Coronavirus. Brasil y los estragos del negacionismo

La sistemática subestimación del virus del presidente Bolsonaro tiene adeptos y la pandemia avanza en un país desconcertado
Marcelo Silva de Sousa
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9 de mayo de 2020  

Caravana de autos en apoyo a Bolsonaro, en Río de Janeiro
Caravana de autos en apoyo a Bolsonaro, en Río de Janeiro Fuente: AFP - Crédito: MAURO PIMENTEL

Pasó tres semanas atrás y al principio no quise creerlo. Los muertos por el coronavirus ya se contaban en centenas, aunque la situación no era tan dramática como evolucionó hasta estas horas. "Está avanzando en dirección a tu casa una caravana de fanáticos de Bolsonaro". Un amigo me llamó para avisarme. En ese momento, el desfile iba por la costanera de la playa de Copacabana y se preparaba para seguir por Ipanema. Decidí bajar a la calle para verlo. Unos pocos locos, pensé, desconfiado.

Me cambié rápido, tomé las llaves y salí disparado con mi perro. Él ha sido, en días de angustias y malas noticias, mi principal cable a tierra. Tras dos semanas de encierro absoluto con síntomas de coronavirus, una vez recuperado, me dio varias veces la excusa perfecta para salir del confinamiento autoimpuesto. Se convirtió en cómplice de varias caminatas frente al mar, que me dejaron sentir el viento húmedo en la cara y disfrutar de una de las (poquísimas) cosas buenas que ha traído la pandemia a Río de Janeiro: el ruido nítido de las olas desplomándose cerca de la orilla. Vivo a metros del mar, en el segundo piso de un edificio antiguo, de pisos de piedra que alguna vez fueron lujosos y hoy están carcomidos por el paso del tiempo. La mayor parte de los días de coronavirus, con las calles semivacías, solo se escucha el ruido de los árboles meciéndose con el viento. Pero en ese momento, cuando me acercaba a la costanera, percibí un ruido extraño.

A lo lejos se acercaba una caravana. Los pocos locos eran en verdad cientos. Conformaban una fila inmensa de buses, autos, motos y camiones. La mayoría de sus ocupantes vestía la camiseta de Brasil y nadie tenía barbijo. Uno de los organizadores hablaba desde el segundo piso de un bus. El hombre, pelo rapado y gesto rabioso, atacaba al periodismo. Acusaba a los medios de comunicación de crear miedo, de inventar una fantasía alrededor del virus. "¡El pueblo quiere trabajar! ¡Reapertura de comercios ya!".

Se viven días extraños en Brasil. Mientras los números de contagios y de muertos por Covid-19 crecen a un ritmo cada vez más acelerado, Río de Janeiro y otras ciudades del país se han convertido en terreno fértil para otra pandemia, la del virus del negacionismo. Ambos males parecen contar con un gran aliado: el presidente brasileño Jair Bolsonaro. Con su discurso anticientífico, el líder ultraderechista ha arremetido contra la verdad desde la llegada de la pandemia. Repitió hasta el cansancio que no hay que temerle a la Covid-19 y que es momento de volver a la normalidad, preocupado apenas por la economía. Con su irresponsabilidad, fomentó en sus seguidores conductas temerarias que colaboran con la diseminación de la enfermedad.

Las grandes tragedias o momentos críticos revelan el verdadero carácter de las personas. Los políticos no están fuera de esa regla. Lejos de bregar por la unión de los 210 millones de brasileños y convertirse en el gran coordinador de esfuerzos contra el virus, Bolsonaro aprovechó el momento crítico para sumar más confusión y temblores.

Primero, les dijo a sus ciudadanos que no había que temer porque se trataba solamente de una "gripecita". Libre de preocupaciones sanitarias, entonces, se enfocó en pelearse con el Supremo Tribunal Federal y con el Congreso. Una vez que la presión por el avance de la pandemia creció, comparó a la enfermedad con una "lluvia" que moja y luego se va. Otra vez en su modo bélico, el excapitán del ejército siguió peleándose con alcaldes y gobernadores, a quienes acusó del desastre económico que vendrá. Entonces sí, fue momento para que insistiera con que había señales de que el virus se estaba yendo, pero ya había más de dos mil muertos y todos los indicadores mostraban lo contrario. Y la enfermedad siguió expandiéndose. Y Bolsonaro ordenó sus prioridades y decidió que era momento de despedir a su popular ministro de Salud, Luiz Mandetta, en plena subida de la curva de contagios. Los fallecidos crecían. Pero el presidente, inquieto, volvió a generar más turbulencias al pelearse en medio del huracán con Sérgio Moro, un pilar de su gobierno, que acabó renunciando como ministro de Justicia. Para entonces había más de 4000 muertos. Le preguntaron por las víctimas, y Bolsonaro sorprendió al responder que no era "sepulturero" ni hacía milagros. Y los muertos siguieron (siguen) subiendo.

El expresidente Fernando Henrique Cardoso definió al mandatario como "un comandante que no está a la altura del momento". El presidente, en su cruzada negacionista, ha saboteado toda política de contención. Hasta ahora la única receta efectiva para combatir la enfermedad, coinciden los especialistas, es mantener el distanciamiento social, que cada fin de semana Bolsonaro rompe al generar aglomeraciones frente a la residencia presidencial de la Alvorada. Brasil es por estos días un transatlántico que "navega a ciegas", según dijo Nelson Teich, el ministro de Salud, en una confesión aterradora.

Si, como suele decirse, la alegría es patrimonio de los brasileños, Río de Janeiro, cuna del samba y la ciudad más futbolera del país, debe ser su capital. Pero aquí nadie ni nada es inmune al coronavirus. La pelota no rueda más en el mítico estadio Maracaná, escenario de dos finales de la Copa del Mundo de fútbol, listo para recibir a enfermos en un hospital de campaña con 400 camas construido dentro del complejo deportivo. Pocos se acuerdan de que el Sambódromo celebró el carnaval dos meses atrás, con todo el color del desfile más famoso del mundo. Ahora, con los reflectores apagados, el interior de las tribunas se reconvirtió para dar abrigo a indigentes. El Río de la música, la pelota y los bares repletos dio paso a otro muy distinto, lúgubre, de camiones frigoríficos y hospitales de campaña.

"No es momento para ver bares ni playas llenas", dijo Caetano Veloso. En estos días extraños, cientos de médicos, enfermeros y también artistas y líderes vecinales luchan, cada uno con sus armas, para proteger vidas. Referentes de la cultura asumen el liderazgo. Fica em casa es el pedido que se expande en las redes sociales, en lives de Instagram, conciertos de YouTube y charlas debate por Zoom. Wallace Pereira, líder vecinal de la Rocinha, mayor favela brasileña, me explicó que muchas personas mantienen su vida normal dentro de la comunidad, un gigante de casas de encastradas como un enorme tetris sobre el morro. Hoy el trabajo de Pereira, que además de ejercer su papel comunitario tiene un pequeño negocio de mantenimiento de piletas, es convencer a vecinos de que lo que dice Bolsonaro no es cierto. "Las deudas se acumulan. Pero sólo si seguimos vivos vamos a poder pagarlas".

El virus negacionista no está sólo en Bolsonaro y en sus fanáticos más radicalizados. Lo encontré también en una pareja que caminaba despreocupada por la costanera, un viernes de pandemia. Debían de tener unos 60 años, ella llevaba anteojos de sol y él, con una barba gris tupida, tenía unos auriculares que le colgaban de la remera. Los dos estaban sin barbijo. Lo vi, también, hace unos días, cuando un adolescente, tez morena, muy flaco, andaba por la calzada de la playa y, de golpe, miró a los lados y al no ver ningún policía entró en la arena, avanzó hasta el mar, se sacó la remera y entró al agua. Apareció, en otra ocasión, dentro de un supermercado, cuando hacía compras y me sorprendió la voz ronca de un cliente, un hombre alto, pelo gris revuelto, que comenzó a gritar al ser abordado por la seguridad que le pidió que se retirara porque no llevaba barbijo, obligatorio por decreto. "Es anticientífico, ustedes están locos", bramaba mientras caminaba hacia la salida.

Con la expansión del coronavirus sobrevino un renovado interés por algunos libros. Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, es uno de ellos. Algunas situaciones de la novela del portugués, publicada en 1995, guardan un parecido aterrador con el Brasil de Bolsonaro. Una ceguera blanca y repentina comienza a infectar a la población, mientras el gobierno subestima el contagio; dice que no hay ninguna razón para el "mal blanco" que causa la ceguera; habla precipitadamente sobre una improbable cura e improvisa en el combate a la enfermedad.

Brasil tuvo su primer ciego (o contagiado) a fines de febrero. Fue el primer país del continente donde llegó el virus, importado del norte de Italia, y pudo aprender de lo que ya habían vivido China y varios países europeos. Sin embargo, más de dos meses después, Bolsonaro sigue sorprendiendo al mundo y aterrando a muchos brasileños por sus posturas enfrentadas a la Organización Mundial de la Salud.

A medida que la enfermedad se expande, alimentada por el negacionismo y los recursos limitados del gobierno, en la novela los enfermos son tantos que se encuentran de golpe durmiendo en el suelo y las salas no alcanzan para todos. La ciudad ficticia se convierte en un fantasma. Ojalá estemos a tiempo de reescribir esos capítulos.

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