
Bronce, a tanto por kilo
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Desaprensivos y muy audaces ladrones siguen empeñados en privar a Buenos Aires de cuanto objeto de bronce queda al alcance de sus descarados robos. Ya no se trata de uno o dos hechos aislados, sino de una cadena que ha sido engrosada en los últimos días y cuya subsistencia llama la atención, porque varios de tales latrocinios han sido cometidos en plena vía pública y en lugares muy concurridos.
Al parecer, los reducidores pagan buen precio por cada kilo de ese metal. Oferta que, salta a la vista, ha incrementado la codicia de los delincuentes, a quienes ciertos hipócritas defensores hasta pretenden justificar so pretexto del estado de pobreza, cruenta realidad que, sin embargo, no excusa en modo alguno la comisión de delitos contra la propiedad.
La bronceada oleada delictiva comenzó en los barrios apartados de la zona céntrica. En ellos rapiñó picaportes, cerraduras, llamadores, revestimientos de cajas de porteros eléctricos, tapas de bocas de tormenta y de limpieza de desagües, cables conductores de electricidad, etcétera. Perversa y harto ambiciosa, progresó en busca del Centro, apropiándose -de paso- de las placas conmemorativas enclavadas en estatuas, muros y monumentos o en las bases de cemento asentadas en plazas, parques y paseos públicos. La estatua de nuestro máximo héroe naval, el almirante Brown, fue muestra descarnada de tan ilícita dedicación que para ser llevada a cabo demanda, por supuesto, disponer de falta de vigilancia, de tiempo y de herramientas especiales.
Hace aún no muchos días, fueron arrancados los adornos de bronce que adornaban los frentes del bien conservado palacio San Miguel, en Bartolomé Mitre y Suipacha. Una semana después, la plaga depredatoria arrasó una de las artísticas barandas de la tradicional sede del Club Español, en Bernardo de Irigoyen al cien, pleno barrio de Monserrat y a la vera de la avenida 9 de Julio. Se trataba de una pieza única, forjada en 1911 y de 250 kilos, peso que da fe de que para robarla fue menester todo un auténtico operativo.
Tal vez se trató de los mismos malhechores que, a pocas cuadras de allí, fracasaron en el intento de arrancar una placa fijada a la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, monumento histórico nacional y uno de los escasos testimonios sobrevivientes de la denominada "arquitectura del Estado de Buenos Aires".
Tampoco quedaron a salvo de esa insidiosa codicia los ex votos y los candelabros de la más pequeña de las capillas de la Santa Casa de Ejercicios, edificio del siglo XVIII situado en Independencia y Salta, que es orgullo del barrio de Constitución.
Por el momento, el último saqueo del cual hay noticia fue el de la fachada de la sede de la Sociedad Rural Argentina. Desde entonces, ese muro ha quedado huérfano de la placa de bronce que tenía labrada la imagen de Ceres, diosa de la agricultura, y el lema de la centenaria entidad agropecuaria. Curioso, por así decirlo, es que ese edificio está en Florida 460, arteria que por causa del conflicto entre las autoridades porteñas y los vendedores ilegales debe ser, a la fecha, una de las más custodiadas de la metrópoli.
¿Nadie, ya fuere autoridad policial, residente de los edificios expoliados, vecino o mero peatón, fue testigo de esos y tantos otros robos? ¿Nadie ha podido seguir con éxito la pista de algunos de esos cientos -o miles- de kilos de bronce?
Tamaña ceguera cívica tenderá a agravar, sin duda, la sensación de inseguridad que nos embarga a todos, sin distinción, por causa de la aviesa osadía de los delincuentes.
Ante tanta libertad para incurrir en esos robos y en toda clase de otros delitos que, por cierto, no son de escasa monta, es razonable que la sociedad se sienta indefensa. Motivos más que sobrados tiene, pues, el unánime requerimiento de mayor y más eficaz protección contra las correrías delictivas. Empezando por las de los ladrones del bronce pagado a tanto por kilo, que casi siempre depredan a la vista de quienes quieran verlos.





