
Búsqueda laboral: un líder para el país

Cuando le pregunto a mi padre cuál fue el mejor presidente del país, cierra los ojos y la memoria lo lleva al pasado. Abre los ojos y sin dudar dice: “Frondizi”. Es decir, 60 años atrás. Lo increpo nuevamente y le pregunto si realmente no recuerda a otro: “No, porque era un estadista”.
Pareciera que el país estuvo sumido en un letargo donde los estadistas se adormecieron o directamente no aparecieron. Los argentinos nos acostumbramos a decidir sobre la hora todo lo que está relacionado con nuestra vida financiera, porque el dólar de hoy no es el mismo que el de mañana; nos convertimos en economistas para poder distinguir el dólar oficial, el MEP, el blue, el mayorista, el turista, el contado con liqui y la lista sigue. Obvio que también sabemos cuál es el riesgo país. No entendemos bien para qué, pero sabemos que siempre sube. Es que no confiamos en nuestros líderes o aquellos que detentan el mandato formal. Preferimos cuidarnos solos. Tristísimo.
En enero de 1965 fallecía Sir Winston Churchill, el exprimer ministro británico que lideró a su nación a través de la Segunda Guerra Mundial. La noticia del aniversario pasó desapercibida en el país, pero siempre es un buen momento de reflexionar lo que un estadista de verdad puede enseñarle a los seudolíderes vernáculos.
Churchill pudo visualizar el futuro que deparaba al mundo cuando Hitler avanzaba sobre Europa incorporando territorio sin que los líderes del mundo reaccionasen con firmeza. Nunca confió en Hitler y consideraba que el Führer estaba engañando a todos y esperaba su turno para dar un zarpazo. El 5 de octubre de 1938, seis días después del Pacto de Munich, que garantizó la entrega de los Sudetes a Alemania, el primer ministro, Neville Chamberlain se presentó ante el Parlamento para defender el acuerdo. La casi totalidad del Parlamento lo apoyó, pero Churchill tomó la palabra para exponer las que para él serían las consecuencias del pacto y pronosticó los hechos venideros: “Tuvo usted para elegir entre la humillación y la guerra, eligió la humillación y nos llevará a la guerra”. Y así fue. Churchill tenía ideas claras y las defendía más allá de opiniones predominantes. Es que un buen líder no cambia de opinión permanentemente, porque confunde.
Cuando cae el gobierno de Chamberlain, Churchill toma la posta y lidera al país en, tal vez, las horas más complejas y oscuras. En su primer mensaje al Parlamento, dice claramente lo que le espera al país: “No tengo más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” y se comprometió él y la nación de usar todos los recursos hasta que la victoria fuera alcanzada. Un buen líder provee de orientación clara a sus conciudadanos, porque esa orientación permite la serenidad en la tormenta.
Era evidente que Churchill era el único que podía unir y liderar a la nación. Tal es así que el Partido Laborista, a pesar de toda la desconfianza que le tenían a Churchill por sus ideas anti socialistas, consideraron que era la única persona que por su compromiso podría derrotar a Hitler. El gobierno que formó fue uno de coalición que incluía a las diversas ideas de derecha e izquierda. Entre otros, estaban el exprimer ministro Chamberlain, líderes del Partido Laborista y Ernest Bevin, el líder sindical que se hizo cargo del Ministerio de Trabajo. Un buen líder genera aglutinamiento en momentos álgidos, es comprometido e integrador.
El 22 de junio de 1941, Hitler lanzó su ataque a la Unión Soviética. La respuesta de Churchill fue rápida e inequívoca. En una transmisión ese mismo día, mientras negaba revertir sus críticas al comunismo, insistió que “El peligro ruso…es nuestro peligro” y prometió ayudar al pueblo ruso. Desde ese momento, el líder británico tenía como prioridad armar una gran alianza incorporando a la Unión Soviética y a los Estados Unidos. Un buen líder tiene una estrategia clara y es una persona práctica que vence cualquier resistencia ideológica.
Historiador increíble, periodista dotado, Premio Nobel de Literatura. Una persona única, formada y preparada para el destino que le tocó. Tal vez nuestros políticos podrían al menos leer su historia para inspirarse un poco y pensar cómo lograr mejorar como líderes y, por ende, el destino de nuestra nación.






