Archivos en la era digital. ¿Tiene futuro el pasado?

Quienes preservan la memoria deben lidiar con un vértigo tecnológico que vuelve obsoletos hasta los más recientes métodos de registro
Fernanda Sández
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24 de agosto de 2019  

Edificio que albergará la nueva sede del Archivo General de la Nación, en Parque Patricios
Edificio que albergará la nueva sede del Archivo General de la Nación, en Parque Patricios Fuente: LA NACION - Crédito: PATRICIO PIDAL/AFV

Un anillo. Adentro de la caja había eso: un anillo de metal. La mujer pasó días tratando de ordenar el legado del último de sus suegros y las cajas heredadas ya se habían convertido en su pesadilla. No era para menos: cada una estaba cerrada con llave y las llaves -las contó- no solo eran centenarias, sino también centenares. Tuvo suerte: después de un par de intentos una caja se abrió y ahí estaba el anillo con una inscripción interna: Brontë, marzo de 1855. Demasiado tentador como para no seguir investigando. Dio así con un dispositivo de apertura y descubrió -adentro del anillo, pegada al metal- una trenza de pelo y -afuera del anillo- una historia notable. Aquella sortija sería, según los expertos, parte de la joyería funeraria que rodeó la muerte de la autora de Cumbres borrascosas. En esos días, conservar los cabellos del muerto amado era de rigor. Existía, además, un código de materiales: si la muerta era una virgen, los anillos eran de esmalte; si se trataba de un niño o niña, se usaban perlas. Cada muerte exigía las joyas adecuadas.

La anécdota del anillo de Charlotte Brontë habla, entre otras tantas cosas, de nuestra relación con el pasado por obra y gracia de los objetos. ¿Qué guardamos? ¿Por qué elegimos conservar pelo, una imagen o un suéter que sólo retendrá por algún tiempo el perfume del ausente? ¿Será que, como anotó Goethe, "conservamos las cartas para volver a leerlas y al final las destruimos por discreción. Desaparece así el aliento vital más hermoso e inmediato, irrecuperable para nosotros y para los demás"?

Más aún: ¿cuáles de todas las cosas inanimadas que hoy nos rodean se volverán recuerdo? Porque muchas de ellas se perderán sin más. Sin despedidas. Pero cuando regresan, ay. ¡Cuándo regresan! ¿Quién no se ha desarmado revisando algún cuaderno de cuando los chicos realmente lo eran? ¿Quién no fue apuñalado en el alma por una muñeca, una cajita de música o cualquier otra forma de la nostalgia en miniatura?

"Somos lo que recordamos: editado, deformado, idealizado. Pero somos eso: lo que recordamos y también lo que olvidamos. El tema es que en el mundo de hoy se requiere un gran esfuerzo por sostener la memoria del pasado. Pero eso es fundamental, porque el pasado nos construye y tiene que ver con lo que hoy somos. ¿Para qué recordamos? Para no repetir, por sobre todas las cosas", precisa Patricia Faur, psicoanalista y autora de Prisioneros del pasado (Planeta).

Con todo, mucho del pasado que insistimos en conservar se retira sin hacer ruido, sin siquiera avisar. ¿Quién puede ver hoy las ecografías grabadas en, digamos, 2002? ¿En esas videocintas del tamaño de un ladrillo? O, para ir aún más atrás, ¿quién puede disfrutar hoy del viejo vicio de pasar un casete una y otra vez, cuando los dispositivos que hacían la magia son (literalmente) piezas de museo? En este nuevo orden de cosas regido por la obsolescencia programada, por lo concebido para extinguirse al cabo de algún tiempo (no importa si aparatos, enseres o sonidos), ya ni siquiera es necesario que algo se pierda o se rompa para que desaparezca: alcanza con que las máquinas que les daban sentido dejen de existir.

Volver a recordar

¿Cómo se preserva hoy el pasado? Mejor todavía: ¿qué pasado es ese que consideramos digno de ser preservado? La historia muestra que no hay inocencia en lo que perdura. Detrás de cada monumento, carta, óleo o testimonio salvado del naufragio de los días hay a menudo lo mismo que frente a la destrucción: una voluntad actuando. En Estados Unidos, por caso, el Colectivo XFR es un grupo de archivistas por demás particular. De día, trabajan en bibliotecas e instituciones; de noche, lunes tras lunes, se dedican a digitalizar antiguas grabaciones de personas, grupos y acontecimientos que no son tenidos en cuenta por esas mismas instituciones, pero que ellos consideran que es importante preservar. Registros de reuniones vecinales, grupos afroamericanos, inmigrantes, todos esos que no "caben" en la historia oficial, son bienvenidos a este proyecto colaborativo, voluntario y nocturno. Todos esos materiales son hechos públicos por voluntad de sus poseedores y subidos a un repositorio al que se puede acceder libremente: https://archive.org/

Más cerca en el tiempo y en el espacio (en abril, y en Buenos Aires) un congreso de archivistas ( Archivos personales en transición: de lo privado a lo público, de lo analógico a lo digital) volvió a poner sobre el tapete la cuestión central: ¿qué de todo eso que llamamos "pasado" logra llegar a nosotros? Peter Chan, profesor de la Universidad de Stanford y -como reza su tarjeta- archivista digital, se encarga de rescatar los correos electrónicos de políticos, escritores y personajes famosos. Pero, para lograr su cometido, sabe también que hacer ciertas concesiones al olvido es el prerrequisito para que al menos algo de lo sucedido salga a la luz. "A menudo, si los donantes no pueden controlar eso que donan, optan por quedarse con los archivos y no hacerlos públicos. Pero cuando pueden decidir sobre eso que van a dar a conocer, su actitud cambia, ganan en confianza y abren sus documentos", explica. Es por eso que el profesor Chan y su equipo crearon un sistema (en realidad, un software gratuito y de código abierto, llamado ePADD) para analizar grandes archivos de posible valor histórico y cultural. Mediante el mismo, los potenciales donantes de correos electrónicos, por ejemplo, pueden -rápidamente y de un modo muy simple- "editar" esos materiales. Pueden borrar nombres, fechas y todo lo que consideren necesario eliminar antes de concretar la donación a -supongamos- una universidad o un grupo de estudio. "Es tener eso o no tener nada", explica Chan, con algo de resignación.

Mientras tanto, en casa, todos seguimos confiando casi a ciegas en materiales y tecnologías indignos de la confianza que les dedicamos. Videos, cintas, archivos digitales: todo está condenado a desaparecer y a menudo esa futura desaparición no solo nos deja sin las imágenes de los primeros veranos en la playa o la última imagen de la abuela; también nos expone a peligros que ni siquiera podemos calcular.

"Estamos construyendo una cultura basada en la información y la comunicación, pero con pies de barro", alerta Alejandro Tortolini, profesor de Inclusión Digital y Políticas Públicas en la Universidad Nacional de José C. Paz. "Los dispositivos de grabación y lectura digital tienen vidas muy breves. Ya casi no podemos leer lo grabado en un diskette o en un CD, y el pendrive que llevamos en el bolsillo tiene una vida útil de diez años. Al perder esa información, corremos dos riesgos. El primero es perder información fundamental para el funcionamiento de las cosas. Por eso hay proyectos francés como el que dirige Patrick Charton en Francia, que consiste en desarrollar formas de preservar la información sobre la localización de los depósitos de residuos nucleares franceses, que seguirán siendo peligrosos durante miles de años. El segundo riesgo es identitario: olvidar que tenemos una historia, una cultura, una forma de pensar que se debe transmitir".

Fragilidad 3.0

Sin embargo, en medio de un mundo que se deshace y se reinventa al compás de pulsos eléctricos, parecería existir cierta clase de cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar. Aun cuando, a veces, conservarlas implique contar solo un remedo. Cuando, en marzo de 2001, los talibanes hicieron estallar los gigantescos Budas de Bamiyán, en Irak, solo quedó un hueco en la piedra rojiza. Nada por aquí, nada por allá. Hasta que una pareja de documentalistas chinos, Zang Xinyu y Lian Hong tomó la causa en sus manos y "resucitó" a los gigantes mediante una animación en 3D. De la nada, catorce años después de la explosión, los Budas volvieron espectralmente al lugar en el que habían permanecido por quince siglos.

Hace unos meses, la hoguera de Notre Dame volvió a excitar nuestro impulso conservador, aquello que alguna vez Jacques Derrida bautizó como "mal de archivo". ¿Cómo se devuelve a la vida a una aguja caída, a una gárgola? "Con una impresora 3D", contestan algunos. En efecto, la firma holandesa Concr3de (especializada en restauración de patrimonio cultural por esta vía) ha planteado revivir las centenarias gárgolas de Notre Dame imprimiéndolas en resina. Para que el efecto de realidad sea completo, planean usar una mezcla de resinas y cenizas del edificio quemado. Eric Geoboers, codirector de la firma, explicó: "Vimos el colapso de la flecha y pensamos que podríamos ofrecer una manera de combinar materiales antiguos con nuevas tecnologías para acelerar el proceso. Así, recrear y crear una catedral que no es solo una copia del original, sino una catedral que mostraría con orgullo su historia estratificada".

Con todo, detrás de cada uno de estos ademanes sobrevuela la conciencia del extravío. La certeza de que todo lo hecho, por bello o significativo que sea, vive bajo amenaza de desaparición. El anillo de Brontë habla de eso, Notre Dame habla de eso. Hoy o mañana, un atentado, un accidente, un simple olvido, pueden terminar en segundos con todo.

"¿Cuál es el sentido de los rituales de recordación?", se pregunta Faur. "Casi siempre se trata de que quienes murieron no mueran dos veces. Que el odio, los ataques o las bombas no destruyan una de las únicas cosas que nos hace humanos: la posibilidad de recordar. De no dejar morir la historia. Y eso habla de quiénes somos. Porque no se trata de vivir llorando las tragedias, sino de aprender". En palabras de Primo Levi, "si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede repetirse, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también". Y ahí está el hueco en Bamiyán para recordarlo.

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