Marta Sanz. "El debate que trae el Covid-19 es qué significa ser solidario"

Marta Sanz, escritora española y Doctora en literatura contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid
Marta Sanz, escritora española y Doctora en literatura contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid
La escritora española, que sin saberlo anticipó aspectos de la crisis actual en su última novela, rescata el impulso gregario que vincula a los seres humanos y afirma que los países "no son empresas"
Laura Ventura
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4 de julio de 2020  • 00:00

MADRID

El 23 de mayo, Marta Sanz apareció en el noticiero nocturno más visto de España por haber marcado un curioso hito en su carrera: fue la primera autora española en regresar al encuentro, distancia social mediante, con sus lectores. Lo hizo durante la presentación de pequeñas mujeres rojas (Anagrama), su último libro, lanzado pocos días antes de que estallara la crisis por el coronavirus en su país y el gobierno decretara el aislamiento obligatorio. A la expectativa generada por la salida de la novela se había sumado la postergación de la presentación a causa de la pandemia: pasaron más de dos meses entre el lanzamiento y el momento en que sus lectores pudieron, al fin, pedirle una dedicatoria y agradecerle por detrás de sus barbijos.

Marta Sanz, a quien Rafael Chirbes calificó de "superior", también despierta interés en los claustros universitarios. Son muchos los alumnos -y no solo los occidentales- que quieren explorar su universo a la hora de presentar el tema de sus tesis, aunque los profesores estimulen la variedad en los trabajos finales de cada promoción. De todos modos, sus novelas negras, poemas, ensayos feministas (Monstruas y centauras) o textos de autoficción ofrecen una usina fértil de abordajes. Hay en esta ganadora del premio Herralde (Farándula) un imán. ¿Dónde reside este magnetismo? Posiblemente en su destreza para reinventar y exprimir el lenguaje. Hay autores cuyo estilo único deriva en adjetivo. Lo kafkiano es quizás uno de los más emblemáticos. Sanz tiene una pluma tan original que posiblemente su apellido también se invoque en un futuro para referirse a una expresión preciosa, literalmente, que destaca el valor plástico, polisémico, cómico, monstruoso y lacerante del castellano.

Respecto de pequeñas mujeres rojas, la pandemia también demoró su lanzamiento en la Argentina; se espera que pueda estar en librerías cuando el contexto generado por la crisis sanitaria sea más propicio. El libro es la última entrega de la trilogía noir protagonizada por el detective Zarco, un personaje que desafía las convenciones del género. La novela alberga un orfeón de murmullos que recuerdan a Juan Rulfo y varias vueltas de tuerca: la narración explícita de la violencia sobre el cuerpo femenino y la primera aproximación de las letras españolas a la excavación de fosas comunes y la exhumación de los restos de víctimas de la Guerra Civil y el franquismo. Desde su casa, mediante un diálogo telefónico, cuenta a La Nación su experiencia durante el aislamiento obligatorio, analiza a sus personajes y se refiere a la ultraderecha cuya amenaza, de modo sagaz, advirtió en Amor fou.

Estás acostumbrada a estar en tu casa, pero el confinamiento es otra cosa.

Sí, es una sensación tremendamente extraña que experimentamos muchos ante el miedo que nos produce no solo la enfermedad, sino también la paralización de nuestras actividades en un mundo en el que estamos permanentemente produciendo, expuestos y en movimiento para mostrarnos. Desde un punto de vista más humano, menos político, menos económico, me he dado cuenta de que hay una faceta que me encanta de mi trabajo y es el trato con la gente, con los lectores y las lectoras. Ir a un instituto, a un encuentro, a una biblioteca pública, a una feria. Manifestarse y retroalimentarse corporalmente, casi, es lo que me da miedo que podamos llegar a perder con esta pandemia.

¿Estás muy informada, atenta a las noticias, o preferís dosificar la información?

Hay días en que necesito una buena noticia y me engancho a la radio, a la televisión, a Internet. Otros días a lo mejor paso muchas horas sin querer saber nada o intentando pensar en otras cosas. Pero, en cualquier caso, es una situación para mí muy invasiva.

¿En qué sentido esta pandemia global invade tu creación?

Es un momento lejos de ser inspirador, del que yo crea que van a salir grandes libros o poemas o reflexiones sobre el curso de la humanidad. Es un pensamiento invasivo que me hace daño porque hay algo que para mí es muy importante: me cuesta mucho encontrar el tono para hablar de este asunto. Me molesta el tono apocalíptico, el tono chistoso, el tono pueril esperanzado, me molestan todos los tonos. No me siento cómoda dentro de ninguno. Eso, supongo, da cuenta de la confusión que no me toca solo a mí, sino a casi todo el mundo. Esto que estamos viviendo nos ha pillado de improviso.

La frase "Todo se pega menos la hermosura" aparece en tu última novela casi como leitmotiv. Luz, por ejemplo, se cuida de la gripe. Nuevamente, tu poder de anticipar crisis. ¿Qué es aquello que contagia o invade a tus personajes?

Aquello que vincula, para bien y para mal, a todos los personajes es la conciencia de que los seres humanos somos gregarios. Más allá de que nos podamos creer individuos singulares estamos hechos de los pedazos de las personas y de los relatos de aquellos que amamos u odiamos, o las dos cosas a la vez. Las voces de uno contaminan a las de otros. En la novela aparece ese orfeón de mujeres y niños muertos que forman parte de un pasado no resuelto que aún resuena en nuestra conciencia colectiva. Si este libro es político no solamente lo es porque hable de la memoria democrática, sino porque es un libro profundamente literario. Reflexiona sobre los modos que tenemos de narrar la memoria, el amor, la violencia contra el cuerpo de las mujeres en un momento donde impera la noticia espectacular, el vértigo y todos estos bulos [fake news] con los que se está contaminando o enrareciendo este momento ya raro y contaminado por el Covid-19.

Hablando de narrar y del lenguaje, ¿cuál es tu técnica o tu aproximación hacia una retórica y poética tan original?

Intento que en cada libro haya una aproximación diferente al lenguaje pero no puedo evitar ser la que soy, con mis fantasmas y mi idiolecto. En esta novela han sido muy importantes las enumeraciones, el sentido del color, del ritmo y de la sensorialidad. No me siento como el hombre que puso un nombre a los animales. Me parece una actitud un poco confesional y sacramental de la literatura. Sí me siento como una mujer que va tanteando. Opero probablemente a través de la voz de Luz por asociaciones e intento circundar la cosa para utilizar el lenguaje de una manera que no sea autoritaria y que al mismo tiempo pueda ser bella. Opero como si estuviera en el centro del torbellino, por acumulación, por hiperestesia, por saturación de estímulos. y voy recogiendo las cosas que me van llegando para expresar lo que quiero contar. En esta novela es absolutamente crucial el estilo. Jamás trabajo con el diccionario. No trabajo con ninguna palabra que no tenga dentro de mi cabeza.

Otro personaje, Paula, destina sus vacaciones y su tiempo a un proyecto de excavación de fosas comunes. ¿De qué otro modo podemos asumir el compromiso con la memoria histórica?

Paula es un personaje muy representativo de distintas maneras de asumir el compromiso. Hay un compromiso que tiene que ver con la participación activa por la recuperación de la memoria democrática, por descubrir nuevas fosas, pero también es muy importante la recopilación de relatos, sacarlos del silencio. Arrebatarles esa naturaleza fantasmagórica para subrayar la idea de que cuando estamos escarbando en los estratos del pasado lo que estamos haciendo es hablar de nuestro presente. En pequeñas mujeres rojas funciona la metáfora de la fosa como una imagen para expresar ese tipo de lectura reflexiva, que creo que debemos todos operar sobre nuestro pasado. Y también la metáfora de los pájaros, todo el tiempo presente, para hablar de un punto de vista panorámico. Necesitamos comprender las cosas desde lo pasado, lo remoto y lo pretérito, pero también en un plano general y cenital para colocarlas en su lugar y salvarnos del peso terrible de nuestros niños y de nuestras mujeres perdidas.

Resulta llamativo que Zarco está físicamente ausente en esta novela, pero es, a su vez, un protagonista del relato coral que la organiza.

El yo es la primera persona del plural: todos estamos habitados por voces y cuando tomo la palabra estoy hablando por mí, y por todas mis compañeras, y con los relatos de mi madre, de mi padre, de mi abuela y de las polifonías del mundo en el que vivo.

Hay un vínculo complejo, quizá tóxico, entre Zarco y su exmujer. ¿Cómo definís esta relación?

Desde el principio es una relación que se entiende como una relación de poder, donde están todo el rato comportándose como dos boxeadores, uno más fajador que otro, según el momento. Están representando esa concepción del amor totalmente pervertida y perversa que tenemos de él como lucha de poder. Creo que Zarco no daña a propósito, que reconoce su homosexualidad muy tarde y que daña a la compañera que lo ama. Para mí era muy importante presentar a Paula como una mujer fuerte, decidida, resolutiva, comprometida políticamente, racional y con los pies en la tierra, pero que se convierte en una mujer enormemente vulnerable y frágil en el momento de amar. Creo que, en este sentido, todas somos Paula: hemos recibido una educación sentimental que nos convierte en pequeñas cuando nos involucramos en una relación amorosa.

Pensaba en Amor fou, donde describís otra relación tóxica, pero además violenta. El final de esta novela de 2004 fue considerado, para algunos críticos, como distópico. Allí avizorabas una ola de extrema derecha. Hoy se lee con cierta perspectiva, pero cuando lo escribiste no era tan clara en España ni en el mundo esta tendencia. ¿Qué impulsó esta sensación?

Escribí Amor fou como una distopía a partir de una imagen. Fue en una celebración del 12 de Octubre, donde veía ondear la bandera enorme de España en el centro de la Plaza de Colón. Me pregunté qué significa ser patriota, si tiene que ver con los triunfos deportivos y con los cánticos a la bandera o si tiene que ver con la conciencia de la precariedad, con la conciencia de las brechas de la desigualdades que marcan un país. Barrunté un poco la posibilidad de que estábamos reduciendo nuestro compromiso cívico y ciudadano a elementos simbólicos que además lo que hacían era convertir en delincuentes a personas que tenían un compromiso político. Para mi sorpresa me di cuenta luego de que no era una novela distópica, sino una novela realista. Esto no tiene que ver con que sea como la pitonisa Lola, sino que las personas que escribimos observamos y lo hacemos de una manera analítica.

"Una novela negra y política contra la desfachatez de la ultraderecha", dice la faja que acompaña la versión en papel de pequeñas mujeres rojas. ¿Cómo te sentís con esta calificación?

Estoy de acuerdo con ella. Me asustó mucho cuando la derecha y la ultraderecha dijeron que debían empezar a comportarse sin complejos, como si hubieran tenido complejos alguna vez. En el discurso de Vox hay dos grandes demonios: por una parte, ellos siempre se refieren a la ideología de género, a las feministas como si todas tuviéramos rabo, bigotes y fuéramos lesboterroristas, una palabra que han empezado a utilizar de una manera muy insultante; y por otra parte, la ideología de la recuperación de la memoria democrática. Esta es la gran cuenta pendiente de la Transición española. Jamás impugnaría la Transición en su totalidad, pero creo que no se resolvió el tema de la memoria de los vencidos y las vencidas. Todavía lo estamos padeciendo.

¿Pensás que la derecha, tan crítica con el gobierno español en este contexto, se verá fortalecida con la crisis sanitaria y económica?

Aquí no sé si me va a funcionar la bola, pero me planteo dos escenarios posibles. Uno, que me gustaría que no se produjera, y es que la ultraderecha saliera fortalecida porque subraya las incapacidades o malas decisiones tomadas por un gobierno que yo creo que está actuando con racionalidad y con la mejor de las voluntades. Dos, que pasara exactamente todo lo contrario. Que la ciudadanía reconociera el esfuerzo que se ha llevado a cabo desde las instituciones. Espero que en España luego de esta experiencia nos demos cuenta de que no podemos descuidar la joya de nuestro país, que es la sanidad pública. Los países no son empresas. Cuando termine esto, imagino que habrá muchos debates, pero el más importante quizá sea qué significa ser solidario.

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