Alí Magoudi: "Mitterrand sentía celos de Dios"

Médico cirujano y psicoanalista, Ali Magoudi compartió la intimidad del presidente francés durante los 14 años que permaneció en el poder. Ahora acaba de publicar un libro donde recopila sus conversaciones, incluidas las que hacían referencia a su relación con Thatcher durante la Guerra de Malvinas
Luisa Corradini
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27 de noviembre de 2005  

PARIS.- Quienes no creen que François Mitterrand era un perfecto megalómano, se convencerán cuando lean el libro del psicoanalista Alí Magoudi: Rendez-vous. El psicoanálisis de François Mitterrand.

En ese volumen de 230 páginas, publicado anteayer en Francia, el autor demuestra que el ex presidente socialista no sólo competía con la figura del general Charles de Gaulle, sino que además se consideraba heredero de los reyes de Francia, pensó en ser Papa y hasta sentía celos de Dios: "¿Cómo es posible que Dios haya podido crear el mundo sin que yo fuera su origen?", escribió en su juventud a una prima.

Médico cirujano y psicoanalista, Ali Magoudi tuvo el privilegio de compartir la intimidad de Mitterrand desde el principio de su mandato presidencial hasta su muerte, en 1996. Bajo la forma de un documento novelado, aparentemente inofensivo, Magoudi colocó sus 14 años de conversaciones con Mitterrand bajo el prisma del psicoanálisis para explorar la personalidad del ex presidente y explicar algunos de sus actos políticos, como la sorpredente concesión que le hizo a Margaret Thatcher durante la Guerra de Malvinas.

El mismo día de la aparición de su libro, Magoudi aceptó recibir a LA NACION en la primera entrevista que concedió hasta ahora a la prensa internacional.

-¿Su libro es una ficción o la síntesis de un verdadero psicoanálisis de Mitterrand?

-Todo es verídico en este libro, excepto el diván. Mitterrand nunca vino a mi consultorio, pero nuestras conversaciones tuvieron un profundo carácter psicoanalítico -en el fondo y en la forma-, y se desarrollaron en ámbitos diferentes.

-¿Cuánto tiempo duraron esas "sesiones"?

-Por una parte hubo 18 horas de entrevistas para televisión, de las cuales salió un documental. Cuando habíamos terminado, comenzó a invitarme a acompañarlo en sus viajes y también hubo conversaciones en el curso de almuerzos, desayunos, charlas informales, otras más formales? Así proseguimos nuestro diálogo casi hasta el final de su vida.

-Todo lo que usted reproduce entre comillas, ¿son cosas que él dijo en forma textual?

-Sí. Son declaraciones que hizo en forma deshilvanada, en varias conversaciones. Mi única intervención consistió en hacer un montaje para organizar el libro de forma temática. En ese sentido, es una ficción.

-¿El sabía que usted tenía intenciones de publicar esas confidencias?

-No sólo conocía mi deseo, sino que me sugirió que lo hiciera a través de la óptica psicoanalítica, es decir interpretando lo que él me decía.

-¿Cuáles eran las características esenciales de Mitterrand?

-Para un hombre que nunca tuvo una relación con el psicoanálisis, tenía un gran conocimiento del inconsciente. Cuando se refería a la muerte, decía: "La muerte es el otro". Es una frase totalmente lacaniana. Es una definición poética, metafísica? ¡Asombroso! Pero al mismo tiempo era un hombre enigmático.

-¿Qué quiere decir?

-Un día le preguntamos si nos había hecho investigar a mí y a los otros miembros del equipo que preparaba el documental de televisión. Nos respondió que nos conocía a través de nuestros escritos y actividad literaria. Hasta ese momento, ¡nunca habíamos publicado una sola línea!

-¿Mentía?

-Cuando oí esa frase, pensé que era necesario escuchar todo lo que decía como si fuera una mentira y tener en cuenta que cada mentira hablaba de algo cierto.

-¿Usted pensó en algún momento que él podía manipularlo?

-¡Por supuesto!

-¿Cómo reaccionaba ante cada actitud de Mitterrand?

-No reaccionaba. Me limitaba a registrar lo que decía y lo que hacía. En lugar de una entrevista prevista para cuatro días, estuvimos cuatro años y luego otros 10 en un registro más personal.

-Pero, entonces, no se puede considerar que este libro sea el psicoanálisis de Mitterrand.

-Para mí, sí. Para él, no. Yo conservé elementos con los que algún día haría el psicoanálisis de Mitterrand por escrito. Eso es lo que intenté con esta obra.

-¿Mitterrand era un hombre fascinante?

-Yo sigo estando fascinado por su personalidad. El día de su muerte todo el mundo decía lo mismo: "Desde que lo conocí, me subyugó". El rasgo esencial de Mitterrand era la relación con sus amigos y sus seres queridos: un verdadero amor, tanto de ida como de vuelta.

-¿Amor? ¿Mitterrand podía querer a otro ser humano?

-Desde luego. Cuando digo amor, quiero decir amor a su manera. Pero cuando él aceptaba a alguien en su círculo íntimo era una relación de amor, completa, incondicional, irreversible, sin límites.

-A través de su libro uno tiene la impresión de que Mitterrand era profundamente católico en su forma de pensar la Historia.

-Era un agnóstico, pero tenía un comportamiento católico. Había aprendido a leer en la Biblia y conocía casi de memoria el Antiguo Testamento, como los protestantes. Su familia era la única católica en una región totalmente protestante. El se sentía cómodo dentro de esa aparente contradicción. Si fue presidente durante 14 años es porque, en gran medida, expresaba las contradicciones más profundas de Francia: católico y protestante, colaborador y resistente, conservador y revolucionario?

-¿Es verdad que durante la Guerra de Malvinas Margaret Thatcher amenazó con lanzar una bomba atómica sobre la Argentina si Mitterrand no le entregaba los códigos de los misiles Exocet?

-¿Cómo saber si era cierto? La pregunta esencial es: ¿por qué me contó eso? Por eso le pregunté qué sentía al ser maltratado de esa manera por Margaret Thatcher.

-¿Y él qué contestó?

-Comenzó a hablar de su madre, y de su legendaria rigidez.

-¿El detestaba a Thatcher?

-¡Oh, no! Mitterrand se fascinaba con la gente que le oponía resistencia.

-Usted sugiere un paralelo entre Margaret Thatcher y su madre.

-Para él eran polos opuestos. Mitterrand describe a su madre como generosa y bondadosa, mientras que consideraba a Margaret Thatcher como una mujer muy egoísta. Pero ambas tenían un punto común: eran muy estrictas.

-¿Por qué, entonces, cedió a las exigencias de Margaret Thatcher?

-Para tener moneda de canje. Cedió para obtener a cambio el acuerdo de Margaret Thatcher de construir el túnel bajo el Canal de la Mancha. De esa manera podría vengarse?

-¿Vengarse de qué?

-De que una mujer autoritaria lo había obligado a hacer algo que él no quería.

-Como...

-... como su madre, exactamente.

-Podía no ceder.

-¡No! ¡Estaba obligado porque la presión de Gran Bretaña era gigantesca! Pero, puesto que no tenía otra alternativa, utilizó esa concesión para obtener algo que -en otro contexto- hubiera sido impensable: el túnel.

-¿Esa fue su revancha?

-Mitterrand tuvo la última palabra porque consiguió la "destrucción" de Gran Bretaña al sacarla definitivamente de su aislamiento y vincularla a Europa para toda la eternidad. "Inglaterra dejará de ser una isla", se dijo. Consiguió lo que no había logrado ni siquiera Napoleón, que no pudo vencer militarmente a los ingleses, ni Napoleón III, que fue el primero en proponer la idea de un túnel a través del Canal de la Mancha.

-Por una parte, usted destaca las gestiones de paz que hizo en relación con la guerra Irán-Irak. En cambio, no hizo nada para evitar la Guerra de las Malvinas.

-Para Mitterrand, la Guerra de Malvinas no era una guerra. Era un conflicto estúpido. No era una confrontación de civilizaciones, como en Medio Oriente. Para él, la noción de guerra se aplicaba únicamente a las guerras de religión, como decía siempre su madre, una católica absoluta.

-¿Qué visión tenía de América latina?

-Tenía un perfecto conocimiento de la situación política del continente, pero como era un hombre de letras, su visión era a través del prisma literario. Conocía a todos los grandes escritores y había leído los libros esenciales de la producción literaria latinoamericana de los siglos XIX y XX. Yo lo acompañé en sus viajes a Brasil y Colombia. A Brasil había sido invitado por Tancredo Neves, que murió sin llegar a asumir el poder. Cuando fue a Brasil, mucho tiempo después, lo primero que hizo fue ir a visitar su tumba.

-¡Siempre esa fascinación por la muerte, por el duelo!

-Un rasgo constante de su personalidad es su obsesión por la muerte y la huella que iba a dejar en la historia. Mitterrand arrastraba desde su infancia el duelo inconcluso de la muerte de un tío materno, Robert Lorrain, que estaba destinado a un gran futuro. Su muerte había sido una verdadera catástrofe familiar, un traumatismo insuperable. En el espíritu de su madre, Mitterrand era la reencarnación de Robert y él mismo asumió esa herencia hasta el punto de realizar su ideal político. Pero también se enfermó de cáncer apenas fue electo: una forma de seguir siendo fiel al destino del ídolo familiar desaparecido.

-¿Pensaba la muerte con criterio político frente a la historia más que como un simple ser humano frente a la tumba?

-La muerte estaba relacionada con su voluntad de trascender a la eternidad. Por eso la cantidad de obras faraónicas que construyó en París para que dentro de uno, dos o diez siglos la gente reconozca su paso por la historia.

-Incluso su enfermedad fue un instrumento político y un revelador de su personalidad.

-Cuando me recibió por primera vez, hacía muy poco tiempo que conocía su diagnóstico de cáncer. Teóricamente le quedaba poco tiempo de vida. Pero, de pronto, hubo una remisión casi completa de su cáncer. Su enfermedad tuvo una influencia determinante en el ejercicio del poder. Sin ese cáncer que redujo su vida, hubiera seguido eternamente en el Palacio del Elíseo. Pero al mismo tiempo, como le dio consciencia de su mortalidad, lo condujo poco a poco a pensar en postularse para la eternidad.

-¿Hay una relación entre esa obsesión por la muerte y la superioridad que sentía frente al resto de los mortales?

-Se sentía superior porque se consideraba heredero de la genealogía -espiritual- de los reyes de Francia y de Charles de Gaulle, otro monarca republicano. No olvide que, a diferencia de Pompidou y Giscard d´Estaing, él se instaló en el despacho que había ocupado De Gaulle. Competía con el general porque había sido el padre de la modernización de Francia y era el único que podía ensombrecer su memoria. Además, a través de nuestras conversaciones reconoce que hubiera querido ser Papa y hasta se manifiesta celoso de Dios. Creo que su problema no era la muerte sino la trascendencia.

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