Cerrar la grieta no es pensar todos igual

Fernando A. Iglesias
Fernando A. Iglesias PARA LA NACION
El reclamo de que deberíamos unirnos y "tirar todos para el mismo lado" pierde de vista que en una sociedad conviven proyectos diferentes de país y que lo que debe unirnos es el respeto al pluralismo y a las instituciones
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6 de mayo de 2016  

El plan del Gobierno para cerrar la grieta parece no estar funcionando. Lejos de haberse pacificado, la Argentina vive aún una densa atmósfera de crispación. Los periodistas siguen siendo agredidos. La mesa familiar y las redes sociales siguen sirviendo de campo de batalla. Los actos de micromilitancia están a la orden del día. Vuelan huevos y escupidas. Venerables ancianos insultan al aire en airados programas de TV.

Es cierto: ha pasado poco tiempo, el odio derramado ha sido mucho, la situación económica no ayuda y los humores sociales no suelen cambiar de la noche a la mañana en ninguna parte; mucho menos, aquí. Sin embargo, el fracaso provisional del objetivo de unir a los argentinos puede ser una buena oportunidad para reflexionar sobre su pertinencia y factibilidad.

Y bien, la idea de la grieta evoca la desunión de lo que debería estar unido, y que la grieta separa. Por eso cada vez que sube el tono del debate político el éter y el espacio virtual argentinos se llenan de bienintencionados llamados a bajar los decibeles en honor a la concordia y la unidad. Es una idea argenta, que se deriva de una de las muchas excepcionalidades descendentes de nuestra sociedad, pero que sonaría extraña en la mayoría de los países democráticos del planeta. En los Estados Unidos y Europa, por ejemplo, los candidatos de un partido critican duramente a los del otro, y viceversa. Lo llaman democracia, incluso, y a nadie se le ocurre que limitar la intensidad de las polémicas que genera sea condición de la unidad nacional. Aquí, no. Aquí si criticás duramente a tu antagonista político o mencionás episodios poco honorables de su pasado sos considerado ipso facto un enemigo de la nacionalidad.

La pregunta es ¿por qué? ¿Por qué creer que un debate político fuerte, ese mismo que tanto costó recuperar después de la más horrible de las dictaduras, pueda atentar contra la democracia? ¿Qué nos lleva a creer que una polémica política desarrollada en el marco democrático puede dañar la unidad nacional? No se puede contestar a estas preguntas sin definir qué debería unir a los argentinos; que es lo mismo que definir qué es la grieta y por qué separa que no debería separar.

Quienes creen que un debate político fuerte tiende a dividir a la sociedad tienen bien claro lo que debería unir a los argentinos: un proyecto común de nación. Tiremos todos para el mismo lado, exclaman. Pongamos el país delante de los intereses sectoriales, proponen. La bandera, más allá de la derecha y la izquierda, de los partidos políticos y las ideologías, la bandera nacional, disponen. Olvidemos lo que nos separa, en suma, en beneficio de nuestro querido país. Suena muy lindo, pero es la mismísima raíz del mal. Simplemente, porque como cualquiera que haya arrastrado un mueble por el piso sabe, para tirar todos para el mismo lado es necesario ponerse de acuerdo primero sobre para cuál lado tirar.

¿Habrá que insistir, unidos y organizados, con la redistribución de la riqueza, el país en serio y la nueva política, aplicando métodos K? ¿O acaso se trata de que cambiemos y logremos pobreza cero, derrotemos al narco y unamos a los argentinos, siguiendo la metodología Pro? ¿Cuba o los Estados Unidos? ¿Venezuela o Chile? ¿La Europa de ayer o la de hoy? Cualquiera que lo piense un poco comprende enseguida que el país con el que algunos sueñan puede ser una calamidad para los otros, y que lo que es excelente para aquéllos (la ley de medios y el acuerdo con Irán, de un lado; el levantamiento del cepo y la visita de Obama, del otro) es una abominación para los de más acá. En otras palabras, que es imposible tirar todos para el mismo lado porque queremos tirar todos para lados diferentes, de acuerdo al modelo de país que preferimos o que nos conviene más.

No hay nada que temer, ni misterio del cual asombrarse. Sucede en todos los países democráticos del mundo. Se llama pluralidad y no atenta contra la democracia, sino que es su misma condición. Por el contrario, es el objetivo incumplible de abolirla y que todos tiren para el mismo lado el que ha constituido la antesala del infierno y el camino a la desunión. Es la idea de un país unificado por un modelo político la que ha abierto repetidamente la grieta que hoy resulta tan difícil de cerrar.

Y no se trata de un concepto abstracto, sino histórico. Lejos de constituir el fundamento de la unión, la nación uniformizada detrás del ser nacional y el modo de vida occidental y cristiano del Partido Militar, por un lado, y la comunidad organizada por la identidad nac&pop del Partido Populista, por el otro, han sido responsables de las mayores tragedias nacionales, que han incluido sangrientas batallas por imponer la propia concepción a todos para que todos tiremos para el mismo lado. Es de esto que hablan quienes aún hoy hablan de "proyecto nacional"; como si hubiese uno solo, el de ellos. Es de allí que han nacido la manipulación de la información, la persecución ideológica, la apropiación del Estado, la violencia política y hasta el exilio y la desaparición forzada de quienes no quisieron plegarse a los supuestamente unánimes modelos nacionales que una y otra vez jalonaron nuestra decadencia como sociedad.

Fue el partido único, militar o populista; fue la ambición parcialmente cumplida de establecer un régimen en el que sólo un partido pudiera gobernar, lo que abrió la grieta; la tentación de poseer el monopolio de la acción política legítima, para decirlo con las palabras que Hannah Arendt eligió para definir a la tiranía. Por eso la grieta sólo podrá cerrarse, si se cierra, el 10 de diciembre de 2019, cuando Mauricio Macri se transforme en el primer presidente no peronista que termine su mandato, más de 80 años después de su inmediato antecesor: Marcelo T. de Alvear.

Por otra parte, la Argentina no sólo ha sufrido de sus divisiones, sino de sus delirios de unanimidad: la Revolución cueste-lo-que-cueste de los setenta; la represión porque-algo-habrán-hecho que la siguió; la "gesta" de Malvinas y sus víctimas inocentes y desarmadas del patrioterismo de los demás. Finalmente, la orgiástica alucinación colectiva del "un dólar-un peso" en los noventa y la deslumbrante década ganada que surgió de su debacle.

Y si no es el proyecto de país, ¿qué debería unir, entonces, a los argentinos? La respuesta surge sola, límpida, de lo anterior; es decir, de las reiteradas hecatombes que nos ha procurado el concepto totalitario de "tirar todos para el mismo lado". Lo que debería unir a los argentinos, y no nos une, es lo mismo que une a los ciudadanos de todos los países democráticos: el respeto de la Constitución en el marco de una sociedad pluralista que persigue diferentes y hasta opuestos modelos de país; una sociedad que acepta y hasta promueve un fuerte debate sobre ellos que no se zanja tirando todos para el mismo lado sino respetando las leyes y las instituciones que regulan el conflicto político y social. Quienes no lo hacen son los que mantienen abierta la grieta. Quienes los denuncian, los que intentan cerrarla de la única manera en que es posible hacerlo: con la ley.

Por eso la idea de unir a los argentinos es un buen propósito del que no es razonable esperar una concreción inmediata. Aún más, la grieta que divide al país nunca podrá ser cerrada mientras haya un sector minoritario, pero importante que se considere el único representante del pueblo y de la patria, relegando a los demás al rol de traidores a la nación. La grieta no puede cerrarse ni se cerrará mientras algunos sigan hablando en nombre de la mayoría a pesar de que han perdido una elección tras otra, ni en tanto denuesten al gobierno democrático que los sucedió llamándolo dictadura, igualen a las recientes elecciones con un golpe de Estado y carezcan de otro proyecto político que no sea el del helicóptero y la destitución. Porque la grieta argentina no nace de la pluralidad y el debate, sino del intento de suprimirlos, y continuará supurando su veneno en tanto se organicen marchas por la impunidad y se denuncie como persecución política lo que no es más que aplicación de la ley.

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