Bolivia adelantó las internas de la política argentina

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
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15 de noviembre de 2019  • 00:00

Las irregularidades electorales primero y el posterior golpe de Estado en Bolivia adelantó la interna de los dos princicipales espacios políticos argentinos.

En el actual oficialismo anticipó divisiones, conflictos y la discusión sobre el liderazgo indiscutido de Mauricio Macri. En el peronismo puso en revisión el perfil moderado y pragmático de Alberto Fernández, devenido en protolíder del progresismo latinoamericano.

Cambiemos se sacudió anteayer cuando Macri les reclamó enojado y de urgencia a sus socios radicales por haber sacado un comunicado que hablaba de golpe de Estado y contradecía la posición moderada e hiperinstitucionalista del Gobierno, que se negaba a hablar de alteración facciosa del orden constitucional en Bolivia.

Los radicales no se quedaron callados y le retrucaron que no habían sido consultados, lo que obligó a Macri a apelar a la chapa oficial: "Todavía soy el Presidente", los espetó. Así les recordó tanto la característica unipersonal del Poder Ejecutivo, como que el suyo nunca fue un gobierno de coalición. Una herida que sigue sangrando.

Así, lejos de zanjarse la interna que, también se expresa en la disputa por cargos en el Congreso, adelantó los tiempos de la conformación del conglomerado de la futura oposición.

No hay escisiones (aún) pero sí claramente reposicionamientos que atraviesan a todos los partidos del espacio.

El Pro no es ni será el dominio excluyente de Mauricio Macri, que ya no puede apoyarse en su principal soporte conceptual (su inteligencia, sus ojos y sus oídos): Marcos Peña. Ayer no estuvo en la reunión convocada de urgencia de los líderes partidarios, parlamentarios y territoriales de Cambiemos.

Por más argumentos formales que se esgriman, como que Peña no reúne ninguna de las funciones que debían llenar los convocados, su ausencia sólo se explica por el malestar que entre los radicales presentes y los líderes del Pro en plan de emancipación (Rodríguez Larreta y Vidal) hubiera causado su presencia. Hasta ayer Macri nunca había reparado en formalidades para tener a su lado al jefe de Gabinete en toda instancia decisoria.

Es sólo una postal de lo que está en proceso. La interna desatada para ponerle límites a Macri llega a tales extremos que en el radicalismo hacen números para tratar de imponer a un correligionario al frente de la Auditoria General de la Nación, haciendo valer la condición de primer partido de la oposición. Macri le había prometido el cargo a Miguel Pichetto.

No es la única promesa laboral que el radicalismo discute. El titular de la UCR, Alfredo Cornejo, aspira a presidir el bloque partidario y propone (ascender para remover) a su rival interno Mario Negri para que presida el interbloque cambiemita. Pequeño problema: Macri quiere que el PRO ocupe ese lugar y tenía como candidato a Cristian Ritondo. No hay lugar para todos. La salida del Gobierno les hace sentir en carne propia la crisis de empleo.

Macri empieza a comprobar que el calor de las plazas repletas de adherentes no llega con igual intensidad a los rincones donde se empieza a bocetar la arquitectura de la futura oposición. Pero sus desafiantes también saben que ese capital puede seguir dándole dividendos al presidente saliente, sobre todo si el próximo gobierno lo entroniza como su opositor preferido y los tiempos de una nueva bonanza se demoran.

Es apenas una introducción a la novela de cuatro años que se está por escribir y que podría titularse El llano en llamas, si no se hubiera anticipado la magistral pluma de Juan Rulfo. Aunque en este caso no se esperan catástrofes sino conflictos episódicos y fragmentaciones parciales.

Del lado del pero-kirchnerismo, los episodios internacionales no sólo ocuparon la atención y la energía de Alberto Fernández sino que además le permitieron seguir demorando definiciones que prefiere no anticipar. También lo tentaron con el halago de convertirse en líder regional, después de comprobar que el mexicano Andrés Manuel López Obrador prefiere seguir haciendo mexicanismo antes que latinoamericanismo.

La excarcelación de Lula y la caída de Evo Morales pueden ser oportunidades y trampas peligrosas por igual. Así lo viven algunos de los aliados de Fernández menos ideologizados, que ven con preocupación lo que consideran la radicalización de un pragmático y moderado, como siempre se había mostrado y visto el presidente electo.

Un chiste surgido de las entrañas del peronismo circuló por las redes: "En cualquier momento Cristina y el Cuervo Larroque le piden a Alberto que baje un cambio porque lo notan muy radicalizado". No son pocos los gobernadores y los massistas que estarían dispuestos a suscribirlo.

A las puertas del poder nadie romperá su ticket de acceso, pero son muchos los que miran con inquietud el lugar donde quedarán posicionados cada uno y, especialmente, el gobierno que ayudaron a construir. Las urgencias son demasiadas y las demandas, casi infinitas. Y todos tienen demasiado presente cómo les fue a los cultores de la teoría de la prueba y el error.

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