Billetes de plástico
Vale poco, molesta mucho y se nos deshace en las manos. El billete de dos pesos es símbolo de una época tan cercana en lo cronológico como lejana en lo económico: la de la Argentina sin inflación. Sí, eso existió alguna vez.
Al incordio de los billetes de dos pesos se le suma otro bastante más importante: la similitud, a golpe de vista, entre el de cinco y el de 500. Ahí sí que hay un problema, porque además de que entregar un billete de 500 en lugar de uno de cinco es un importante agujero en el bolsillo, uno es una obra de arte y el otro parece cada vez más una mala una fotocopia. ¿Obra de arte? Sí, un jurado internacional determinó hace dos meses que el rectángulo con el yaguareté es el mejor billete del mundo. No está mal, aunque ahí surge el recuerdo de esa insistente frase del presidente Macri: "Si hacemos las cosas bien, en 15 años seremos como Canadá y Australia". Allí, en el norte y el sur del planeta, los billetes son de papel plástico. Limpios, seguros e irrompibles. No se puede decir eso del de 500, por más atractivo que sea su diseño. Perdamos igual las esperanzas de que el Banco Central, que gasta la mitad de su presupuesto en imprimir billetes, se pase al plástico: ya hicieron el cálculo, y no es negocio.










