
Cavallo: el optimismo y la ambición
LA Argentina vegeta en medio del pesimismo. ¿Podrá Cavallo contagiarle su optimismo? Esta pregunta, aparentemente psicológica, es sin embargo la principal pregunta económica que podríamos plantearnos.
Del optimismo...
Lo que distingue a un optimista de un pesimista no es que, en tanto aquél cree que las cosas irán bien, éste imagina que irán mal. Al optimista y al pesimista no los separan sus pronósticos. La raíz indoeuropea de la palabra "optimista" es op, que da una idea de "actividad". De ella provienen las palabras latinas opus y opera, "obra", y operarius, "operario" o "trabajador".
Lo que nos dice la etimología es que el optimista es, por lo pronto, un "operador", un ser activo. Esto no excluye de su parte la posibilidad de un pronóstico que algún observador superficial podría encontrar "pesimista". No es optimista quien entrevé un futuro de rosas sin espinas. En esta categoría entra el delirante. Al contrario: en el momento de evaluar las posibilidades de una situación, el optimista es realista, casi escéptico. No se hace ilusiones. Y no puede hacérselas porque, siendo una persona activa, tendrá que internarse muy pronto en la selva de los hechos, de las cosas.
Lo que caracteriza al optimista no es entonces su pronóstico, que puede ser "optimista" o "pesimista", según el margen de acción que perciba en la realidad, sino su disposición de ánimo. Lo que distingue al optimista es que está dispuesto a aprovechar las muchas o pocas oportunidades que le ofrezca la realidad. No se siente ajeno a la ecuación de las circunstancias que lo rodean. Se siente parte de ellas y está dispuesto a sacarles, ya sea mucho o poco, el máximo partido. La mejor exhortación al optimismo que conozco es, en ese sentido, una advertencia del filósofo Robert Nozick: "Que tú existas, hace una diferencia". Porque la escribirás tú mismo, tu biografía te espera.
Tampoco el pesimista es aquel cuyo pronóstico lo es. Un pesimista puede pensar que las cosas irán bien. Lo que lo caracteriza no es su pronóstico bueno o malo sino el hecho de que no se siente parte de su circunstancia porque otros, supone, la manejan. Si piensa que estos otros pueden favorecerlo, tendrá expectativas positivas. Si piensa lo contrario, esperará un desenlace negativo. Un caso típico de este pesimismo profundo, estructural, es nuestra actitud frente al mundo desarrollado. Creemos depender de él. Los pesimistas "favorables" suponen que las acciones de ese mundo, ya sean del Tesoro norteamericano o del FMI, tienden al bien de la Argentina. Este fue el perfil de la reacción argentina ante el "blindaje": como con él los poderosos han demostrado que nos quieren bien, todo saldrá bien.
Los pesimistas "desfavorables", en cambio, suponen que los Estados Unidos y el FMI quieren explotarnos y en esta sospecha reside su "antiimperialismo". Pero tanto los pesimistas favorables como los desfavorables delegan nuestro futuro en inalcanzables actores.
Unos y otros son, en el fondo, pesimistas, porque no se sienten los actores de sus circunstancias. El mundo, para unos y otros, es ancho y ajeno. Y si lo es, aun los que albergan expectativas favorables son en último análisis pesimistas porque, si el mundo es ancho y ajeno y las cosas se hacen sin ti, lo que se hace sin ti se hará, tarde o temprano, contra ti.
Lo que define a Cavallo como un optimista no son sus ideas acerca de la realidad sino esa acción vertiginosa a la que nos tiene acostumbrados. Va y viene, viaja, exhorta, pelea, empuja y nunca se rinde porque su vida refleja el famoso dicho de Richard Nixon: "Hay una sola manera de ser derrotado: declararse derrotado". Cavallo es, por definición, un operador.
¿Cómo podría contagiar el de nuevo ministro de Economía su optimismo al resto de los argentinos? Convirtiéndolos en protagonistas de sus propias vidas. Por décadas, el Estado se ocupó de nuestro trabajo, de nuestros negocios, de nuestra vejez, hasta justificar la irónica exclamación con la cual Alexis de Tocqueville vaticinó en el siglo XIX lo que sería el Estado Providencia del siglo XX: "Se ocupará de lo que hasta su advenimiento se ocupaban los individuos. ¡Qué lastima que no podrá quitarles enteramente la molestia de pensar y el trabajo de vivir!" No sólo los trabajadores y los desocupados, también los grandes y pequeños empresarios dependieron de que nuestro Estado les fuera favorable o desfavorable. Si el Estado se retira, bajando impuestos y dejando oportunidades de negocios e inversión en manos del sector privado, estará a invitando a cada uno de los argentinos a tomar las riendas de su propia vida. No los volverá automáticamente optimistas, pero les dará la dorada oportunidad de serlo.
...a la ambición
No bien Cavallo propuso su proyecto de ley de competitividad, se produjo una sugestiva división entre los argentinos. La gente, hambrienta de optimismo, urgió al Congreso que lo aprobara cuanto antes. El 74 por ciento de las casi treinta mil personas que participaron del "televoto" el último jueves, se pronunció en tal sentido. Pero la clase política se erizó de dudas y cuestionamientos.
¿De dónde provino esta división entre la gente y sus representantes? Quizá de que, en tanto la gente olfateaba en Cavallo la carga de optimismo que el país necesita, los políticos intuyeron el otro rasgo que caracteriza al ministro: su ambición.
Quienes no ven tanto al Cavallo optimista cuanto al Cavallo ambicioso se preguntan con cierta lógica si, después de que el Congreso le conceda las facultades extraordinarias que pretende, éste no abusará de su nuevo poder.
Hay algo inquietante en la ambición. Veamos sino cómo la define el diccionario: "Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama". La palabra "ambición" proviene de la raíz indoeuropea ei, "ir". El ambicioso, va. Pero no de cualquier manera. VaÉ ardientemente. El latín ambire significa "ir en torno de", correr en círculos dentro de un "ámbito" en pos del objeto deseado como los pieles rojas cabalgaban impetuosamente alrededor de las míticas carretas.
Pero la ambición no es en sí necesariamente condenable. El Episcopado acaba de exhortar a los políticos, en estas horas difíciles, al renunciamiento. ¿Pero qué sería un político sin ambición? El político se define, al contrario, por su vocación de poder. Después, una vez que lo consiga, hará con él cosas siniestras como Hitler o elogiables como Roca o De Gaulle. Sea cual fuere su conducta final, en todo caso, ningún político subsistiría como tal si se le amputara la ambición de poder.
La tesis central de un libro clásico, La fábula de las abejas , de Bernard de Mandeville, que fue el precursor del liberalismo económico a comienzos del siglo XVIII, es que las abejas, contra lo que se piensa, son egoístas. Lo que las vuelve industriosas y útiles no es su ausencia de ambición sino la adecuada organización de la colmena, que logra que los "vicios privados" del egoísmo se conviertan en "virtudes públicas" gracias a reglas sabiamente elaboradas. Bienvenida sea la ambición de los políticos, siempre que la república encuentre en sus instituciones la red de canales que, impidiendo que se desborde, oriente su impetuosa corriente hacia la presa dadora de energía o hacia el riego vivificador.






