégico en estas tierras de las antípodas, para acceder al Mercosur.
Hay que destacar, en suma, la amplitud de los buenos vínculos establecidos entre Japón y la Argentina, que abarcan desde importantes actividades comerciales y empresariales hasta un estrecho contacto en cuestiones científicas, artísticas y deportivas, que no son ajenas a la presencia del emperador en Buenos Aires.



