
Argentinos sin ley: la cultura de la transgresión
Con distintos niveles de responsabilidad y exponiéndonos a riesgos diversos, los argentinos nos habituamos a vivir más allás de las normas. Los porqué de este fenómeno
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Verano 2006. Día soleado en Pinamar. Una avioneta contratada por Rentas de la Provincia de Buenos Aires recorre de punta a punta las playas del balneario bonaerense con carteles y consignas instando a pagar los impuestos. Un turista de unos 45 años apunta desafiante hacia el cielo su dedo mayor en señal de fuck you, ante la risa y aprobación generalizada de sus vecinos de carpa.
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Callao y Rivadavia, justo enfrente del Congreso. Una guardia urbana del Gobierno de la Ciudad corrige a un peatón porque comienza a cruzar la avenida antes de que el semáforo lo habilite para hacerlo. Molesto, el hombre de traje increpa a la empleada municipal: "En lugar de decirme algo a mí, por qué no intervienen cuando los piqueteros cortan la avenida y no nos dejan circular".
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Estación de peaje en la Panamericana. Filas de más de quince autos en cada cabina y el tiempo de espera supera muy ampliamente los dos minutos en vías exclusivas para automóviles a los que se compromete la empresa por contrato. Superado ese tiempo, se debe dejar pasar a los autos sin abonar, pero en las cabinas nadie levanta las barreras. Indignados, los automovilistas hacen sonar sus bocinas, alguno incluso logra "chuparse" al auto de adelante para no pagar. Otro peaje, en la ruta 2. Llegan autos que no tienen las luces encendidas; tampoco se usa el cinturón de seguridad. La policía no actúa, no dice nada, no sanciona, ni siquiera se acerca a la ventanilla para hacer una recomendación.
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Cariló. Los cuatriciclos se adueñan de los médanos: adultos, adolescentes y chicos corren enloquecidas carreras sobre la arena. Otros niños y sus padres cruzan aterrados (ni pensar en quedarse ahí) mientras los vehículos pasan a toda velocidad alrededor de ellos. En la playa, donde antes había sombrillas, ahora se ve a un lado y al otro una interminable hilera de 4x4 estacionadas frente al mar.
El lector seguramente podría agregar aún más coloridas anécdotas a esta lista que describe el ser nacional. Los que llenan un changuito entero en el supermercado, pero van a la fila de las "cajas rápidas" para no más de 15 unidades; los que sacan la basura de día, aunque el horario establecido para hacerlo sea entre las 20 y las 21 horas; los paseadores de perros que raramente respetan el máximo de ocho animales (hay algunos que conducen racimos de más de 13 bichos de todos los tamaños); los dueños de los perros que dan la vueltita higiénica y dejan el regalito en la vereda del vecino; los cuidacoches que se convierten en dueños de la calle ante la mirada distraída de la policía.
Los argentinos parecemos habituados a vivir así, pese al malhumor que nos genera. A veces nos toca padecer las transgresiones de otros (los cortes de calles, las reventas de entradas) y otras veces somos nosotros los que cruzamos en rojo o nos mandamos por la banquina a la derecha, para no quedar atrás.
Todas conductas que benefician a uno, en detrimento del conjunto. Pero la lista de incumplimientos argentinos no se agota en las reglas de convivencia urbana, que sin duda hacen que nuestra vida cotidiana sea mucho más difícil. Leyes como la que vela por el horario de protección al menor en la TV o la que dispone que todos los edificios públicos deben tener acceso para discapacitados se incumplen a diario en forma sistemática.
La Argentina tiene el récord mundial de muertes en accidentes de tránsito. Se pierden más de 10.000 vidas por año, y la mitad de ellas podrían salvarse si simplemente los argentinos cumplieran las normas de tránsito vigentes. "Cuando viajamos a Chile y Uruguay -no a los EE.UU. o Suiza-, respetamos las normas de tránsito como no lo hacemos en nuestro propio país. En este caso, no podemos argumentar que se trata de países con fuertes diferencias socio-económicas o historias muy distintas", advierte Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Nueva Mayoría, en el libro Abogados, percepción pública y Justicia, que recoge un estudio de opinión pública encargado por la Federación Argentina de Colegios de Abogados (FACA). Según este estudio, el 86% de los encuestados considera que la mayoría de la población no goza de los beneficios del Estado de Derecho, porcentaje coincidente con la respuesta de descreimiento en el funcionamiento, la independencia y la igualdad en la Justicia.
"Esto es una evidencia concreta de que la Argentina tiene un problema particular con el cumplimiento de las normas que no puede explicarse simplemente a través de la tesis de que se trata de un país latinoamericano con un nivel de desarrollo intermedio", agrega Fraga.
La propia Constitución Nacional se viola también a cada instante. Por demás elocuente es el título de un artículo -"Inventario sobre el incumplimiento de la reforma constitucional de 1994"- que publicó el constitucionalista y diputado Jorge Vanossi con motivo de cumplirse una década de la reforma de la Carta Magna. Allí Vanossi especifica, por ejemplo, que nunca fue reglamentado el llamado "derecho de resistencia" del artículo 36; que es insuficiente la legislación sobre ética en el ejercicio de la función; que no se han emprendido "acciones positivas" para lograr la pretendida "igualdad real de oportunidades" entre varones y mujeres a la que alude el artículo 37; que no hay reglamentación ni control de la participación económica del Estado destinada a la capacitación de los dirigentes, prevista en el artículo 38, y que no se aplican los derechos de "iniciativa" y "consulta popular" en la sanción de leyes, que fueron consagrados en los artículos 39 y 40, respectivamente.
Además, señala que la Nación sigue sin completar, como indica el artículo 42, la legislación atinente a los consumidores y usuarios, a la competencia, a los monopolios ni a la calidad y eficiencia de los servicios públicos (por ejemplo, el caso de las huelgas en los servicios públicos esenciales); que está trabado el trámite de sanción de la Ley de Amparo y no están reglamentadas las acciones correspondientes a la protección de los denominados "derechos de incidencia colectiva", que son los que protegen el medio ambiente, la competencia, los consumidores, la salud pública y contra todo acto de discriminación.
Listado de incumplimientos
A diferencia de las acciones judiciales tradicionales, éstas benefician a un conjunto de personas. A modo de ejemplo, una organización que trabaja con enfermos de sida podría presentar una demanda para que el Estado provea de medicamentos a todos los enfermos que no tengan recursos suficientes. O, caso real, de una consumidora frente a los monopolios de los servicios: por segundo mes consecutivo a María Sol la factura le llegó con gastos inexistentes y su única alternativa es reclamar a quien le brinda el servicio: no puede, aunque quiera, cambiar de operador.
En la segunda parte de la Constitución, que no se dedica al reconocimiento de declaraciones, derechos y garantías, sino a definir los órganos y funcionamiento de los distintos poderes de la República, Vanossi señala, al menos, 16 claras violaciones. No se ha aclarado por ley el conflictivo tema de la sumatoria o acumulación de votos en la elección directa de los senadores; no se han celebrado los acuerdos ni dictado la ley-convenio de distribución y coparticipación en materia de contribuciones, y lo mismo ocurre con "las asignaciones específicas de recursos coparticipables".
Respecto de los decretos de necesidad y urgencia (a los que el presidente Néstor Kirchner recurrió en sus casi tres primeros años de mandato aún más que el propio Carlos Menem en seis años y medio de gobierno), no se ha dictado la "ley especial" que "regulará el trámite y los alcances de la intervención del Congreso" ni se creó la Comisión Bicameral Permanente que debía convalidarlos, denuncia Vanossi. Tampoco se sancionó ley alguna que reglamente las intervenciones federales en las provincias, especialmente de las dictadas por decreto; y todo el régimen referente al Jefe de Gabinete está contenido en un decreto y no en una ley del Congreso, una situación cuanto menos paradójica.
La lista de violaciones constitucionales que confeccionó Vanossi sigue con las facultades delegadas por el Congreso, que nadie controla por la ausente Comisión Bicameral Permanente; la falta de garantía de estabilidad de los miembros del Ministerio Público y otros temas sensibles para el fortalecimiento institucional argentino.
La responsabilidad de todos los que integramos la sociedad no es igual, en lo que a anomia se refiere. La provocada por la falta o mala reglamentación de derechos constitucionales tiene responsables directos e identificables: legisadores y miembros del Poder Ejecutivo, además de contar con la displicencia de muchos integrantes del Poder Judicial.
Un estudio sobre la situación del Estado de Derecho en el país, realizado por Ipsos Mora y Araujo a pedido del Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires, señala que el 60% de la población considera que el respeto a la ley no es un valor en la sociedad argentina, aunque el 90% piensa que el país funciona mal porque las leyes no se cumplen.
Efecto multiplicador
"Los argentinos deberíamos instaurar un ?día de la legalidad´, en el que todos deberíamos comprometernos a no violar ninguna de las normas que nos rigen. Quizás a partir de ese día nos demos cuenta de que si todos obedeciéramos, todos estaríamos mejor", propone Carlos Rosenkrantz, doctor por la Universidad de Yale, profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Global Law Professor de la New York University (NYU).
Rosenkrantz sostiene que "el problema de toda desobediencia al derecho, independientemente de su envergadura, es que tiene un efecto multiplicador, pues siempre es invocada por los demás como una manera de justificar su propia desobediencia". Es cierto que muchas veces se escucha decir al que evade impuestos que él o ella no los pagan porque el resto tampoco lo hace, o porque el Estado no brinda a cambio buenos servicios.
Para Rosenkrantz, "en sociedades plurales como la nuestra, donde la gente, en general, está en desacuerdo acerca de cuáles son los valores correctos o sobre el mejor modo de interpretarlos, el derecho es la única herramienta con la que contamos para organizar nuestra vida en común". Por eso, para este profesor, "la desobediencia no debe ser vista como una manera de desafío a las autoridades, sino que debe ser concebida como un atentado contra nuestra posibilidad de constituirnos como comunidad".
No está de acuerdo con las razones de Rosenkrantz por las que habría que respetar siempre al Derecho Roberto Gargarella, doctor por la Universidad de Chicago y profesor en la UBA y la Universidad Di Tella, que escribió el prólogo de la reciente reedición del clásico libro Un país al margen de la ley, en el que Carlos Nino analizó el problema de la anomia argentina.
Gargarella sostiene, como Nino, "que los problemas que todavía hoy genera la anomia en nuestro país no se solucionan del modo en que lo sugieren habitualmente liberales y conservadores, es decir, con la ?mano invisible´ o con la ?mano dura´. Algunos liberales consideran que nuestra dificultad con las normas se genera por su abundancia: el problema es que hay demasiadas regulaciones, y el remedio es suprimirlas. Esta visión desconoce que muchas violaciones de derechos (sobre todo, la violación de los derechos de los más débiles) se producen por la ausencia (y no por el exceso) de regulaciones".
Por otra parte, y contra el conservadurismo, Gargarella opina que "los problemas de anomia no se solucionan tampoco con la presencia de una autoridad férrea, que castigue hasta la mínima infracción (como en la ?tolerancia cero´) o que imponga un rumbo firme frente a nuestras indisciplinas y oscilaciones (como ocurre en todo régimen hiperpresidencialista). En ocasiones, es la propia ley -o su ausencia- la que genera injusticias constitucionales y, por lo tanto, resulta moral y jurídicamente exigible desafiar la ley antes que someterse a ella".
Pablo Semán, antropólogo y profesor de la Universidad de San Martín, denuncia que existe un uso político del discurso de anomia. "Hay que reforzar el poder de sanción de los organismos encargados del control y el Estado debe resignificar su autoridad y reconstruir la jerarquía del Estado. No creo que la población argentina sea particularmente amoral -porque al mismo tiempo que aquí no cumple algunas reglas, en otros países lo hace-, sólo que como no recibe sanción, insiste en su conducta".
La construcción de ciudadanía y la superación de la anomia es uno de los ejes centrales de la gestión del secretario de Cultura de la Nación José Nun. Y, dicho de paso, el simple hecho de que fuera esa repartición la que asumió el desafío -y no el Ministerio del Interior o el de Educación, por ejemplo- es en sí revelador de un trasfondo cultural en el asunto. "Hemos concedido un interés prioritario a esta problemática", asegura. Para el funcionario, "es necesario cumplir la ley para convivir juntos y sentirse parte de una Nación, y para ello debemos recuperar la acción tutelar del Estado".
Entre otras acciones oficiales encaradas dentro del programa "Cultura ciudadana y diversidad", Nun menciona la edición de tres libros vinculados con la cuestión de los derechos y su ejercicio, destinados a niños de 5 a 10 años, a adolescentes y a adultos; dos encuentros nacionales de jóvenes realizados el año último y que se repetirán este año; la instalación de los llamados Café Cultura-Nación en 10 ciudades de no más de 40.000 habitantes para realizar tertulias con intelectuales -que promete que este año llegarán a otras 90 ciudades-; además de una serie de conferencias tituladas "Temas argentinos" y "La cultura argentina hoy", en las que se abordaron cuestiones como el valor y significado de "lo trucho", "el buchón" o "el macho" en la Argentina.
El respeto de las normas y el cumplimiento del Derecho no comenzarán mágicamente en el país de un día para otro. Ni de una tragedia para otra, lamentablemente. El desastre de Cromagnon -que reveló incumplimientos y transgresiones tanto del Estado como de simples ciudadanos- no parece haber provocado un autoexamen de conciencia en la sociedad, que sigue apelando más rápido al recurso de poner el problema en el otro.
Inefable postal de la argentinidad: mientras el dueño del auto se atrincheraba puertas adentro del vehículo para que Rentas no se lo secuestrara por deudas pendientes, alguien desde un colectivo le gritó: "Pagá los impuestos, hijo de?". Esta semana se detectaron 1900 casas sin declarar en countries y barrios cerrados de Tigre y Pilar.
La ofensiva de la Dirección Nacional de Rentas sigue generando polémica, pero también resultados: la recaudación impositiva creció en un 105,2% entre 2002 y 2005. Probablemente Santiago Montoya haya llegado a la conclusión de que, si no sobreactuaba un poco, la inercia del ser nacional terminaría ganándole la batalla.
A veces pasa que somos argentinos
Por Mex Urtizberea
Alguna que otra vez pasa que un argentino se roba todas las toallas del hotel cinco estrellas que pagó sin dificultad. Pero peor el que se roba el cenicero de un bar.
De vez en cuando ocurre que un argentino se encariña con el cenicero de un bar y se lo guarda con mano veloz en el bolsillo, pero por lo menos no se cuela en la fila del banco cuando ésta está compuesta mayormente de jubilados que están desde temprano esperando su turno.
A veces puede pasar que un argentino no se ubique último en la fila del banco compuesta mayormente por jubilados que están desde temprano esperando su turno, sino directamente en el medio, con una maniobra tan sutil y aplomada que maravillaría hasta a James Bond, aprovechando la distracción de los demás, sirviéndose de ella. Pero jamás pasó un peaje sin pagar.
Más de una vez puede haber sucedido que un argentino pasó el peaje sin pagar, aprovechando que la pequeña barrera tarda en bajar luego de haber subido para el auto de adelante, haciendo uso del dos por uno, pero al menos nunca en su vida le cambió la etiqueta del precio a un whisky importado por la de uno nacional en el supermercado.
Varias veces ocurre que un argentino cambia las etiquetas de los precios en el supermercado o que llena los bidones de agua con sedantes, pero ¿no fue la otra vez que un argentino, nuestro Chelito Delgado, hizo anular un penal a su favor en México, avisándole al árbitro que no le habían cometido falta cuando cayó en el área, que se tropezó solo? Argentino de punta a punta, nuestro Chelito Delgado. Así somos nosotros, los argentinos. Estamos tocados por la mano de Dios.
De punta a punta
Tantas veces un argentino tapó con barro la patente de su auto para poder transgredir el límite de velocidad máxima en la ruta y no ser individualizado por los radares, pero por lo menos si lo para la policía no lo arregla con unos pesos.
Infinidad de veces un argentino arregló a un policía después de haber pasado semáforos en rojo, doblado en U, girado a la izquierda, estacionado en doble fila, pero nunca en su vida compró un estéreo robado después de que le robaran el suyo y maldecir a este país por su mercado negro de estéreos.
Ya varias veces un argentino ha comprado un estéreo robado en el mercado negro de estéreos, así como otras partes del vehículo, pero al menos jamás evadió pagar los impuestos de su auto.
Alguna vez ha ocurrido que un argentino evada impuestos, pero no que se haya hecho pasar por discapacitado para gozar de beneficios tributarios a la hora de importar un auto.
Una que otra vez un argentino se habrá hecho pasar por discapacitado para gozar de beneficios tributarios a la hora de importar un auto, pero nunca le vendió alcohol a menores.
Cuántas veces un argentino le vende alcohol a menores, pero qué buen ejemplo de lo que es la argentinidad han protagonizado esos dos chicos de doce años que encontraron 1200 pesos en la calle y no se los quedaron para ellos sino que se los dieron al oficial de policía de una esquina cercana para que él intentara devolvérselos a su dueño. Dos niños argentinos, de punta a punta. Así somos nosotros, los argentinos. Que el policía se los haya quedado, sin dar parte a la comisaría, y que todo haya salido a la luz cuando el padre de los chicos llamó a la dependencia para averiguar si se había logrado que el dinero llegase a manos de su dueño, son cosas que pasan, che.
A veces pasa que los argentinos sacan a pasear a sus perros para que hagan sus necesidades en las veredas y allí quedan, sus necesidades, para que los vecinos puedan experimentar lo que es una carrera con obstáculos, como también ha sucedido alguna vez que existan carreras sin ningún obstáculo para alcanzar el título, salvo el obstáculo de que el título, entregado por casa argentina de altos estudios, era trucho.
A veces pasa que los argentinos sacan la basura fuera del horario determinado para sacar la basura, que no sacan ningún ticket o boleta de la computadora de su negocio cuando se hace una venta, que no devuelven un vuelto mal dado por error, pero hubo una vez que un agenciero respetó la compra de palabra de un apostador de la Lotería Nacional que la semana anterior le había encargado un número pero no pasó a retirar el billete, billete que resultó ganador: se lo entregó igual, aun cuando no había sido abonado, y al día siguiente de saberse que era el número ganador de 1.155.000 pesos. Era argentino el agenciero, de punta a punta. Así somos nosotros, los argentinos. Apegados a lo que corresponde. Y si algunas veces no lo somos, si una vez cada tanto no respetamos al prójimo y complicamos la convivencia, si transgredimos de vez en cuando una reglita, pues la culpa la tienen los otros. Nosotros, argentinos.





