
Angeles tristes
Por Gustavo Bossert Para LA NACION
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El lado oscuro de la Historia es, a veces, una historia de disfraces, mutaciones indignas y canje de conciencias. Hay abierta en las alturas del poder una feria donde es posible comprar lo que se ofrece en venta, convicciones, lealtades, discursos, militancias y el alma de quien proclama, con los ojos en blanco y el fervor de los mártires, su decisión de morir por una idea que después abandona en el charco de los trueques.
Pero la Historia es también una historia de rigores heróicos, pertinacias, el no definitivo y la palabra para siempre. Entre tantos ejemplos, recuerdo un hecho del siglo XVIII, sucedido en Ouro Preto, en la iglesia Nuestra Señora del Pilar.
El artista que dirigía los trabajos de un grupo de esclavos murió al terminar los púlpitos y las imágenes de oro a un lado de la nave de la iglesia. Faltaban los de enfrente. Sólo esos esclavos podían hacer imágenes idénticas a las que habían tallado y concluir esa obra destinada a la gloria de Dios. Les prometieron la libertad si lo lograban.
Los hombres que nacieron en tierras libres de Africa, que fueron reducidos y cazados por tribus mercenarias y vendidos a salvajes europeos que los trajeron a América engrillados y esclavos, en barcos que, al enfrentar una tormenta, aliviaban la carga echando al mar los bultos de menos importancia y a mujeres y niños africanos; los hombres sometidos al trabajo de las bestias, sin horarios ni límites, que dormían con los cerdos y las aves sobre el barro y el estiércol de barracas últimas en las haciendas de sus amos, que en el extremo sin oxígeno de las galerías subterráneas de las minas, a donde los guardias no llegaban por temor al aire envenenado, arañaban las paredes para arrancar y llevar escondido en las uñas, entre el pelo, pegado al pecho con aceites untuosos que imitaban el brillo del sudor, el polvo de oro que después ocultaban en santos de madera hueca de algunas iglesias para comprar, alguna vez, su libertad, los hombres que debían terminar las obras en Nuestra Señora del Pilar con imágenes idénticas a las que adornaban un lado de la nave, recibieron de los amos portugueses la promesa de la libertad.
La promesa era, entonces, abandonar la lenta, interminable muerte de todos los días y empezar a vivir. Pero los esclavos de Nuestra Señora del Pilar eligieron una causa y renunciaron a la vida. Ante los ángeles dichosos, rubicundos, sonrientes, de trompetas triunfales y brazos extendidos, hicieron, en la pared de enfrente, ángeles tristes, de mirada brumosa, doblados bajo el peso de los púlpitos, para que todos, en la eternidad de aquella iglesia, conozcamos y no olvidemos su dolor.
Obviamente, la libertad les fue negada.
A quienes son mercancía voluntaria en las alturas del poder, tal vez les sea útil recordar la lección de los esclavos, su asombrosa renuncia a la libertad prometida para decirles a los siglos la verdad, su feroz decisión de morir por una idea, la presencia sonriente de Dios en sus ángeles tristes.





