
Añorando a la Madre Patria
En su diario de viaje, Charles Darwin anotó con sorpresa que los indígenas de Chiloé, esa isla de mar y viento del sur chileno, lamentaban el hecho de haber dejado de ser una colonia española.
Algo parecido sucedió hace un par de semanas, cuando el gobierno de Michelle Bachelet decidió dar marcha atrás con la construcción de un esperado puente para unir la isla con el continente, aun cuando el proyecto ya estaba licitado (hasta ahora, el cruce sólo puede hacerse por ferry).
"Si no hubiésemos sido anexados a la fuerza por el Estado de Chile y siguiéramos dependiendo de España, no estaríamos tan abandonados", disparó Nelson Aguila, alcalde de Castro, la capital chilota y, desafiante, izó la bandera española como símbolo de protesta.
La última vez que el rojo y el amarillo flamearon en los cielos de Chiloé fue en 1826, año en que "el lugar de gaviotas" (significado en lengua mapuche de Chiloé) se anexó definitiva y finalmente al territorio chileno. Habían pasado ya ocho años desde la independencia del continente de la Madre Patria, pero la isla seguía resistiendo a fuerza de cañonazos la incursión de sus vecinos. De hecho, la lealtad al rey de España fue ampliamente apoyada por los chilotes, que llegaron a tildar a los chilenos de "rebeldes" por haberse sublevado contra la corona. Los chilenos, por su parte, llamaron despectivamente "chilotes" a los habitantes de Chiloé, ya que antiguamente el gentilicio era chiloano o chilhuense. Una histórica pica que, a la luz de los hechos, sigue a flor de piel.





