
Ante el actual desorden internacional: disuadir para evitar la guerra
El pasado 2 de marzo, en la base naval de Île Longue, en Bretaña, donde se encuentran los submarinos nucleares franceses, el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, anunció un importante cambio en la doctrina de disuasión nuclear ante la combinación de amenazas.
Esta nueva estrategia de defensa nacional, adaptada a la profundidad del continente europeo y bautizada como “disuasión avanzada”, prevé aumentar el número de ojivas nucleares del arsenal de Francia y reforzar la cooperación regional en materia de disuasión nuclear.
Para disponer de una fuerza de disuasión nuclear autónoma, decisión estratégica tomada en su momento por el general De Gaulle, Francia ha realizado, a lo largo de tres generaciones, un esfuerzo financiero, científico y tecnológico excepcional en todo sentido a nivel europeo y mundial. En un momento en el que las certezas se tambalean y los adversarios se enardecen, la disuasión nuclear seguirá siendo la base de la doctrina y de la acción estratégica de Francia.
Como ha subrayado el presidente de la República, “la disuasión francesa es robusta y eficaz. Todos aquellos que tengan la audacia de querer atacar a Francia saben que el precio que tendrían que pagar sería insostenible”. Sin embargo, actualmente vivimos un periodo de ruptura en el plano geopolítico, lleno de riesgos, que pone a prueba los modelos de defensa nacionales, regionales y mundiales.
Rusia libra una guerra lenta y cruel contra la vecina Ucrania, lo que constituye un riesgo mayor para Europa. Rusia asume un revisionismo y un imperialismo brutales y, aunque ya es fuerte con un arsenal nuclear pletórico, no para de desarrollar nuevas armas: misiles nucleares hipersónicos, otros de propulsión nuclear que podrían volar sin límites, torpedos nucleares e incluso un proyecto particularmente peligroso para la humanidad como es enviar armas nucleares al espacio.
China, por su parte, se ha lanzado en una carrera frenética para alcanzar a Estados Unidos. En la actualidad, fabrica más armas que cualquier otro país. Nadie sabe cuáles serían las ramificaciones, directas o indirectas, nucleares o no, si un conflicto estallara en Medio Oriente o en cualquier otro lugar, pero, en cualquier caso, no dejarían de tener consecuencias para el resto del mundo. Tanto China como Rusia desarrollan sistemas cada vez más sofisticados para proteger su territorio, una lógica que también comparten los Estados Unidos con su proyecto Golden Dome.
En Asia, los arsenales y las fuerzas estratégicas de otros Estados en posesión de armas nucleares como India, Pakistán y Corea del Norte, están en plena expansión. Por otra parte, cabe preguntarse cuál es el precio del apoyo masivo de Corea del Norte a la guerra de agresión que libra Rusia, y cuál es el precio de la dependencia de esta última respecto a China.
A esto se suma la guerra que está ocurriendo en Medio Oriente con Irán, un país cuyas capacidades nucleares y balísticas no han sido destruidas, y que trae y seguirá trayendo su cuota de inestabilidad y posibles conflictos hasta nuestras fronteras.
En cuanto a nuestros aliados estadounidenses, desde 1945 han desempeñado y seguirán desempeñando un papel clave en la defensa de Europa. Francia y Europa se lo agradecen. En materia de disuasión, participan directamente en nuestra protección con la misión nuclear de la OTAN. Pero su reciente estrategia nacional de seguridad y defensa pone de manifiesto un reajuste de las prioridades estadounidenses y una incitación fuerte para que Europa se ocupe más directamente de su propia seguridad. Por lo tanto, el continente europeo debe tomar un mayor control de su propio destino.
Las potencias nucleares como Francia también deben acostumbrarse a la posibilidad de conflictos mayores por debajo del umbral nuclear en su entorno inmediato. En estos últimos meses, hemos visto cómo caían salvas de misiles sobre potencias dotadas y Estados poseedores de armas nucleares.
Todo ello demuestra que las amenazas nucleares aumentan, se diversifican y están más conectadas entre sí, lo que conlleva el riesgo de que sean precedidas por episodios de conflictos intensos por debajo del umbral, y que las defensas de nuestros adversarios potenciales se refuerzan. Por lo tanto, debemos aprender la lección. Porque, en este mundo que se ha vuelto peligroso e inestable, para ser libre hay que ser temido. Y para ser temido hay que ser poderoso. Entonces, es imperativo modernizar el equipamiento de defensa. Y es indispensable mejorar el arsenal nuclear francés. No se trata de entrar en una carrera armamentística. Se trata de garantizar que ningún adversario pueda vislumbrar la posibilidad de lanzar un ataque contra Francia sin la certeza de sufrir daños de los que no se recuperaría.
El armamento nuclear francés es exclusivamente estratégico, ya que son armas muy diferentes a las que se podrían utilizar en un campo de batalla. Desde esta perspectiva de asimetría asumida, Francia siempre ha establecido umbrales estrictamente coherentes con la eficacia operativa de su disuasión. Para poner fin a toda especulación, Francia ya no comunicará las cifras de su arsenal nuclear, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado.
Pero para ser poderosos, también es necesario estar más unidos: la independencia no puede significar soledad. La seguridad nacional nunca se ha concebido únicamente dentro de los límites del territorio nacional, ni en el plano convencional ni en el nuclear.
De hecho, ¿podemos imaginar que la supervivencia de nuestros socios más cercanos se vea amenazada sin que ello afecte a nuestros intereses vitales? O a la inversa, ¿podríamos imaginar que una amenaza extrema en Europa solo nos afecte a nosotros? Por estas razones fundamentales, los sucesivos presidentes franceses han destacado la dimensión europea de los intereses vitales de Francia.
El pasado mes de julio reforzamos nuestros lazos con el Reino Unido, socio importante y potencia nuclear independiente con la que, desde 1995, reconocemos que no existe ninguna situación que afecte a los intereses vitales de uno sin que se vean afectados los del otro.
Hemos reforzado nuestra cooperación nuclear bilateral, afirmado nuestra solidaridad común con los europeos y abierto la posibilidad de coordinar nuestras respectivas fuerzas de disuasión. Durante este invierno europeo, altos responsables británicos asistieron, por primera vez desde la existencia de nuestra fuerza de disuasión, a uno de los ejercicios de nuestras fuerzas aéreas estratégicas.
Pero nuestra ambición debe ser más grande, pues la seguridad del continente europeo está en juego. Se establecieron contactos con un primer grupo de aliados, empezando, obviamente, por Alemania, nuestro socio fundamental. Y han respondido favorablemente a la oferta de Francia.
Hoy puede concretarse una nueva etapa de la disuasión francesa, la que el presidente de la República ha denominado “disuasión avanzada”.
La doctrina nuclear francesa conservará sus fundamentos originales, su carácter estrictamente defensivo, el rechazo de la guerra nuclear y la ruptura total y asumida entre lo convencional y lo nuclear. Lo mismo ocurre con la posibilidad de una advertencia nuclear única y no renovable. Se decidirá siempre, a discreción exclusiva de Francia, para significar de manera muy concreta que el conflicto ha cambiado de naturaleza y que Francia pretende preservar por este medio una última oportunidad de restablecer la disuasión. Por lo tanto, Francia siempre asumirá la responsabilidad en solitario, tomando en cuenta los intereses de sus aliados.
Desde el principio, tanto Francia como sus socios tuvieron claro que este esfuerzo complementaría la misión nuclear de la OTAN. El trabajo que hemos iniciado en este proyecto con los europeos se ha llevado a cabo con total transparencia con los Estados Unidos de América y en estrecha coordinación con el Reino Unido. Otros países han aceptado este diálogo y, más allá de nuestros socios y amigos británicos y alemanes ya mencionados, se unirán Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca.
En los turbulentos tiempos que vivimos, también será necesario replantearse las reglas que rigen la seguridad del continente europeo y del mundo. Hay que recrear todo un marco, y los europeos tendrán que poder defender plenamente sus intereses en él.
En la actualidad el marco normativo es un terreno en ruinas. Debemos reconstruir un conjunto de normas, pero, en lo que a nosotros respecta, a partir de nuestros intereses de seguridad y los de nuestro continente.
El próximo medio siglo será una era de armas nucleares. Francia, determinada, libre y confiada, desempeñará plenamente su papel al servicio de la paz, de un multilateralismo renovado y eficaz y del derecho internacional.
Embajador de Francia en la Argentina








