
Al estilo Giuliani
En casi cinco años el alcalde republicano logró reducir a la mitad el índice de criminalidad, aumentar el turismo y devolver a Times Square el brillo perdido. Su cruzada contra la industria del sexo ha sido el arma más eficaz ante la opinión pública, que él maneja con destreza. ¿Obstáculos en una hipotética carrera presidencial? Su temperamento explosivo y su facilidad para cosechar enemigos.
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NUEVA YORK .- RUDOLPH GIULIANI se ha echado al hombro la ciudad más poderosa y díscola del planeta, y camina con Nueva York sobre sus espaldas como si llevara una leve mochilita escolar, refunfuñando a cada paso con la seguridad de quien está convencido de que nadie sabe hacer las cosas mejor que él.
Probablemente tenga razón, ya que logró estampar su sello inconfundible de energía sobre la ciudad más vibrante del planeta. En casi cinco años como alcalde logró reducir los índices de criminalidad a la mitad (N.Y. es hoy el área metropolitana más segura de los Estados Unidos), consiguió que los hoteles estén llenos pese a precios que no paran de subir, puso a los beneficiarios de la asistencia social a trabajar en la limpieza de calles y parques y, en una transformación casi milagrosa, está devolviendo a Times Square un brillo que eclipsa el de sus mejores épocas.
No cabe duda de que en su batería de municiones contra los aspectos más indomables y controvertidos de la Gran Manzana, el furioso ataque del alcalde a la industria del sexo es una más de las principales herramientas de imagen frente a la opinión pública, que él maneja con singular presteza.
El código de edificación establece que las construcciones nuevas -que son muchas- deben tener enormes carteles luminosos, y lo que era una zona de luces rojas y malevaje va gradualmente adquiriendo un aire de parque de diversiones para toda la familia, tal cual ha sucedido en Las Vegas.
La verdadera historia nos cuenta que las grandes corporaciones de la industria del entretenimiento, encabezadas por Disney, invirtieron cientos de millones de dólares para rehabilitar el área de Times Square, lógicamente con la certeza de que eso les devolvería muchos millones más en lucro. Consecuente con su decisión de revertir el decaimiento económico de la ciudad, Giuliani ha concedido a esas empresas generosísimas dádivas fiscales. Y la promesa que hizo de concentrarse en imponer el estricto cumplimiento de las leyes es flexibilizada sin pudor cuando le llega al alcalde la hora de conversar con los grandes empresarios, un beneficio que no alcanza a los ciudadanos comunes ¿Cómo justificar, si no, los fastuosos desfiles para el lanzamiento de Hércules y del Rey León por las calles de la ciudad, que causaron embotellamientos colosales? Cuando a Times Square le llegó la hora de la limpieza era obvio que la familia tipo no podría disfrutar de los grandes shows de Disney si voluptuosas mujeres sin ropa eran vecinas de la esbelta Pocahontas.
Origen de brillo sin flores
Times Square y su zona lindera se extienden hacia el oeste del centro geográfico de Manhattan. Generalmente la palabra square indica la presencia de una plaza, pero en este caso se refiere al denso cruce de las avenidas Broadway y Séptima con la calle 42, donde la intensidad del tráfico de vehículos y personas torna imposible la supervivencia de plantas o flores. A su alrededor fueron creciendo, a comienzos de siglo, los grandes teatros que definieron a Broadway como la meca universal de la comedia musical, y las enormes salas en las que se disfrutaba de esa invención reciente y espectacular: el cine.
Fue en Times Square donde los neoyorquinos festejaron el final de la Segunda Guerra Mundial, estampándose aquellos besos que quedaron congelados en fotografías de felices marineros y chicas con vestidos de falda tableada. Con la llegada del neón como medio publicitario, la noche de Times Square se transformó en un día permanente y multicolor. El futuro parecía eternamente asegurado. Sin embargo, todo cambia.
A partir de la expansión suburbana que se aceleró furiosamente en la década del sesenta, muchos centros de ciudades de los Estados Unidos perdieron su energía vital, y fueron invadidos por la miseria material y de la otra, aquella que conlleva adicciones, vicios y desamparo. Con la excepción de los teatros ubicados al norte de la calle 43, el vodevil de Times Square dejó su lugar a los sex-shops ; los vendedores ambulantes a los traficantes callejeros de drogas; los cines donde Clark Gable rompía corazones comenzaron a pasar películas porno, y el aroma del perfume francés fue reemplazado por el vaho del orín y los homeless . Para colmo de males, una enorme terminal de ómnibus se construyó sobre la calle 42, y las más dramáticas expresiones del abandono humano encontraron refugio en los pasillos y túneles que la conectaban con el laberíntico sistema de trenes subterráneos de Nueva York.
Hace apenas diez años, por imperio de la rutina laboral, quien escribe estas líneas debía pasar todas las mañanas tempranito por la terminal de Port Authority. Con la sabiduría que se gana a fuerza de repetir lo mismo cientos de veces, aprendí en qué lugares podía respirar, y en cuáles debía acelerar el paso sin mirar a los costados, y sin abrir la boca ni dejar que el aire invadiera mis narinas. Los hoteles glamorosos de Times Square ya eran entonces utilizados por el gobierno de la ciudad para alojar en mínimos cubículos a drogadictos, prostitutas, enfermos mentales y parias varios del capitalismo. Los baldíos, convertidos en playas de estacionamiento ultraeconómicas, se multiplicaban a medida que caían edificios derruidos. El futuro parecía irremediablemente inviable.
Las cosas tomaron un cariz desesperante cuando el boom inmobiliario se vino a pique junto con la Bolsa, hacia fines de 1987. El cancherísimo alcalde de Nueva York de toda esa década, Ed Koch, un solterón que conseguía poner al mal tiempo buena cara, perdió las siguientes elecciones internas del Partido Demócrata y fue reemplazado por el primer intendente negro de la ciudad, David Dinkins.
Meses después, Dinkins vencía en elecciones reñidísimas a un joven e impetuoso ex fiscal federal, que tenía como principal estigma el ser republicano en una ciudad que es tan demócrata como Buenos Aires lo es de húmeda. Cuando, tres años después, le llegó el turno de la revancha electoral, Rudolph W. Giuliani se deshizo de un Dinkins debilitado por sus propias vacilaciones al frente del gobierno, y Nueva York entró de lleno en la era Rudy.
El discurso de asunción de Giuliani como alcalde, en un muy frío y ventoso 2 de enero de 1994, incluyó frases como: "Nueva York está a punto de sufrir cambios radicales", y: "Mi prioridad va a ser imponer el estricto cumplimiento de las leyes".
Mientras Giuliani hablaba recordando a la aterida concurrencia su condición de nieto de inmigrantes, su propio hijo hacía morisquetas detrás del podio, para regocijo de los presentes y ante la sonrisa tolerante del nuevo alcalde. Quizás haya sido ésa la última vez que Giuliani aceptó con ligereza un acto de insubordinación.
Hostilidad
El estilo impetuoso, altanero y poco respetuoso de la oposición le genera a Giuliani nuevos enemigos a cada paso. Ya tuvo conflictos serios con los vendedores ambulantes, la policía, los maestros, las organizaciones de derechos humanos, los peatones, los taxistas y, ahora, con los dueños de los sex-shops que Rudy ha decidido confinar a las zonas menos atractivas de la ciudad, porque no puede cerrarlos del todo.
Pero los Estados Unidos en general, y Nueva York en particular, no son territorios factibles de ser manejados por decreto. Los balances y garantías establecidos por la Constitución son celosamente defendidos por todos los sectores sociales, y cuando los abogados de los sex-shops se enteraron de lo riguroso de las nuevas ordenanzas municipales, pusieron el grito en el cielo y los juicios en las cortes, clamando por la violación flagrante de la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que garantiza la libertad de expresión a raja tabla.
Sin embargo, este conflicto, que sólo ahora sale a la luz de la prensa internacional, comenzó hace más de tres años. Lo que sucede en estas semanas es que se han ido agotando las instancias legales (incluida la Corte Suprema) y, una vez más, Rudy lleva las de ganar y, además, se asegura de que la victoria reciba la mayor difusión posible.
Tal es la fama que tiene Giuliani de que quiere aparecer como autor de todo lo bueno que pueda suceder en Nueva York, que una reciente campaña publicitaria mostraba la foto de un bello atardecer recortado por los rascacielos de la ciudad, con un texto que decía simplemente: "Una de las pocas cosas que Rudy no se atribuyó como logro propio". Enfurecido, el alcalde hizo juicio para que sacaran los carteles. Y perdió.
Ultimos y risueños combates
Las más recientes batallas de esta larga guerra contra el comercio de objetos pornográficos han deparado momentos por demás risueños. Compelidos por una norma que dice que son sex-shops aquellos negocios que tienen material para el entretenimiento de adultos en más del cuarenta por ciento de su superficie (imponer restricciones mayores hubiera sido inconstitucional, por aquello de la libertad de expresión), los videos picantes se han transformado en dibujitos animados, los accesorios para actividades íntimas cedieron su lugar en la vidriera a las valijas, y las remeras que dicen "I love New York" se apilan en los estantes que antes albergaban revistas con explícitas fotos de las más variadas combinaciones carnales. Las ondulantes señoritas que antes bailaban desnudas, intentan ahora descubrir cuál es el límite preciso entre la desnudez y la poca ropa. Como era de esperarse, detrás de endebles biombos o cortinitas, el reino del pecado continúa con su actividad, inmutable, en el cuarenta por ciento del espacio que la nueva ley le permite ocupar.
Mientras su alcalde medita sobre el próximo paso a dar, la babélica Nueva York sigue avanzando impetuosamente en un nuevo renacimiento, dentro del cual no hay cabida para el consumo masivo y obvio de objetos o servicios claramente sexuales. Las tradiciones -ya sean buenas o malas- van cayendo una a una, víctimas de un mundo que se encoje cada día.
Como en Buenos Aires, los pequeños comerciantes son reemplazados a paso acelerado por cadenas gigantescas y de alcance mundial. También como en Buenos Aires, el comercio sexual sigue y seguirá desarrollándose al ritmo de los más básicos instintos humanos, que son eternos e incurables. Hace pocas semanas se "descubrió" un prostíbulo cuyos principales clientes no eran otros que los hidalgos oficiales de la comisaría vecina, no lejos de Times Square, quienes recibían favores sexuales a cambio de hacer la vista gorda.
La fachada cambiará, y será para beneficio de la mayoría, pero más allá de formas y apariencias, Nueva York seguirá ofreciendo de todo para todos. No en vano se dice "más viejo que la pasión". Contra eso, no hay Rudy Giuliani que valga.
Por Gustavo Szulansky
De Mussolini a rubia platino
NUEVA YORK.- RUDOLPH W. GIULIANI nació en Brooklyn, en 1939. Hijo de una familia de trabajadores, recibió una educación católica tradicional. En 1968 se graduó de abogado y, con apenas 29 años, fue nombrado jefe de la unidad de narcóticos de la oficina del fiscal federal en Nueva York. En 1983 se hizo cargo de la Fiscalía, lo que lo catapultó a la fama, basada en su reputación de inflexible. Es un firme defensor del derecho al aborto y enemigo de la discriminación contra gays y lesbianas, lo que lo convierte en un republicano atípico.
Reconocido workaholic (adicto al trabajo), Giuliani inspira terror en sus subordinados, quienes deben estar a su disposición las 24 horas.
A raíz de su ofensiva contra los sex-shops, clubes "para ejecutivos" y teatros en los que el texto de la obra era de importancia infinitamente menor que el desarrollo físico de los actores y actrices, Rudy Giuliani recibió, inmutable, todo tipo y tenor de críticas.
Desde compararlo con Mussolini a sugerir que el ensañamiento contra la desnudez tiene que ver con problemas sexuales del propio alcalde, vastos y variados grupos opuestos a la cruzada moralista han hecho oír sus voces.
Ni la intimidad familiar de los Giuliani quedó a salvo. Tal vez como un símbolo de su fortaleza personal y política, Rudy ha conseguido salir indemne de los insistentes rumores que lo vinculaban sentimentalmente con su joven jefa de prensa, en claro contraste con los sucesos de los últimos meses en Washington.
Tal es el nivel de éxito de Giuliani (que en noviembre del año pasado consiguió ser reelegido con comodidad), que la pregunta que hoy circula en los corrillos políticos es: "¿What´s next?", cuál será el próximo objetivo en la carrera del alcalde, para quien la re-reelección está prohibida por ley.
¿El mayor obstáculo entre Rudy Giuliani y posibles aspiraciones presidenciales? Su temperamento explosivo y su facilidad para cosechar enemistades.
Vicios privados en Buenos Aires
LA Legislatura porteña dio por terminada la discusión sobre el Código de Convivencia Urbana, pero por el carril derecho de algunas calles de Palermo Viejo siguen circulando coches en busca de travestis. Patrulleros policiales rondan la zona, los vecinos continúan protestando aunque ya no aparecen en los medios, mientras la oferta satisface la demanda en esa plaza del mercado de la prostitución. Sin embargo, todavía no se ha escuchado prácticamente la voz de los urbanistas sobre cómo resolver este problema de la ciudad.
"He visto zonas rojas en Amsterdam y en Londres, pero ubicadas en lugares de poco tránsito y donde la gente va deliberadamente en busca de esa oferta", explica Alfonso Corona Martínez, profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Belgrano.
El Red Light District de Amsterdam (el nombre recuerda los faroles rojos que antiguamente estaban colgados en las puertas de los burdeles) consiste en peatonales con negocios en cuyas vidrieras se exhiben las prostitutas en ropa interior. Cuando los "clientes" ingresan en los locales, se bajan las persianas. Pero las "calles rojas" de la ciudad holandesa se han convertido en un atractivo turístico y por allí pueden verse a numerosos visitantes japoneses sacando fotos y paseando con sus hijos pequeños.
En tanto, la zona roja de Londres está ubicada en el Soho, en callejuelas que dan la espalda a los teatros.
El presidente de la Sociedad Central de Arquitectos (SCA), Jorge Keselman, cree que lo principal es que las autoridades establezcan normas de convivencia cívica: "En algunas ciudades se aceptó esta realidad y dictaron normas de conducta. No crearon zonas rojas por ley, aunque existen". Keselman dio como ejemplo la ciudad portuaria de Hamburgo: allí hay un barrio, St. Pauli, en el que se concentran los burdeles y los espectáculos pornográficos. Todos estos locales deben cumplir con ciertas pautas de higiene, salud y buena conducta.
Para Keselman, el problema puede tener dos soluciones que dependen de la cultura de cada sociedad: zonas rojas ubicadas en barrios deprimidos, sin tantas viviendas y con poca circulación vehicular, o la prohibición de la prostitución callejera, de modo que no provoque "un espectáculo desagradable y un atropello a las costumbres y al derecho del otro". El presidente de la SCA también destaca el impacto negativo que las calles rojas ocasionan en el tránsito. "Creo que para la cultura porteña, lo mejor sería que la prostitución tuviera lugares cerrados", opina Keselman, y recuerda: "Hasta los años cuarenta, cuando todavía muchos inmigrantes ingresaban por el puerto, la ciudad tenía una zona roja en el bajo de Buenos Aires, en las calles San Martín, Reconquista, 25 de Mayo y Leandro N. Alem. Pero esa cultura de burdeles, cafetines y coperas se perdió, y no conviene volver a ese pasado".
La urbanista Odilia Suárez, profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires, coincide con Keselman: "Cada ciudad soluciona sus problemas a su manera, pero creo que no debe haber exhibiciones en la calle en pos de la convivencia".
Corona Martínez comenta otra salida al problema de la prostitución callejera: en ciudades como Roma, la zona roja se localiza en parques y accesos a la metrópoli, adonde los "clientes" llegan en automóviles.
"Estas zonas rojas no son creadas deliberadamente sino que la oferta se ubica en parques para evitar conflictos con los vecinos. La autoridad lo permite mientras no se generen situaciones escandalosas. Si admitimos que la actividad existe, ésta sería una buena solución", dice Corona Martínez.





