
Alessandro Leogrande, un testigo de la nueva esclavitud en la Italia de la mafia
Periodista y escritor, en su libro Hombres y capataces denunció la explotación y el odio racial que padecen miles de inmigrantes africanos en su país, una realidad que, de manera dramática, tomó estado público días atrás a raíz de los disturbios en Rosarno Elisabetta Pique Corresponsal en Italia
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ROMA
Racismo, xenofobia, explotación, apartheid. Esto y mucho más trajo a flote la denominada "guerra de Rosarno", que se libró este mes en el sur de Italia: en Rosarno, una pequeña ciudad bajo control de la ´ndrangheta, la mafia calabresa, un grupo de africanos se rebeló con toda su furia ante un nuevo episodio -uno más de muchos- de racismo: dos de ellos recibieron disparos de rifle de aire comprimido de parte de jóvenes blancos de la zona. La revuelta africana -con autos incendiados, tiendas destrozadas y choques violentos con la policía- provocó, al día siguiente, una reacción virulenta de los locales, que iniciaron una verdadera "cacería de negros", como lo llamó la prensa local. Y dejó al desnudo una realidad dramática. Una realidad de explotación inimaginable de los inmigrantes bajo el sistema del "caporalato", manejado por la mafia. En el contexto de atraso económico y crisis, los blancos del lugar finalmente hicieron que los 1200 inmigrantes africanos que trabajaban como recolectores de cítricos por 20 euros diarios, en condiciones de semiesclavitud, fueran deportados por las autoridades a otras zonas, en lo que algunas ONG no dudaron en denunciar como una "limpieza étnica".
El brote xenófobo de Rosarno no sorprendió a todo el mundo. Alessandro Leogrande, periodista y escritor, que hace un año escribió Uomini e caporali. Viaggio tra i nuovi schiavi nelle campagne del Sud ("Hombres y capataces. Viaje entre los nuevos esclavos en las campiñas del Sur", de editorial Mondadori) había sido el primero en investigar esta otra cara, dramática, del Sur de Italia, una región que, según revela la investigación y confirman las evidencias, se ha convertido en los últimos años en meta de un peregrinaje de desesperados.
En su obra, Leogrande relata cómo, todos los años, cientos y hasta miles de extranjeros llegan allí con la esperanza de ganar un poco de dinero trabajando en las cosechas. Los extranjeros, mano de obra barata, reemplazan a los italianos, que ya no están dispuestos a un trabajo tan duro. Viven en viejos galpones, casonas venidas abajo o en virtuales villas miseria, en condiciones higiénicas, laborales y salariales que muchos consideraban inexistentes ya en Europa occidental. La mayoría se convierte en víctima de los "caporali" -capataces- que, con el acuerdo tácito de los propietarios de las tierras y de la mafia, los distribuyen para trabajar en la zona. Controlados a través del abuso y la violencia, los galpones o villas miseria donde viven se transforman así en campos de trabajo de los cuales es casi imposible escapar.
"Los trabajadores africanos que estallaron de rabia en Rosarno contra la enésima agresión padecida, la gota que rebasó el vaso, son hijos de un nuevo esclavismo que se ha difundido en las regiones meridionales. Obligados a trabajar por pocos euros, bajo un sol abrasador en verano y bajo un frío que hace doler los huesos en invierno, los africanos de Rosarno no son marcianos salidos de la nada, sino que son solamente la punta del iceberg del nuevo mundo del subproletariado rural indigente del Sur de Italia", asegura Leogrande.
Para él, se subestimó por mucho tiempo el hecho de que en los campos del Sur de Italia hubo una transformación radical. Ahora hay sólo trabajadores extranjeros. Y esto se traduce en una grave y brutal explotación, que termina por formar la base del sistema productivo. La explotación, de hecho, se transformó en parte del sistema, como competencia desleal, o como un modelo económicamente exitoso porque permite ganar más dinero.
Para escribir su libro, Leogrande se inspiró en el caso de tres jóvenes polacos que trabajaban como recolectores de tomates en la región de Apulia. En el verano de 2005, éstos lograron escapar y alcanzar el consulado de Bari. Y a partir de sus denuncias comenzó una investigación de la Dirección Antimafia, que condujo al arresto de decenas de capataces y a la exposición pública de un primer caso de delito por reducción a esclavitud en Italia, en pleno siglo XXI.
"Hablo de esclavos en mi libro porque hubo una sentencia de condena por reducción a esclavitud, ya que se confirmó que estos extranjeros eran efectivamente esclavizados: no sólo se los sometía a ritmos de trabajo inhumanos, bajo el sol y con un sueldo infame, sino que también, después del trabajo, eran llevados a galpones bajo el control estrecho de sus capataces. No podían escapar, por lo que se trataba de verdadera esclavitud moderna, que había y sigue habiendo en el Sur", cuenta Leogrande a LA NACION.
Junto con la explotación se crearon además verdaderos guetos de negros africanos, que viven totalmente separados de los italianos blancos, en una segregación de hecho, tal como ocurría en Rosarno. "Hay una suerte de apartheid, no regido por leyes sino implícito. En el Sur hay decenas de pueblos de unos 20.000 habitantes, que en sus puertas, o a pocos kilómetros, tienen villas miseria africanas de unos 2000 habitantes. Son imágenes muy fuertes en un país como Italia".
Cadena de mandos
¿Cuál es el rol de la mafia en todo esto? Por lo general las mafias -la Cosa Nostra siciliana, la ´ndrangheta calabresa y la camorra napolitana- no controlan directamente a los capataces. "El capataz es una figura obviamente criminal pero que se organiza en forma autónoma. Muchas veces los capataces son extranjeros, que explotan a sus connacionales. El capataz gana dinero, aunque no tanto como un pusher de cocaína", explica Leogrande. "Es decir, las grandes organizaciones criminales no tienen un gran interés económico en organizar el sistema de capataces. Pero una organización como la ´ndrangheta, que tiene una fuerte presencia en la zona de Rosarno, indirectamente controla el caporalato pidiendo a los capataces un porcentaje de sus ingresos", agrega. Y esto es en cuanto a la intermediación de la mano de obra. Sobre la comercialización del producto agrícola, que es lo que hace ganar el dinero, el control de la mafia sí es mucho más fuerte.
Para Leogrande, que nació en Taranto -Apulia- en 1977 y vive en Roma, el racismo que se respira en este momento en Italia no sólo se hace patente con los hechos de Rosarno. Los cantitos racistas que corean todos los domingos distintas hinchadas en la cancha contra los jugadores de color, por más que sean italianos, son otro reflejo de un fenómeno que ya es preocupante.
¿Italia cambió? "Sí, cambió, se ha embrutecido, ha caído en la barbarie. En el Sur rural, en poquísimos años hubo un proceso comparable al que en tres o cuatro siglos hubo en el sur de EE.UU. con la esclavitud: la grave explotación de los trabajadores rurales ha embrutecido las relaciones entre los italianos y los extranjeros, porque es como si uno, al ver a alguien explotado, lo considerara de entrada o terminara por considerarlo después un ser de segunda. Y esto vale para todos, blancos o negros, porque si muere un rumano rubio a nadie le importa nada, porque es un rumano", lamenta Leogrande. A su entender, las leyes antiinmigrantes aprobadas por el gobierno de Silvio Berlusconi, aliado con la xenófoba Liga Norte, han creado un "humus cultural" ideal.
"Hay una diferencia enorme entre italianos y extranjeros en términos de la ley. Las leyes de inmigración de Berlusconi vuelven más vulnerables a los trabajadores extranjeros, porque el permiso de residencia está vinculado con el contrato de trabajo, y esto es un chantaje enorme: si uno es clandestino, el empleador puede denunciarlo en cualquier momento y uno termina en un CIE [Centro de Identificación y Expulsión]. Pero si un trabajador explotado 14 horas por día, quizás clandestino, va a denunciar a su explotador, que puede ser un capataz o un empresario, él es expulsado y el capataz no arriesga nada: esto es un arma enorme en mano de la explotación", subraya Leogrande.
La rabia de los negros de Rosarno es también la rabia de los que no tienen contacto con la sociedad, con las instituciones. "Por un lado hay una comunidad hostil y, por el otro, un gobierno hostil. En Rosarno al final fueron deportadas unas 1200 personas, para que no hubiera muertes. Pero después se descubrió que el 80 por ciento de los deportados tenía permiso de residencia. Y aquí está la paradoja".
El creciente racismo que se respira en Italia, sin embargo, no es algo aislado. Es parte de un fenómeno europeo. "Si uno observa las últimas elecciones europeas, la victoria de las fuerzas nacionalistas y también antieuropeas y racistas fue una tendencia no solamente italiana. La diferencia es que en Italia estas fuerzas no encuentran límites fuertes como en el exterior", apunta Leogrande. "El clásico ejemplo es que en Francia a la derecha francesa jamás se le ocurriría utilizar o aliarse con el Frente Nacional, mientras que en Italia posiciones similares, como las de la xenófoba Liga Norte, son muy aceptadas. Esto demuestra que Italia ha cambiado, que ha caído en la barbarie".
© LA NACION
Quién es
Nombre y apellido: Alessandro Leogrande
Edad: 32 años
De Taranto a Roma: Nació en Taranto, en la región de Apulia, en 1977. Estudió historia y filosofía, y en la actualidad vive en Roma, donde es vicedirector de la revista mensual Lo Straniero y colabora en diarios y revistas.
Libros y distinciones: Es autor de varios libros, entre ellos Un mare nascosto (2000) y Nel paese dei viceré. L´Italia tra pace e guerra (2006). El último, Uomini e caporali , sobre la esclavitud en el sur de Italia, le valió importantes premios.




