
Antropología del hombre civilizado
Por Orlando Barone
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Se ha hallado el origen del hombre, que data de hace seis millones de años.
Mi incapacidad matemática y genealógica me impide determinar qué preciso grado de parentesco me une con aquel antepasado ya que mi conocimiento familiar apenas si alcanza al tatarabuelo; aunque el cariño realmente auténtico apenas si llega a mis bisabuelos, y no a todos, ya que a algunos ni los he conocido.
No quisiera ser lapidario -bastante ya hay con los cementerios-, pero al paso que va el recuerdo a lo máximo que se podrá aspirar es a recordar a los padres. Un lazo familiar más ya será un exceso. Un tío segundo, un primo lejano -Dios no lo quiera-, serán pasto del olvido.
El hallazgo del homínido ha ocurrido en Kenya, Africa, y de allí al parecer hace 50.000 años emigramos y vinimos a ser esto que somos. No me haré esa pregunta tonta que respondería con facilidad cualquier lector con básicos conocimientos de antropología: ¿por qué si en Kenya son negros, aquí somos blancos, o casi? Otra pregunta igualmente necia: si los africanos fueron el origen de la humanidad, ¿por qué no siguen siendo los primeros? Y hay aún más interrogantes baladíes, sin necesidad de preguntarse por qué Adán y Eva se tapaban con una hoja el pubis si eran una pareja y no los veía nadie. Pero los descubridores de aquel bestial antecedente, quizá levemente desbestializado en la modernidad gracias al jacuzzi y al Prozac, explican que solía vivir en las copas de los árboles. ¿Por qué se bajó? ¿No era que teníamos la inteligencia que no tenían los animales? ¿Y si el hombre vivía en las copas de los árboles, por qué ahora los tala? Es apasionante imaginar que cada uno de nosotros proviene de allá y de hace tanto tiempo. Probablemente Tiger Woods tiene menos dudas respecto del origen africano. Aunque ya debe de tener serias dudas acerca de si es verdad que alguna vez sus ancestros fueron esclavos pobrísimos y ningún sponsor quería hacerse cargo de ellos. Es todavía más inquietante saber que nuestra antigua dieta estaba compuesta en general por frutas y verduras, sin especificarse si había rúcula y arándanos, cuando aún los doctores Scarsdale y Cormillot ni siquiera eran microorganismos invisibles al ojo humano. Y la gente no era ni flaca ni gorda: era estrictamente humana.
Hay veces en que, como si aquel hombre originario quisiera demostrarnos su actualidad permanente por debajo de esta impostura de presunta civilización adelantada, nos lo recuerda mediante algunos modelos homínidos realmente impresionantes. Dejaré aparte el ejemplo del arquero Chilavert. Ya sobre él habló el antropólogo del fútbol César Menotti calificándolo de "eslabón perdido". Pero qué decir de algunos modelos de barrabravas últimamente fermentados por el calor y potenciados por resentimientos adjudicables a la cariñosa cadena humana de distribución equitativa. El joven George W. Bush se ufana de "dormir plácidamente como un bebe". Confesión del probable presidente del país más poderoso de la tierra en demostración de cuál es su grado de desarrollo evolutivo. Nadie le hubiera creído si decía que dormía como un adulto. Hay muchos eslabones perdidos y no sólo en sectas, en grupos de introspección o en grupos de los más variados grupos. Eximo a la política argentina por padecer un estado de involución genético de alcances insondables. Vaya una prueba: el doctor Bilardo anuncia que quiere ser presidente y Palito Ortega no sabe qué hacer para volver a ser el cantante exitoso que era.
¿En qué eslabón primitivo corresponde situar al funcionario de Transportes Jaime Kogan, que consideró que el aumento del pasaje no afecta a los pobres porque no viajan a ninguna parte? Sólo le faltó decir que no viajan, no consumen, no viven: no los afecta nada. Si se ignorara a los pobres la economía sería sólo beneficio. El funcionario Pedro Pou -cholulo de Saramago, que es comunista y a mucha honra- dice que los argentinos se dedican a demoler lo que se ha construido. Lo dice desde el Banco Central con bastante fundamento.
Tampoco nadie sabe a qué etapa antropológica pertenece un tipo de hombre actual que sobrevive con menos de un dólar diario al lado del parque de tentaciones de un shopping surtido por el mundo. Pero al que no puede entrar a comprar por razones obvias. Mi amigo el arquitecto Livingston debe de ser uno de los pocos que creen tener argumentos para defender a Fidel Castro. Recuerda que cuando los turistas ricos vienen de Cuba lo primero que dicen es que los cubanos no pueden entrar a un hotel cinco estrellas. "Aquí, tampoco los argentinos -dice-. Salvo los huéspedes y sus invitados ricos."
Resultaría realmente impresionante poder asistir al hipotético diálogo entre aquel antepasado de seis millones de años que nunca fue al odontólogo y uno actual desdentado, elegido al azar en una playa para equilibrar la modalidad de vestuario. Supóngase que ambos llegaran a entenderse con una misma lengua. Supóngase que ambos estén en una isla desierta de verdad, totalmente distinta de la del programa de TV Expedición Robinson , en donde pronto se descubrirá que había freezer, spa y pedicuro. Uno está frente al otro y los dos, con hambre, ven un árbol colmado de frutos. ¿Qué hace el bruto primitivo? Se abalanza sobre el árbol y empieza a comer ignorando al otro. ¿Qué hace el civilizado? Se pone abajo del bruto tratando de bajarlo a los golpes sin ver que tiene a su disposición la otra mitad del árbol. Pero él quiere todo y para eso tiene que acabar con el adversario.
Al Paraíso -promete la Iglesia- van a ir todos los justos. ¿Cómo se sabe hoy qué es ser justo? Si los presidentes lo supieran estaríamos más relajados. Y ellos -los de hoy, los de ayer y los del futuro- no tendrían que lamentar las encuestas ni el inevitable reparo de la historia.
Tolstoi decía que "todas las religiones prevén el fin de la humanidad; la ciencia lo considera inevitable".
Que no llegue demasiado tarde.





