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Mi viejo veía el resplandor del metal en la acera y parábamos la moto. Ahí yo me encargaba de hurgar con el destornillador hasta sacar la pieza encajada que guardaba en el frasco. A veces, cuando eran muchas, el viejo subía la motoneta a la vereda y me ayudaba en el rescate. Yo le mostraba cada pieza y él dictaminaba si valía la pena. Algunas tenían la rosca gastada o estaban rotas, pero eran las menos. Con los años aprendí que los autos y camiones simplemente las perdían, se les aflojaban en el traqueteo de las calles empedradas y se les caían en la avenida por pura ley de gravedad.




