
Caperucita y el Lobo están de vuelta
Volvieron el viernes 1º de octubre. Los turistas que iban exclusivamente a verlos, las niñitas cumpleañeras que querían sacarse una foto con ellos, todos los que los extrañaban pueden volver a visitarlos en la plaza Sicilia (sobre avenida Sarmiento, llegando a Libertador, mano izquierda, muy cerca de la calesita).
No hubo suelta de globos ni cotillón ni refrescos para celebrarlo, pero sí una pequeña ceremonia en la cual el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño restituyó a la pequeña Caperucita Roja y su amigo el Lobo a su último domicilio conocido, en el parque Tres de Febrero.
Lo de último domicilio conocido no es una ironía. Caperucita y el Lobo Feroz, la creación del escultor francés Jean Carlus, han sufrido varias mudanzas. Un correo electrónico (un e-mail de e-mails , verdaderamente) de la doctora Sonia Berjman, curadora el año pasado de la muestra sobre el arquitecto Carlos Thays, agregó datos precisos a esta afirmación.
El e-mail reúne los recuerdos de Berjman y de dos amigas, Nelly Perazzo, ex presidenta de la Academia de Bellas Artes, y la doctora María del Carmen Magaz, especialista en historia de los monumentos porteños. Escribe Berjman: "Entre los habitantes de la ciudad hay algunos muy especiales: en vez de moverse libremente por el espacio urbano como nosotros, los humanos, se quedan quietos en sus domicilios y esperan nuestra visita. Son los monumentos y esculturas que hacen de Buenos Aires una ciudad-museo al aire libre casi única en el mundo. La Caperucita es una de sus vecinas más singulares; salió de su libro de cuentos para instalarse en un bosque artificial, pero especial para los porteños".
Y a continuación transcribe lo escrito por Nelly Perazzo: "Recuerdo a Caperucita en las barrancas de Belgrano (su primer domicilio). Lucía espléndida, tan blanca contra la barranca verde coronada por la balaustrada. Para mí, era la reina de las Barrancas. Cuando yo era pequeña todavía había clases en los colegios el día sábado; ése era el día que nos iba a buscar mi papá, porque en su trabajo hacían sábado inglés. Volvíamos del colegio Normal Nº 10 caminando hasta nuestra casa. Por eso recuerdo a Caperucita con tanta alegría y con tanto sol. La visitaba el día en que paseaba con mi padre".
Por su parte, la doctora Magaz aclara: "Caperucita Roja y el lobo estuvieron emplazados primero en las Barrancas de Belgrano y luego en la plaza Lavalle, antes de encontrar, en 1972, en el parque Tres de Febrero, su entorno definitivo, integrando el bosque de mármol al verde del parque. Esta obra única responde a la temática infantil que en las primeras décadas del siglo XX, junto con las alegorías de origen grecolatino, ornamentaron las plazas y parques de la ciudad de Buenos Aires. Jean Carlus esculpió de manera romántica a la ingenua niña y el lobo que la acecha. Es un grupo escultórico para recorrer, descubrir los infinitos detalles artísticos de la obra y permitirnos un momento de fantasía en medio de la acelerada vida de la ciudad".
Por fin, un recuerdo personal y una última reflexión. Hace años, el padre jesuita Marcos Pizzariello tenía una audición en Radio Municipal, que se llamaba "Tres minutos con usted". En una ocasión, dijo una frase inolvidable: "Si la fiera no ruge, el ángel no canta". El reverendo padre se refería a esa extraña conjunción que es el ser humano, con un costado oscuro, detestable a veces, y otro luminoso, casi angelical. Como los dos personajes del cuento infantil: uno define al otro, y los dos están eternamente unidos, en el arte y en la vida. Quizá por eso, la niña blanca (más blanca ahora, que los expertos de Monumentos y Obras de Arte le han devuelto parte de su antiguo esplendor) no se muestra sorprendida de encontrarse con el lobo. Y el lobo sonríe (¡sí, sonríe!), con expresión seráfica. © LA NACION







