
1

Estábamos en verano, por la tarde y a la hora de la siesta. Con mi primo habíamos ido a andar en bicicleta por el barrio. Yo pedaleaba a toda velocidad, como si fuese una liebre que un cazador perseguía. Una brisa cálida me pegaba en la cara y me empujaba el pelo hacia atrás; el pecho me palpitaba; un constante bum, bum sonaba en mis oídos y el sol brillaba con la intensidad de un día de enero. A esa hora teníamos las calles para nosotros solos.



