Argentum
Muchos expertos han sido duros con Argentum, el show de la gala del G-20 en el Colón. Más allá de elogios al contenido musical y a la exuberancia técnica, consideraron que la escenografía (dos bloques cuadrados) era pobre, y la coreografía, "liviana"; que a los bailarines les faltaban horas de ensayo; que el espectacular paneo de las distintas regiones del país mostró recursos naturales, pero omitió los humanos y culturales ("se vieron paisajes, no personas"); que el vestuario parecía sacado de una película de Travolta; que no se lució la extraordinaria acústica del Colón... Lo notable es que estas críticas convivieron con un sentimiento generalizado, tanto en los que estuvieron en el teatro como en los que siguieron la gala por TV: la emoción. El show llegó a conmover, muchos hablaron de "piel de gallina" y no solo al presidente Macri se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿A qué se debe este contraste? Los expertos tienen sus razones; el común de la gente, las suyas. Argentum logró tocar una fibra especial (¿la exaltación de "lo nuestro"?), y esa pulsión del espíritu se justifica por sí sola, aun frente a los reparos de la academia.

El que no se rinda ante al goce suscitado por una expresión artística que tire la primera piedra.









