
Asimetrías entre la política nacional y las realidades provinciales
A menudo es injusto incluso hablar de “provincias” como una unidad, dado que existen matices y diferencias no menores en la mayoría de ellas

La diversidad y la riqueza de las identidades provinciales es uno de los atributos más interesantes de nuestro país. Constituye una fuente de pluralismo y heterogeneidad que casi nunca penetra ese muro de valores, debates, mecanismos y obsesiones autorreferenciales que predomina en esta gran y abigarrada metrópoli, sede de la administración central. A menudo es injusto incluso hablar de “provincias” como una unidad, dado que existen matices y diferencias no menores en la mayoría de ellas (por ejemplo, capitales como Córdoba versus Río Cuarto o distritos rurales más aislados, como Traslasierra; zonas montañosas frente a la estepa o, más aún, la costa atlántica en la Patagonia; las costas del Paraná versus la del Uruguay en la Mesopotamia, incluida la influencia de los países limítrofes; Rosario y sus alrededores, Rafaela y la “Pampa gringa” y de Santa Fe capital hacia el norte forman en la provincia homónima tres subconjuntos diferenciados; y Buenos Aires es por definición casi un país o… ¡incluso más de uno!). Además, el peso relativo de los pueblos originarios, de distintas corrientes migratorias y el tipo de actividad económica dominante completan un panorama en el que conviven sin graves tensiones ni conflictos una multiplicidad de culturas y subculturas que, en conjunto, conforman un mosaico variopinto y vivaz. De semejante abundancia de cualidades, estilos, acentos, comidas, colores y opiniones, de este magma tan especial, original y distintivo, emerge esta atractiva y pasional identidad a la que llamamos Argentina y que tanto interés y polémica generó dentro y fuera del ecosistema de las redes sociales en el contexto del último campeonato mundial.
Así, las características, los formatos y las dinámicas de la política nacional tuvieron históricamente poco o nada que ver con lo que ocurre en las provincias, independientemente de la proximidad o lejanía respecto de Buenos Aires. Pero para bien o para mal, grandes liderazgos, fuerzas y partidos políticos nacionales a la corta o a la larga impregnaron, con velocidades y niveles de penetración diversos, contradictorios y cambiantes, las respectivas realidades provinciales. Siempre hubo (y esto hoy es más evidente que de costumbre) una suerte de “autonomía relativa” de lo local o regional respecto de lo nacional. Pero el peso de esto último, fundamentalmente a partir de 1862 y sobre todo de 1880 con la construcción y el fortalecimiento de un Estado moderno, con capacidades crecientes y políticas inclusivas exitosas (en especial la educación pública, el servicio militar obligatorio y la infraestructura física, como los ferrocarriles), se impuso y hasta en ocasiones obstaculizó el desarrollo económico, político y social que potencialmente tenían las provincias.
Los grandes movimientos como el radicalismo y el peronismo redefinieron, más temprano que tarde, el balance de poder político y social, si no en todos, en la mayoría de los estados provinciales. No fue un proceso sencillo ni lineal. A menudo se trató de dinámicas confusas y contradictorias. Pero con la excepción de algunas formaciones provinciales (como en Corrientes con el Pacto Autonomista Liberal, en San Juan con el Bloquismo o en la propia Santa Fe con el Partido Demócrata Progresista), el bipartidismo predominó hasta el inicio (y durante buena parte) de esta etapa democrática comenzada en 1983.
Ese viejo entramado político-partidario sobrevive hasta nuestros días, con la importante novedad que implicó la fragmentación y el debilitamiento de la UCR, la diáspora peronista post 2003 y la irrupción de Pro en los niveles subnacional y local. Ahí residen los retazos del “antiguo régimen”. ¿Se tratará de un inexorable proceso de gradual extinción? ¿O, por el contrario, yacerán allí los embriones, las células madre de un reverdecimiento de la política tradicional, tal vez con formatos, candidaturas y hasta narrativas relativamente innovadoras? ¿Es posible pensar en una suerte de revancha de la desgastada política de los partidos, que aún respira y se afirma a pesar de (y a veces gracias a) la ola libertaria que también experimenta síntomas de evidente fatiga?
En contraste, la política nacional exhibe los despojos de ese tremendo y crucial cataclismo que implicó la irrupción de Javier Milei y LLA. Aunque haya demostrado umbrales significativos de pragmatismo y sensatez para acordar con variados segmentos de la política (sobre todo con el peronismo) y asegurar en estos 30 meses la gobernabilidad, no fue capaz de permear con similar habilidad en el resto del sistema político (provincias, municipios, sociedad civil). Basta observar, a modo de ejemplo, cuántos gobernadores están intentando modificar el calendario electoral para desnacionalizar la dinámica de elección del año próximo y blindar así sus provincias, afinando sus planes con las pretensiones de reelección del Poder Ejecutivo. En el medio, negocian con un viejo conocido, el jefe de Gabinete, Diego Santilli, que casi siempre se presenta con Karina Milei (como para dar más verosimilitud a su estatus), que, con muy pocos recursos, está logrando compromisos fundamentales para sostener la agenda legislativa del Gobierno (aunque con matices), pero sobre todo reforzar la gobernabilidad.

La paradoja queda activada: esos mismos acuerdos llevan al oficialismo a renunciar, postergar o acotar la construcción territorial de redes propias. Esta diferencia entre lo que ocurre en el nivel del país y en el plano distrital ya había quedado plasmada en las elecciones pasadas: la performance de LLA mostró brechas sorprendentes entre los sufragios para cargos nacionales y las elecciones en el nivel subnacional, en especial donde se desdoblaron los comicios. Se mantuvo así la tendencia de 2023, con todas las provincias y casi todos los municipios en manos de autoridades que no pertenecen al partido de gobierno.
Algunos observadores consideran que este desacople entre la política nacional y los distritos provinciales constituye una debilidad relativa de Milei: podría derivar en que la experiencia libertaria sea algo episódico más que permanente o al menos perdurable. ¿Cuán sustentable puede ser un fenómeno basado en un líder, su hermana, funcionarios prestados, una profusa pero indeterminada militancia virtual y una red de alianzas internacionales donde sobresalen Donald Trump, que tiene un desafío clave el 4 de noviembre, y Bibi Netanyahu, que buscará su reelección una semana antes, en ambos casos con panoramas inciertos? Podría argumentarse que fue muy meritorio lo logrado por el Presidente en el contexto de una corrección fiscal tan extrema como sin precedentes y dada su inexperiencia en la función pública. Si lograse su reelección, ¿no tendría oportunidad después de desplegar una estrategia de consolidación y desembarco al menos en distritos fundamentales del desigual mapa provincial? “Si lográsemos el triunfo en [la provincia de] Buenos Aires, y por eso el Colo Santilli es tan importante, el resto de los casilleros caerían casi sin esfuerzo”, deslizó un integrante de la “mesa política”.
Todo terminará de definirse de acuerdo con el resultado de las presidenciales del año próximo. Los outsiders pueden, como demuestra el caso del húngaro Orban (aunque se trate de un sistema parlamentario), perdurar largo tiempo en el poder. O, como ocurrió con Trump primero y Bolsonaro después, fracasar en su reelección, al menos de inmediato. Si el viejo sistema reacciona, se reinventa, aprende de sus errores y muestra una vez más su capacidad de adaptación, el fenómeno libertario será perecedero. Si predomina la inercia, esta sorprendente abulia, las pujas de egos y la dinámica de fragmentación, la ola libertaria tendrá la oportunidad de enraizarse, tal vez con suerte variada, en las napas más profundas de la política real.



