
Armas de destrucción masiva, amenaza sin fronteras
Por Irma Argüello Para LA NACION
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El mundo se ha conmovido por el ensayo nuclear de Corea del Norte. Esta noticia conmueve, pero, a la vez, no puede sorprender. El uso de armas de destrucción masiva por parte de naciones u organizaciones terroristas es una amenaza palpable ya pronosticada, que abre fuertes interrogantes respecto del futuro de la seguridad internacional.
La interdependencia global hace que no existan naciones exentas de sufrir las consecuencias, cualquiera que sea la ideología de los gobernantes de turno. Así, se anticipa que los impactos negativos, tanto sociales como económicos y ambientales, desbordarán las fronteras del blanco primario, afectarán el devenir normal de los países y alcanzarán también, paradójicamente, a los propios agresores. Este escenario conlleva una concepción más amplia de destrucción masiva, que trasciende las bajas humanas y los edificios, sus efectos clásicos, para cubrir todos aquellos aspectos cuya disrupción altera el funcionamiento de la comunidad global.
Los datos del informe de Richard Lugar, senador de los Estados Unidos que convocó hace algún tiempo a expertos mundiales para opinar sobre proliferación, cobran especial vigencia en estos momentos.
Los resultados sugieren un riesgo de ataque con algún tipo de arma de destrucción masiva, a alguna ciudad en el mundo, del 50% en los próximos cinco años, y del 70%, en diez. También, que entre 2 y 5 nuevos Estados se sumarían al club nuclear en los próximos diez años. Los hechos indican que Irán será el próximo. Desde el punto de vista del terrorismo, las armas radiológicas aparecen como las de uso más probable, aunque no se descarta la posibilidad del uso de agentes químicos o biológicos. Un dato interesante es que la mayoría de los consultados opinaron que sus naciones no están haciendo lo necesario para conocer, prevenir y prepararse para responder a esta amenaza.
Durante la Guerra Fría, hubo un momento, conocido como "crisis de los misiles cubanos", en que la humanidad estuvo cerca del holocausto nuclear. Pero con el fin de esa época, el mundo asumió la pérdida de relevancia de las armas de destrucción masiva en los futuros conflictos. Sin embargo, no fue así. Por un lado, se puso en evidencia el precario control sobre los vastos arsenales de la ex Unión Soviética, grave riesgo que, en menor medida, continúa. A esto se sumó la aparición de programas clandestinos en países ávidos por consolidar su posición internacional y la entrada en escena de las organizaciones terroristas.
Una cuestión poco conocida es el reporte de incidentes, tales como intentos de compra en el mercado negro, desarrollos propios y usos frustrados, por parte de dichas organizaciones. Otra novedad desalentadora es la oferta al mejor postor de conocimiento específico. Precisamente, se considera que parte del avance de Corea del Norte en materia nuclear se llevó a cabo al amparo de dicha transferencia no declarada de tecnología.
Antes de la irrupción del terrorismo como actor internacional, la comunidad global había considerado las potencialidades de cada Estado y las estrategias antiproliferación se concretaron por medio de tratados y acuerdos multilaterales. En el caso nuclear, el Tratado de No Proliferación(TNP)de 1970, fue el instrumento por excelencia, que dividió a las naciones entre potencias nucleares, autorizadas a disponer de la tecnología para fines bélicos -Estados Unidos, Unión Soviética (hoy Rusia), Gran Bretaña, Francia y China- y no nucleares, que se obligaban a prescindir de ella. Israel, India y Paquistán, nunca lo firmaron; Corea del Norte se retiró en 2003, e Irán fue declarada recientemente transgresora, por su programa de enriquecimiento de uranio. Todas estas naciones, tienen hoy tecnología para armas nucleares.
Con el correr del tiempo, ha surgido la necesidad de adaptar las estrategias a las nuevas circunstancias. El 11 de septiembre incorporó al terrorismo como actor amenaza de primera relevancia; el resultado de la intervención directa en Irak condujo a la necesidad de fortalecer el decaído multilateralismo -con mayor protagonismo del Consejo de Seguridad de la ONU, marco en el que se está manejando la crisis de Corea del Norte- y a la cooperación internacional para la prevención de amenazas.
Una creencia generalizada es que un país periférico como el nuestro, con problemas internos urgentes por resolver y con deliberado bajo protagonismo en los asuntos planteados, está de algún modo protegido. El caso es que el alcance global sugiere una realidad diferente. No se puede pensar hoy una estrategia nacional para ningún país, aislada de lo que sucede más allá de sus fronteras. La seguridad global es un factor clave para sostener todos los aspectos de la seguridad humana. Hechos como la vuelta a los ensayos nucleares, o un eventual uso de armas de destrucción masiva por parte de actores estatales o terroristas, desestabilizan al conjunto de las naciones.
En este sentido, es necesario que nuestro país avance en forma coherente en la línea que privilegia el conocimiento compartido, la prevención y la cooperación para la seguridad global, como un factor imprescindible para la concreción de sus propios intereses nacionales.





