China apunta -y avanza- hacia el centro del escenario

Emilio J. Cardenas
Emilio J. Cardenas PARA LA NACION
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25 de octubre de 2017  • 00:51

Cada cinco años, ritualmente, el Partido Comunista Chino y su poderosa elite organizan un monumental Congreso en el que a lo largo de una intensa semana, no sólo se define la política de gobierno a seguirse en el quinquenio, sino la conformación del elenco político superior que tendrá a su cargo la responsabilidad de conducir a China . Hablamos de una reunión a la que concurren más de 2300 funcionarios del Partido, acompañados por centenares de dignatarios gubernamentales. Y a la que los nada menos que 89 millones de miembros del Partido Comunista Chino siguen con máxima atención.

Hasta ahora al menos, el presidente Xi Jinping, pese a los rumores, no ha dado señales concretas de que pueda, de pronto, alterar las normas tradicionales que gobiernan la alternancia de los líderes máximos de China en lo más alto del poder. Esto es, conducir a China por dos períodos presidenciales continuados, de cinco años cada uno y, luego, dar un definitivo y discreto “paso al costado”. Pero hay especulaciones que sugieren que el actual presidente chino está evaluando la posibilidad de permanecer con el timón de China en sus manos por más de diez años. Sería, a mi modo de ver las cosas, un error. Y sinceramente, no creo que ocurra.

La alocución presidencial tuvo lugar con sus dos predecesores, el discreto Hu Jintao y el influyente Jinag Zemin, presentes en la sala del Gran Hall del Pueblo, en la Plaza Tiananmen, en el centro de Beijing. El segundo de los nombrados, ya con sus 91 años sobre sus hombros.

Desde el comienzo, el presidente Xi Jinping anunció que la variante del socialismo que su país abraza está entrando en una “nueva era”. En la que deberá enfrentar algunos problemas que están generando tensiones sociales y, desde luego, pasar a la etapa de resolverlos. Ellos incluyen: las desigualdades económicas; la defensa del medio ambiente; el acceso general a servicios adecuados de salud; la mejora de la educación y la necesidad de poder, todos, acceder a una vivienda. Ya no se habla de “lucha de clases”, ni del “capitalismo pragmático”. Esas nociones pertenecen al pasado. Se apunta, en cambio, a concretar el “sueño chino”, sin equivocarse en la estrategia a transitar. China es otra. Tan es así, que contiene a la tercera parte de los billonarios que existen en todo el mundo. Y su clase media sigue creciendo. Y exigiendo.

Pero Xi es un hombre fuerte. Con el estilo consiguiente: duro, severo, inflexible. A su manera, apasionado. Con una cuota de autoritarismo y disciplina que, para el presidente Xi, parecen inevitables. Pero sin dejar de lado la profunda cultura china, a la que Mao repudiara en los hechos y a la que Xi Jinping definió, en cambio, como el “alma” de la nación china. Parte del “ser” chino, entonces, es el cemento mismo de su identidad.

Quizás por todo esto la liturgia y hasta la ornamentación coreográfica de los congresos comunistas chinos hoy lucen realmente bastante más como una “coronación”, que como una asamblea partidaria. Incluyendo los imponentes desfiles militares, que aún se realizan exhibiendo las novedades en materia de armamento, acompañadas por el infaltable “paso de ganso”.

En ese entorno tan particular aparecen de pronto aquellos dirigentes más jóvenes a los que se tiene como los futuros líderes. Entre ellos, Chen Min’er, el ascendente secretario general del Partido Comunista de la provincia de Chongqing, emplazada en el sudoeste del inmenso país. Aparentemente, una suerte de delfín del presidente Xi, que ha comenzado a cobrar notoriedad. Lo que no es menor, desde que el liderazgo chino tiene como regla informal la de retirar de la escena pública a sus dirigentes cuando ellos cumplen 69 años. Incluyendo en las propias estructuras del Partido Comunista Chino.

Muchos, cabe apuntar, quedaron en el camino en los primeros cinco años del gobierno de Xi Jinping, que desmanteló cuidadosamente -y sin mayores incidentes- las anteriores estructuras comunistas, por encontrarlas laxas, ineficientes y hasta corruptas. Lo que es clave para mantener la marcha de un partido que, en cuatro años más, será centenario.

Con actitud casi puritana, el presidente Xi describió lo hasta ahora actuado y fijó el rumbo -y la “visión”- a seguir en los próximos cinco años. Durante más de tres horas, hablando sin descanso desde el podio del décimo noveno Congreso del Partido Comunista Chino. Mientras esto sucedía, los disidentes habían sido detenidos u obligados a no permanecer siquiera en Beijing mientras el Congreso estuviera en sesiones. Entre ellos, la esposa y viuda del reciente Premio Nóbel, Liu Xiaobo. Esto es, Liu Xia, a la que también se obligó a alejarse de la ciudad, pese a que estaba cumpliendo un largo arresto domiciliario.

Xi Jinping convocó a sus correligionarios a evitar los placeres innecesarios, a resolver austeramente los problemas a su cargo, sin escaparse de ellos, ni postergar su atención. Anunciando la próxima campaña publicitaria con la que, con un perfil cuasi-religioso, se procurará difundir y elevar los estándares de conducta, mejorar la ética en el trabajo, defender los valores centrales de la familia y asegurar la integridad personal de todos. Para ello es posible que China acepte ahora avanzar con una tasa de crecimiento algo menor que la de la última década. Y, también por ello, Xi Jinping no fijó metas concretas del ritmo de crecimiento esperado.

También anunció específicamente que continuará la fuerte expansión del poderío militar chino. Y, para que nadie se equivoque, señaló que “un militar se construye para pelear”, por lo que asegurar su capacidad de combate es siempre la urgencia prioritaria.

Xi Jinping le dedicó un párrafo preocupante a las religiones. A las que exigirá una “orientación china”, lo que puede ser un balde de agua fría para el Vaticano, que no acepta que sea el gobierno chino quien designe a los obispos católicos. Pero China tiene apenas unos 12 millones de católicos. Lo que no es para inquietar demasiado a un gobierno que conduce a más de mil millones de personas, en lo que es un esfuerzo hercúleo.

En materia de política exterior, el nuevo credo chino está claro: el mundo es –por ahora- multipolar y China tiene un rol central que asumir en el mismo.

En lo doméstico, el Partido seguirá actuando con presencia en todos los temas y rincones de la sociedad. Como él mismo lo defina, según sean las necesidades a enfrentar de tanto en tanto. Incluyendo las importantes reformas que se anuncian, como son la del sistema jubilatorio y la de los gigantescos planes de urbanización.

Xi ratificó, asimismo, que todos los inversores son bienvenidos. También los extranjeros. Y que la economía china seguirá apuntando hacia la apertura, eliminando las restricciones de acceso que aún existen en algunos sectores, como el de los servicios. No todos los observadores creen que este será necesariamente un proceso acelerado. Ni lineal. Particularmente cuando aún existen inmensas empresas públicas que gozan de privilegios y subsidios nada fáciles de eliminar de un plumazo.

El Congreso culminó el 24 de octubre. Y al día siguiente se dieron a conocer los nombres y antecedentes de quienes conformarán el nuevo Politburó chino. La autoridad máxima del país, al menos en teoría. La marcha del “socialismo con características chinas” no se detendrá. Como en el pasado, ella se adaptará a los distintos cambios que las circunstancias vayan imponiendo. Con el telón de fondo que en cada caso de pronto resulte necesario. China aspira ahora a ser el primer país del mundo en el 2050. Y va aceleradamente camino a ello.

Mientras tanto China sigue creciendo aceleradamente a un ritmo del 6,9% de su PBI por año. Su liderazgo en el capítulo tecnológico es cada vez más evidente. El ejemplo más conocido es el que tiene que ver con los sistemas electrónicos de pago. Los chinos ya usan su teléfono móvil hasta para comprar el diario en la calle, así como para pagar sus almuerzos diariamente. A ello cabe agregar que la conexión comercial del país con el resto del mundo está también avanzando aceleradamente. Nada menos que 20 de las más importantes ciudades chinas están hoy conectadas directamente por tren con el mercado europeo. El volumen de sus exportaciones al Viejo Continente se ha quintuplicado desde el 2013. China es ya el socio comercial más importante de Alemania.

Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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