
Borges y las muñecas rusas
Por Alina Diaconú Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Dice la leyenda que en el siglo XIX un poderoso señor ruso llamado Alexei Manontov hizo llevar a Moscú una figura de porcelana proveniente de la isla de Honshú, Japón, para regalársela a su amada.
La figura, que representaba un monje budista, se abría, y adentro había otra figura idéntica, más pequeña.
Tanto gustó esa pieza, que Manontov se la mostró a un artesano y éste, inspirado en la porcelana japonesa, talló en madera de tilo la figura de una aldeana rusa, más ocho figuras idénticas, cada vez más pequeñas, que cabían una dentro de la otra, al abrirse todas por la mitad.
Estamos hablando del artesano Vasili Zvezdochkin y de lo que luego serían mundialmente conocidas como las matrioshkas, las características muñecas rusas. Ellas representan una suerte de maternidad folklórica: mujeres caja vestidas con el famoso sarafan, pintadas con brillantes colores y adornadas con flores, pájaros y estrellas. Cada matrioshka es original e irrepetible. Millones de ellas circulan hoy por el planeta, talladas en madera de tilo o abedul, con diseños actualizados, pero llevando siempre esa singularidad de forma y contenido, esos múltiples "secretos" que albergan.
¿Por qué hablamos de la matrioshka? Porque, al cumplirse sesenta años de la aparición del célebre libro Ficciones, se nos hace imperioso asociar la obra de Jorge Luis Borges en general, y de esas historias en particular -en su construcción literaria- con estas muñecas que se abren a otras muñecas, como los cuentos que contienen otros cuentos, como los poemas que contienen otros poemas.
Juegos con el infinito
Así están estructuradas muchas, muchísimas piezas literarias de Borges. Son cuentos de otros cuentos, que a su vez se derivan en otros, voces que se multiplican a medida que uno se adentra en el texto.
En Borges es muy frecuente la alusión de un narrador a otras narraciones, de un nombre a otros nombres, de una acción a otra acción. Secretamente se va abriendo su texto, como una matrioshka. Secretamente vamos entrando en el interior y allí se generan cada vez más implicancias, más espejos, más laberintos, más sueños, más desdoblamientos, más juegos con el infinito, uno dentro del otro, hasta llegar a la síntesis, a la muñeca más pequeña, tan pequeña que quizá ya sea invisible: nuestra esencia.
El pensamiento de Borges es un pensamiento metafísico.
La metafísica fue definida por primera vez por Andrónico de Rodas. Y la conocemos fundamentalmente por Aristóteles, que la consideró "la ciencia primera" y le dedicó un libro en el que dividió a la metafísica en tres partes: la ontología, que estudia el ser; la teología, que estudia a Dios, y la gnoseología, que estudia el conocimiento.
Sabemos, entonces, que la metafísica es esa parte de la filosofía que se ocupa del ser; que estudia el ser como tal, sus causas, sus principios, que contempla sus propiedades.
Se denomina "metafísica", porque va más allá de lo que puede percibirse con nuestros cinco sentidos. Se ocupa de lo que está más allá de lo que experimentamos en los planos solído, líquido y gaseoso que conforman el mundo físico.
La metafísica, según Santo Tomás, contempla las causas primeras.
Para Kant, ella es el estudio del todo y, en su opinión, se confunde con la ontología.
La metafísica es el fundamento de prácticamente todas las filosofías, de todas las religiones y de todas las corrientes de pensamiento.
En gran parte de los planteos de Borges, para no decir en casi todos, aparece el interrogante metafísico, acorde a su agnosticismo. Son preguntas, perplejidades, que aceptan el ingrediente mágico considerándolo real pero incognoscible por parte del ser humano y de las limitaciones de su mente.
Por eso Borges es tan complejo. Porque, como decía Vladimir Nabokov, "ningún escritor de talla es sencillo".
Vemos, entonces, que igual que en las muñecas rusas, Borges abre y se abre al misterio más y más y cada vez se encuentra con más misterio, que a su vez engendra otro misterio. Pero al introducirse más y más en el enigma, se dirige hacia el núcleo de la existencia, hacia la semilla, que es el ser en sí.
"Soy un fantasma"
Cuenta Borges en El jardín de senderos que se bifurcan del libro "Ficciones": "Ts´ui Pen creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos -sigue Borges-; en algunos, existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma".
Esta es la red creciente o decreciente de las matrioshkas, según se las vaya abriendo o cerrando, según se las haga aparecer o desaparecer una dentro de la otra.
Y vamos a concluir este paralelo entre el mecanismo ficcional borgeano y la subdivisión o progresión de las muñecas rusas, con la estrofa primera y la última de ese poema tan conocido, y sumamente paradigmático de Borges en este sentido, que se llama Ajedrez, y que dice: "En su grave rincón, los jugadores / Rigen las lentas piezas. El tablero / Los demora hasta el alba en su severo /Ambito en que se odian dos colores. / [...] /También el jugador es prisionero / (La sentencia es de Omar) de otro tablero / De negras noches y de blancos días. / Dios mueve al jugador y éste, la pieza. /¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / De polvo y tiempo y sueño y agonías?".
En la idea de Borges, como en el juego de las muñecas rusas, siempre hay algo detrás, algo o alguien detrás de la pieza de ajedrez, de la mano del jugador, del jugador y de Dios mismo.
Ese es el misterio, la pregunta que Borges formula en este poema y en prácticamente toda su obra. Y este es el interrogante mayúsculo, el que quizás todos nos formulemos, y que se llama metafísica.



