
Alerta rojo para el sexo en China
Por Michael Sheridan
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HONG KONG (The Sunday Times) EN una sociedad que en otro tiempo valoró la pureza revolucionaria por sobre el placer decadente, el producto más excitante disponible en el mercado solía ser una edición de las obras completas del presidente Mao encuadernada en rojo rabioso. Hoy, la revolución social ha traído tal cantidad de sex shops a las calles de China, que algunos funcionarios ya han solicitado que se tomen medidas enérgicas contra ese comercio.
Tanto en las grandes ciudades como en los municipios rurales han brotado locales de venta de ropa interior vaporosa, juguetes eróticos, afrodisíacos y material francamente "didáctico" para abastecer a un mercado de 1200 millones de clientes potenciales.
Como parte de una estrategia, alentada por el gobierno, para contrarrestar la alarmante liberación sexual, los medios (sometidos al control estatal) han destacado la preocupación de "expertos en medicina" que ya habrían advertido a la cúpula del Partido Comunista respecto a la necesidad imperiosa de una "orientación adecuada".
Las autoridades empiezan a reconocer que la mayor libertad económica, la amplia disponibilidad de anticonceptivos, la accesibilidad del aborto y cierta lenificación de las antiguas restricciones al desplazamiento de las personas han creado un nuevo panorama sexual.
Hipocresía milenaria
En la milenaria China imperial, la gazmoñería de las normas de conducta pública contrastaba con la floreciente cultura erótica de su elite y la presencia de burdeles en todas las ciudades. Cuando los comunistas tomaron el poder, en 1949, Mao erradicó casi por completo la prostitución, impuso una rígida "ética revolucionaria" e intentó regular la vida privada de la gente.
Ahora se diría que los chinos están recuperando el tiempo perdido. No bien desciende del tren en Shenzhen, una ciudad de explosivo crecimiento contigua a Hong Kong, el turista varón es asediado por muchachas que procuran atraerlo a cualquiera de las numerosas "peluquerías" situadas a lo largo de una calle adyacente a la estación. Lo mismo sucede en Shanghai. Hasta en Wangfujing, la principal arteria comercial de Pekín, nos topamos con un emporio sexual de pésimo gusto.
El fantasma del sida
La nueva apertura ya excede los límites de la industria sexual. Los jóvenes descubren que pueden vivir en pareja sin ser constreñidos por ninguna norma oficial. Una encuesta efectuada en 1998 reveló que casi el 70 por ciento de los estudiantes de Pekín no veían nada malo en las relaciones sexuales o el concubinato prematrimoniales. Más del 13 por ciento dijo haber tenido una experiencia sexual.
En algunos lugares se advierte una diversificación creciente de estas experiencias. En Shanghai y Guangzhou (Cantón), se toleran los clubes y las discotecas para gays , siempre y cuando sean discretos. Por lo menos un animador muy conocido de Shanghai es abiertamente homosexual y uno de los transexuales más famosos de China administra un bar en Pekín.
A la larga, el descaro temerario de las nuevas costumbres no podía menos que acarrear un justo castigo. Y no sólo porque la prostitución ha reaparecido en las calles chinas. En diciembre, el gobierno admitió que las enfermedades venéreas, erradicadas casi por completo a fines de los 70, constituyen hoy el 33 por ciento de las enfermedades contagiosas. Más aún: tras haber sostenido durante años que el sida afectaba únicamente a las sociedades inferiores, el Ministerio de Salud reconoce que unos 300.000 chinos son portadores del HIV. © La Nación (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





