
Batalla cultural no es hacer bullying
Lo que consideran como ese combate es la exacta contracara de la cultura: el reino de la vulgaridad y la injuria; lo que no llegan a ver es que ese palabrerío es tan hueco y contraproducente como los típicos discursos de los políticos, solo traslada el problema de un lado a otro sin solucionarlo
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Vi recientemente en la Metropolitan Ópera de Nueva York una inquietante obra contemporánea: Innocence. La historia transcurre en dos líneas de tiempo: mientras se celebra una fiesta de casamiento, en el mundo de la memoria unos personajes hablan de un hecho traumático que habían vivido una década antes, cuando el hermano mayor del novio asesinó en una escuela, con un arma del padre, a diez compañeros y un profesor.
La novia ignora esos hechos de la historia familiar, por lo cual los padres del novio discuten si es necesario franquearse ante ella y contarle la verdad. El azar resuelve ese debate: como algunos empleados del catering se enfermaron, debieron llamar de emergencia a una moza para reemplazarlos, pero cuando esa mujer llega al lugar advierte que era la familia del asesino de su propia hija en aquella matanza escolar, de modo tal que es ella quien, en la cocina, le revela a la novia aquel ominoso secreto. En el otro plano, los fantasmas de los muertos dialogan sobre el día fatídico y polemizan respecto de los motivos que movieron al asesino: ¿fue simplemente el bullying que le infligían o las responsabilidades tenían alcances más vastos y complejos? Todo este dilema está enmarcado, además, en la imposibilidad de liberarse de un pasado que vuelve, mantiene atrapados a los protagonistas y gravita como una pesada losa que no pueden remover.
Esta ópera se presenta en un teatro de Estados Unidos, una sociedad que sufrió innumerables matanzas de este tipo, pero justo en un momento en que la Argentina empieza a estar atravesada por fenómenos similares. A fines de marzo un adolescente de quince años asesinó a un compañero de trece e hirió a otros estudiantes en una escuela de Santa Fe; en las últimas semanas, sucedieron otros hechos violentos e irrumpieron pintadas con amenazas de tiroteos en varias instituciones.
¿Qué mutación se está produciendo en las capas tectónicas de nuestra sociedad para que florezcan estos escándalos? En los años 70 no se llamaba bullying, sino “tomar de punto”, pero era completamente común que en las escuelas los alumnos se ensañaran con algún compañero por su timidez, por sus características físicas, por el color de la piel, por su vestimenta, porque usaba anteojos o porque no le gustaba jugar al fútbol. Ese niño, que era blanco de las burlas, se iba cargando de ira como una pila. En el medio siglo que medió hasta nuestra época, un enorme trabajo pedagógico, una monumental ortopedia social logró que menguaran hasta casi desaparecer la discriminación, el racismo y el bullying en las escuelas.
Pero hubo un momento en que comenzó a decirse que ese trabajo contra la discriminación era ineficaz desde el punto de vista económico, porque implicaba gastos inútiles en reparticiones estatales y porque, bajo la idea de la discriminación inversa, se afectaba la meritocracia y se establecían preferencias abusivas para ciertos grupos que pasaban de ser minorías sometidas a minorías privilegiadas. Fue el momento en que comenzó a hablarse peyorativamente de lo woke. No podemos negar que esa filosofía woke que, en principio, significaba estar alerta frente a cualquier discriminación incurrió en exabruptos, tales como las llamadas “cancelaciones” frente a meras sospechas o hechos confusos de un pasado muy remoto, o la obligatoriedad de que en una serie se incluyeran personajes pertenecientes a ciertas minorías; todo esto era ridículo, pero en lugar de denunciar esas exageraciones se dio un golpe de campana y, en un típico balanceo brusco de la historia, nacieron grupos de ultraderecha que niegan toda garantía a las minorías históricamente marginadas: los supremacistas, nacionalistas, WASP y nativistas.
Los líderes que encarnan estas ideas violentas de ultraderecha, bajo la bandera de no ser cínicos, de oponerse a lo políticamente correcto, son agresivos, despectivos y se encarnizan con sus adversarios y críticos apelando a ironías discriminatorias: deforman los apellidos, los apodan de modo tal de marcar que se tiñen el pelo o que “pifian” en los pronósticos, bromean con alguna característica física, se burlan de las enfermedades y los hábitos de los viejos, llaman “basura” a los periodistas, o incluso se entrometen con la sexualidad, como si tuvieran algún derecho a decidir sobre el modelo de vida del otro. Esa agresividad aluvional empleada desde lo más alto del poder permea en la sociedad y tiende a relegitimar prácticas superadas: es la vuelta del bullying. Si el Presidente de la Nación descuartiza y modifica un nombre, ¿por qué no lo va a hacer un chico con un compañero? ¿Son conscientes estos líderes de ultraderecha del daño enorme que están provocando en las sociedades al homologar conductas violentas de segregación y desprecio a la condición humana? No lo sabemos, lo que sí sabemos es que objetivamente su actitud es reaccionaria y desmantela un trabajo civilizatorio que llevó décadas.
Si a esto se suma que estos mismos líderes quieren facilitar las franquicias para el uso de armas (sobre una noción ya anacrónica del liberalismo del siglo XVII, que atendía a la idea de rebelión frente a un posible tirano), el combo para que broten aquí y allá estos episodios criminales está servido.
Al mismo tiempo, la ópera Innocence nos invita a reflexionar sobre la centralidad de la batalla cultural y sobre qué instrumentos funcionan en esa lucha. En cuanto al valor o la necesidad de operar en el plano cultural, es una tarea indispensable, sin la cual lo económico y lo político se desvanecen. Descuidar ese aspecto fue un error del gobierno de Macri entre 2015 y 2019, tal como él mismo lo reconoció a posteriori. Lo cultural cala en las vigas de la sociedad. Siempre fue así: desde Aristófanes en Grecia, con sus comedias que intervenían en lo público; el Renacimiento y una vuelta a los ideales antropocéntricos después del apagón medieval; Francisco de Zurbarán, con la Contrarreforma y una suerte de pop de lo sagrado; Goya, con los soldados franceses entrando en España; Dostoyevski, conduciendo la mano de su personaje para matar a una vieja usurera y remover un capital estancado; el Pato Donald resignificado por Ariel Dorfman; Borges y Bioy, con su sátira de las masas peronistas; casi toda la obra de Mario Vargas Llosa, hasta llegar a Innocence y su denuncia. No entender que el gran arte opera en una zona del imaginario colectivo donde las meras palabras de los políticos son estériles es ignorar la historia.
Más allá de los valores que estas nuevas derechas intentan imponer, en general malos, está claro que salvo algunos casos excepcionales no hay escritores que adhieran a sus postulados, la colonia artística les da la espalda, no hay un teatro supremacista, los artistas visuales los detestan, los músicos los desprecian. ¿Con quién van a emprender entonces la batalla cultural si no tienen grandes artistas de su lado? Pues bien, es aquí donde aflora la gran sorpresa: como estas corrientes políticas desprecian el arte, al que asocian a la contracultura hippie, a la bohemia y a todo lo improductivo, creen que pueden librar esa batalla con una dotación de agitadores rústicos que machacan en medios orgánicos y en las redes sociales haciendo bullying a sus contradictores. Lo que llaman entonces “batalla cultural” es la exacta contracara de la cultura: el reino de la vulgaridad y la injuria. Lo que no llegan a ver es que ese palabrerío es tan hueco y contraproducente como los típicos discursos de los políticos, solo traslada el problema de un lado a otro sin solucionarlo. Se creen superhéroes dispuestos a cambiar el chip en la mentalidad de la gente mediante el burdo recurso de repetir que las políticas de género son nefastas, burlarse de la identidad “trans” o llamar “viejo meado” a cualquiera que opina distinto. Ese eje, lejísimos de operar con eficacia en el plano cultural, es a la vez patético y perturbador.




