
Buenos Aires, hace cien años
Un recorrido por el primer libro para viajeros de la capital argentina permite adentrarse en la intimidad de la ciudad de antaño
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Hace un siglo -para junio de 1901-, los porteños ya vivían un esplendor como para ser vanidosos sin remedio, y desde el año anterior tenían la primera guía importante editada en la ciudad. Fue una excelente edición ilustrada, de 352 páginas, que condujo Agustín Etchepareborda.
Para entonces, los porteños eran adictos a paseos y picnics. Visitaban Tigre y su delta, o en Constitución ponían rumbo al hotel Las Delicias, de Adrogué. La primera hora de viaje en coche de relucientes caballos costaba 1,25 peso y algo menos las siguientes, por ejemplo hasta el pueblo Chas (hoy Villa Urquiza). Aunque los tranvías eran mayoría de tracción animal, el de Plaza Mayo a Belgrano gozaba de uno eléctrico de las varias líneas con trole y cableados. El trayecto costaba 20 centavos y los viajes cortos la mitad. Y el boleto obrero, entre 5 y 7 de la mañana, a 5 centavos. Funcionaba desde las cinco hasta la una de la madrugada. La ciudad lucía espléndida y aún se iba a engalanar más. Crecía a la vez en sus propias entrañas: desde hacía un año, el H. Senado de la Nación aceptó a Carlos Brigth la propuesta de dos líneas de trenes eléctricos subterráneos, una maravilla bajo tierra que se concretó parcial y tardíamente (el tramo Plaza Mayo a Congreso, de la actual línea A, inaugurada el 1º de diciembre de 1913, y a Caballito, un año después). En el proyecto, arrancaba en Chacarita con destino al puerto de Buenos Aires y un desvío debajo de Rivadavia y la Avenida de Mayo. El otro subterráneo del proyecto -sólo se concretó en 1936, cuando nació el Obelisco y murió Lola Mora- buscaba conectar las terminales ferroviarias de Constitución y Retiro.
El esplendor sepultado
La capital argentina sería la cuarta en el mundo con subtes, una de las más limpias del planeta que deslumbró a las encumbradas visitas arribadas para los festejos del Centenario (1910). Esa estampa ahora sólo se redescubre con paciencia y algo de ingenio. El esfuerzo es recompensado al encontrar magníficos edificios que resistieron la voracidad de la piqueta. También gratifica escuchar los relatos de algunos guías turísticos o si se accede a cierta bibliografía que en los últimos años rescató la historia de sus barrios.
Para junio de 1901, en la Buenos Aires iluminada eléctricamente en parte, pero que mantenía todavía el servicio de alumbrado público de gas, Julio Argentino Roca atravesaba la mitad de su segundo mandato como presidente de la República. Desde el exterior había avidez por la Argentina cuando cumplía su primer año de vida Antoine de Saint-Exupéry, que más tarde se enamoraría de este país. El 6 de setiembre sería asesinado el presidente norteamericano William Mc Kinley, reemplazado por Theodore Roosevelt, el "hombre del garrote", como lo llamaron, y que concluyó en Buenos Aires la gira de 1913, precisamente en momentos que los porteños tomaron a su primer subterráneo como el paseo más fascinante de la época.
Cicerone ilustrado
La guía de Etchepareborda salió en mayo de 1900, se llamó Guía de Buenos Aires para el Viajero en la República Argentina, pero la redactaron Florencio Fernández Gómez, que era bibliotecario de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires, y Arturo Pereyra, de la redacción de La Nación . Etchepareborda era en realidad el titular de la librería de la calle Tacuarí 359, fundada en 1858. Su reputación la obtuvo por los libros científicos de sus anaqueles y por ser agente para suscripciones a todos los diarios extranjeros. Entre los distinguidos colaboradores de la guía figuraron Adolfo P. Carranza, director del Museo Histórico Nacional, y Carlos Thays, el incansable paisajista botánico, director general de Paseos Públicos de la ciudad.
El apoyo publicitario era a página entera, como el del almacén de comestibles de Pedro & Antonio Lanusse, de la calle Belgrano 955, o el de la Granja Blanca, de Cangallo (hoy Perón) y Laprida, que ofrecía leche pasteurizada a 15 centavos y diez kilos de hielo a 80. Insertaba avisos distinguidos como el de "Progreso, la peluquería higiénica", de Miguel Ochoa -Santa Fe y Libertad-, o el del joyero C. Fredenhagen -Florida 363-, introductor de perlas, brillantes y relojes Patek Philippe.
Las precisiones de la guía Etchepareborda podrían deslumbrar a muchos de los editores de hoy y nutriría de curiosidades a los memoriosos de la ciudad. Los teatros porteños se acompañan con planos de palcos y plateas numeradas para elegir ubicación. Entre los abundantes entretenimientos figuran cinco "café conciertos", contra la creencia de algunos que dan al "café concert" una partida de nacimiento más reciente.
Resultan curiosas las inventariadas descripciones del poderío bélico de las dos fuerzas armadas, sus naves y armamento (por ejemplo los 160.000 fusiles máuser, 50.000 rémington y 50.000 carabinas, sin contar 20.000 lanzas, 42.000 sables y 6000 espadas en arsenales y usados por la infantería y los 8691 hombres del ejército de línea). En las fotografías se descubre que la escolta presidencial no era de granaderos, sino de coraceros montados con empenachado casco y coraza metálica.
Un almuerzo a 50 centavos
El más ligero repaso a las ilustraciones de la vieja guía descubre edificios que hoy sobreviven con otro destino, como el de la Corte Suprema de Justicia, en San Martín 275, hoy del Banco Central. El estado económico del país puede revelarlo el tratamiento a los inmigrantes -desde 1857 los arribados sumaban más tres millones-, que se describe con detalles de la atención gratuita en el hotel portuario (edificio aún en pie) por cinco días, incluida la atención médica y la alimentación. Figura la cantidad de productos per cápita que intervenían en el menú: 600 gramos de carne, medio kilo de pan, 150 gramos de verduras (coles, zanahorias y papas), 100 gramos de fideos o arroz, 25 gramos de azúcar y 10 de café. Los recién llegados eran atendidos por la Oficina Nacional de Trabajo, que los ubicaba laboralmente.
Las indicaciones para los forasteros advertían que en las terminales ferroviarias y el puerto abundaban los corredores de hoteles, los mozos de cordel y los cocheros, pero -como reza textualmente- también los estafadores y los que "hacen el cuento". De la propina dice estar desarrollada, pero "no tanto como en París", y que las armas están prohibidas con multa policial, pero que no se cumple: "Todo el mundo anda al cinto con revólver o cuchillo". También dice que no es una ciudad peligrosa, que en los tranvías no se permite fumar cuando viajan señoras, ni hay costumbre de hacer colas. Señala dos compañías telefónicas, la inglesa Unión Telefónica y la nativa Cooperativa Telefónica (que se diferenciaba de la otra "por el precio de suscripción más económico"). Recomendaba restaurantes de precio fijo, desde económicas comidas con vino por 50 centavos (como era la tarifa de Los Castillejos, en Tacuarí 450). Sugería las casas de moda (Maisón Carrau, de Florida 301, entre otras) o al peinador de señoras Gadán, en Florida 592.
El recorrido a través de esas páginas por aquella Buenos Aires puede resultar tan atractivo como interminable.





